Equilibrios rotos
Mientras pedaleo hacia el instituto, no puedo evitar pensar en Axel. Anoche me envió un mensaje preguntándome cómo estaba. Y aquí estoy, atrapada en un punto extraño: no sé si somos algo, si solo jugamos a serlo o si, tarde o temprano, volveré a besarlo sin remedio.
Aparco la bici y, justo cuando me ajusto la mochila, Val pasa a mi lado.
—¿Ya te has recuperado del chungo? —pregunta. Lleva su mochila de marca colgada. Su larga y perfecta trenza le cae por el hombro.
—Vaya, ¿y ese interés repentino? —respondo, alzando una ceja.
—Solo quiero saber si Axel estará revoloteando cerca de ti con cara de preocupación.
—Así que es por Axel, no por mí —digo, sonriendo de forma falsa.
—Pues claro. —Da un paso hacia adelante—. Desde que has aparecido, no es el mismo. Lo tienes más atontado. No le haces ningún bien.
Suelto una carcajada incrédula.
—¿Me lo dices tú? Si eres tú la que lo tiene como un perrito detrás de su dueña.
Un carraspeo a mi espalda me congela. Val sonríe, demasiado satisfecha.
No. No. No.
Me giro y me encuentro con Axel. Su expresión es dura y su mandíbula está tensa.
—No… No quería decir eso —balbuceo.
—Pero lo has dicho. ¿Eso piensas de mí? ¿Qué soy un perro faldero? ¿Que no sé pensar ni actuar por mí mismo? —Su voz es baja, contenida, más hiriente que si hubiera gritado.
La sangre se me hiela.
—Nunca pensaría eso —murmuro.
—Ya veo que vuelves a estar en plena forma. Me alegro. —Se gira y empieza a caminar.
Val ladea la cabeza.
—Oh, oh. Me da que le has herido los sentimientos.
Le daría una hostia.
Me acerco a ella un paso, sin pensarlo demasiado. Me saca una cabeza, pero no me acobarda.
—Eres la toxicidad en persona. No sé cómo te aguantan tus amigos. Pobre Hugo, lo que debe soportar.
Sus ojos se ponen rojos. ¿Le he dado donde más le duele?
—La tóxica eres tú —espeta—. Todo iba bien hasta que apareciste con tus putos traumas falsos.
—No pienso perder más tiempo contigo.
Me doy la vuelta y camino hacia la entrada. En realidad, solo quiero desaparecer.
Al entrar en clase, mis ojos van directos a Axel. No levanta la mirada del libro, aun así, me planto delante de él.
—Axel, lo siento. No sé por qué he dicho eso. Es que Val…
—Deja de excusarte por todo —dice, frío, sin mirarme. Juguetea con el bolígrafo como si yo no estuviera ahí.
No contesto. Me ha dejado sin palabras. Resignada, me voy a mi asiento.
—Tía, ¿qué os pasa ahora? —pregunta Clara nada más sentarme.
—Que no hago más que cagarla —susurro.
La mañana se me hace eterna. Axel ni me ha mirado. Siempre estamos igual: un paso para adelante, dos atrás.
—Este viernes hay fiesta en casa de Pol. Bueno, en el casoplón. —Ríe Clara—. Vente, te irá bien.
—No estoy para fiestas.
—Precisamente por eso. Este finde no tenemos partido, así que venga, anímate.
Pone morritos y pestañea de forma exagerada. No puedo evitar una leve sonrisa.
—Bueno, ya veremos.
Cuando terminan las clases, sigo con el ánimo por los suelos. Esta vez, soy la primera en recoger. Me despido de Clara y salgo escopeteada.
Subo a la bicicleta y empiezo a pedalear.
No quiero ir directa a casa; solo acabaría hecha un ovillo en el sofá, mirando el techo y regodeándome en lo imbécil que he sido.
Así que, con el frío golpeándome en la cara, me desvío hacia un centro comercial pequeño, de esos que nadie usa salvo por pura comodidad.
A estas horas no hay mucha gente y está tranquilo.
Al pasar por una cadena de hamburguesas, el estómago me ruge nada más olerla.
No me lo pienso y entro a pedirme un menú.
Me siento en una mesa alejada, abro el móvil y, mientras devoro la grasienta hamburguesa, me pierdo entre vídeos y tonterías hasta que me canso.
Al levantar la vista, el local sigue medio vacío.
Y entonces, justo cuando me meto una patata en la boca, los veo: Val y Hugo. En la cola.
Joder.
Clavo un codo en la mesa y me cubro la frente con la mano, como si de repente estuviera profundamente sumida en mis pensamientos. «Que no me vean, que no me vean».
Espero unos minutos. Cuando vuelvo a mirar, ya no están en la cola, pero los localizo un par de mesas más adelante.
Mierda. Tendré que esperar a que se vayan.
Val parece algo seria. Están hablando, pero no los oigo bien.
Sigo comiendo más patatas. Esto es como ver una película, pero con más tensión.
Val se lleva las manos a la frente y niega.
Hugo intenta cogerle una mano, pero ella la aparta bruscamente.
Vaya. Hay problemas ahí.
—Es mejor así. —Oigo decir a Val. Luego se levanta, coge la mochila y sale disparada.
Hugo se echa hacia atrás, con los hombros caídos. Después, recoge la bandeja y se dirige hacia la puerta.
¿Qué habrá pasado?
Parece que no soy la única a la que las cosas le salen mal.
Me quedo un rato más por si acaso. Cuando ya creo que les he dado tiempo para alejarse, recojo mi bandeja y salgo. Echo un vistazo a mi alrededor. No hay rastro de ellos.
Justo voy a salir a la calle, recuerdo lo de la fiesta en casa de Pol. ¿Irá Axel? Me muerdo el labio. En ese momento, caigo en la poca ropa de vestir que tengo. De repente, me entran unas ganas enormes de comprarme algo. Para la fiesta.
Paseo y curioseo en varias tiendas. Ya estoy por irme a casa, cuando veo un vestido azul marino ajustado de manga larga. No es el caro que vi el otro día, pero este es sencillo, bonito y mucho más asequible.
Sin dudar, lo cojo y me lo pruebo. Le doy el visto bueno y paso por caja.
Ya algo más animada, retomo el camino a casa.