Asfixia
La comida con Chloe, Martina y Adonai fue muy bien. Martina resultó ser mucho más simpática de lo que imaginaba. Tiene una forma de escuchar que te hace sentir cómoda al instante. Entre risas, les enseñé un poco el centro y terminamos en un japonés que les encantó.
Cuando se marcharon, un pequeño vacío se me instaló en el pecho.
Los voy a echar de menos.
Pero no quiero que esta sea la última vez que los vea. En cuanto pueda, les haré una visita.
—Cariño —dice mi madre nada más salir de la habitación—. Hoy llegaré tarde, tenemos una cena de empresa.
—No te preocupes.
Me da un beso y sale por la puerta.
Una vez termino de desayunar, recojo todo y miro qué ponerme. Voy a coger la sudadera de siempre, pero me decido finalmente por un jersey azul pastel. A ver si con este color, el ánimo me sube un poco.
Justo voy a abrir la puerta, suena un gran trueno. Me asomo a la ventana y empieza a diluviar. Genial. Pues nada, hoy toca ir en bus.
Corro con mi paraguas amarillo hacia la parada. El autobús tarda un poco más en llegar debido a la lluvia. Hay más tráfico de lo habitual.
Subo al autobús y valido el ticket. Entre la mochila empapada y el paraguas goteando, siento cómo el agobio empieza a subirme por el pecho. Avanzo por el pasillo en busca de un sitio libre y, al fondo, encuentro un asiento desocupado.
Pero cuando veo quién está sentado al lado, me quedo helada.
¿Axel?
Él, al verme, alza la mano en un saludo breve. El agobio que llevaba encima se disuelve de golpe para dar paso a un nerviosismo punzante. Aprieto los labios. No esperaba encontrármelo aquí, no así, no de improviso, y mi cabeza se queda en blanco durante un segundo.
Aun así, avanzo por el pasillo y me siento a su lado. El asiento cruje bajo mi peso y noto cómo mi corazón, traicionero, acelera un poco más de la cuenta.
—Hola —le saludo—. ¿Tú en el autobús?
—Sí. Con esta lluvia, ir en moto no es muy buena idea.
Fijo la vista en la ventanilla mientras me aferro fuertemente a la mochila.
—Jugaste bien. Hubo momentos en que te viniste arriba. —Me lanza una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Gracias. Aunque en algún momento me vine abajo.
—Bueno, eso es normal. Nos pasa a todos. —Desvía la mirada hacia adelante.
Recuerdo el momento malo que tuvo. Pero me avergüenza preguntarle que le pasó.
Con el traqueteo del autobús, nuestros hombros chocan una y otra vez. Estamos demasiado cerca. Esto hace que la temperatura de mi cuerpo suba sin quererlo. Me da un sofoco.
Mi vista se dirige hacia las ventanas: todas cerradas.
El aire es espeso, caliente, casi pegajoso.
Noto una gota de sudor bajar por mi espalda.
Intento bajarme la cremallera del abrigo, pero entre la mochila que aún llevo encima, el paraguas resbalando entre mis rodillas y la falta total de espacio, es casi imposible.
Cada movimiento me parece torpe, inútil.
La presión en el pecho crece. Me cuesta respirar. Es como si el autobús entero se hubiera quedado sin oxígeno.
Los oídos me empiezan a pitar. La vista se me llena de puntitos negros. El suelo se balancea.
Me dejo caer hacia atrás, intentando respirar hondo, pero el aire entra a golpes, como si algo lo bloqueara.
—Lía, ¿te encuentras bien? Estás blanca.
Veo el rostro de Axel borroso.
—Creo que me estoy mareando… —Intento decir, pero apenas me sale la voz. Apoyo la cabeza en la fría ventanilla.
Axel se levanta de golpe. Me quita la mochila y el paraguas. Siento sus manos desabrochando mi abrigo con rapidez, sin dudar.
—Estírate —ordena, suave pero firme.
Oigo murmullos de la gente.
Ahora me entra frío.
Axel rebusca en su mochila.
—Bebe —dice, acercándome una botella.
Tomo un par de sorbos. El agua está fresca y me calma un poco, aunque sigo notando la cabeza ligera, casi flotando.
—¿Mejor? —pregunta, inclinándose sobre mí.
—¿Cómo está? —La voz viene de delante del autobús—. ¿Paro? ¿Llamamos a una ambulancia?
Intento hablar.
—Voy… algo mejor.
Axel responde sin apartar la mirada de mí:
—De momento no. Esperemos un segundo.
Luego levanta la voz:
—¿Alguien tiene algo dulce?
—Sí, toma. Son caramelos de miel y limón —dice una mujer detrás.
Axel abre uno y me lo coloca en la boca con cuidado.
El azúcar, el agua y el aire frío de la ventanilla consiguen que la cabeza deje de girar. El pitido en los oídos se atenúa.
Respiro.
—Gracias —susurro—. Ya estoy algo mejor.
Intento incorporarme, pero su mano en mi hombro me detiene.
—Quédate así hasta que lleguemos —dice.
Parpadeo. La vista se aclara.
Y entonces me doy cuenta.
Medio autobús me está mirando. La vergüenza me golpea de golpe. Quiero desaparecer. Evaporarme. Meterme debajo del asiento si hiciera falta.
La que he liado.
Solo quiero que estas malditas puertas se abran y poder salir de aquí.
Al poco, nos detenemos en nuestra parada.
—Vamos, te ayudo a bajar. ¿Puedes andar? —pregunta Axel.
—Sí, sí, creo que sí.
Me coge de un brazo y carga con mi mochila. Abro el paraguas y nos metemos los dos dentro. Por suerte, es grande.
A paso lento, llegamos al vestíbulo.
—Te acompaño a enfermería —comenta, sin soltarme.
—No hace falta.
—Debe ser una bajada de tensión o de azúcar. ¿Desayunaste bien?
—Sí —respondo, pensando en los cereales de esta mañana.
Aun así, me acompaña a la pequeña sala de primeros auxilios.
Cuando sale la enfermera, Axel le explica lo ocurrido en el autobús.
Ella asiente y, cogiéndome suavemente del brazo, me lleva hacia adentro. Él se queda fuera.
Una vez tumbada en la camilla, la enfermera me toma la tensión.
—La tienes un poco bajita —dice, anotando algo en una libreta.
—¿Qué es lo que me ha podido pasar? Últimamente estoy algo agobiada, pero desayuné bien. El mareo me vino en el autobús.
—Puede ser una mezcla de todo: calor, poco aire, el estrés acumulado… —Me mira por encima de las gafas—. ¿Estás pasando una época complicada?
Asiento despacio.
—Sí. Le doy demasiadas vueltas a todo. Y estoy intentando superar algo que me pasó.
—Pues ahí lo tienes. El cuerpo va aguantando hasta que un día dice “hasta aquí”. No es grave, no te preocupes, pero sí una señal para bajar revoluciones.
Suspiro, mirando el techo blanco brillante.
— Quédate aquí un ratito. Respira hondo. Te traeré agua fresquita y algo salado para reponer, ¿vale?
—Gracias —murmuro.
Sale de la sala, y apenas pasan unos segundos antes de que la puerta vuelva a abrirse.
Es Axel.
Se detiene en el umbral.
—¿Puedo? —pregunta, casi en un susurro.
Me incorporo un poco.
—Sí, claro.
Se sienta en la silla a mi lado. Sus ojos estudian mi rostro. Estoy segura de que ahora tengo las pulsaciones por las nubes.
—¿Mejor?
—Sí —contesto.
—Espero no haber sido el causante —bromea, con una media sonrisa.
Suelto una pequeña carcajada.
—No te creas tan importante —le digo, ladeando la cabeza.
Él ríe también, pero enseguida su expresión se vuelve seria.
—Bromas aparte, me has asustado.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos.
—Yo también —admito—. Pero la enfermera me ha dicho que no es grave. Ha sido una mezcla de cosas.
—Pues frena un poco. No te exijas tanto. —Y entonces pone su mano sobre la mía.
Ese contacto hace que una corriente eléctrica recorra mi piel. Si me tomaran la tensión ahora, creo que estaría por las nubes.
—Lo intentaré —susurro.
Mantenemos la mirada unos instantes. Él aprieta suavemente mi mano.
—Gracias por ayudarme —le digo.
—No tienes que dármelas.
Le sonrío, y en ese momento, la puerta se abre. La enfermera entra con una bandeja.
—Bueno, aquí tienes —dice—. Con esto te recuperas enseguida.
Axel me suelta la mano con un gesto rápido y se levanta.
—Me voy a clase. Descansa. Luego nos vemos.
Dicho esto, se despide de la enfermera y sale.
La mujer me mira, divertida.
—Vaya, ese chico se preocupa por ti, ¿eh? —Guiña un ojo.
No digo nada, pero siento cómo se me calientan las mejillas.
Después de más de una hora en enfermería y ya recuperada, decido ir a clase.
En cuanto entro, Axel levanta la vista.
—Se te ve mejor —dice.
—Sí —contesto con una sonrisa.
Val me mira con gesto aburrido. La ignoro y me dirijo a mi sitio.
—Tía, Axel me ha contado. Qué susto. ¿Estás bien?
—Sí, nada grave.
Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—Qué suerte que él estuviera allí —dice, subiendo las cejas.
—Una casualidad. Y sí, me ayudó mucho —contesto.
Ella me lanza una gran sonrisa, mostrándome sus dientes blancos y perfectos.
Una vez terminan las clases, me despido de Clara. Hoy no iré a entrenar, prefiero descansar.
Busco a Axel, pero ya no está en su sitio. Algo afligida, salgo por la puerta.
—¿Siempre eres tan lenta recogiendo las cosas? —Su voz me hace dar un respingo.
—Pensaba que te habías ido.
—¿Y te decepciona verme? Igual ya estás harta de mí por hoy.
Río.
—No y… No.
—Bien. Te acompaño al autobús.
—¿También lo coges? —pregunto, intentando no sonar demasiado contenta.
—No.
Lástima.
Nada más salir del vestíbulo, vemos a Val sentada en un banco con el móvil. Cuando nos ve juntos, deja el teléfono sobre sus piernas.
—Axel, en cinco minutos están aquí —dice, demasiado alto.
—Vale, ahora voy.
Así que esa es la razón de que no coja el bus. Se va con ella.
Una presión incómoda me golpea por dentro. Siempre Val.
—No hace falta que me acompañes —digo, quizá demasiado brusca—. El bus puede tardar más de cinco minutos.
—Me da igual. Te acompaño.
Me quita la mochila y echa a andar.
—Val te está esperando.
—Pues que espere. —Se detiene y me mira con un brillo divertido en los ojos—. ¿Desde cuándo te preocupas por Val?
Me quedo helada.
—¿Qué? ¡No! Solo digo que, si te está esperando, vete con ella.
—Su padre viene a recogernos, pero siempre llega tarde. No hay prisa. —Reanuda el paso.
Saco aire por la nariz y le sigo.
—Pero no necesito que nadie me acompañe. Puedo ir sola.
Él se gira de golpe. Lleva mi mochila al hombro. Levanta una ceja.
—¿No quieres que te acompañe?
El aire hace que su pelo negro revolotee unos segundos. Su forma de mirarme, su simple presencia, me impone.
—Haz lo que quieras. —Agacho la cabeza y sigo andando.
Una vez en la parada del bus, me devuelve la mochila.
—Espero que llegues sana y salva a casa.
—Lo haré. No te preocupes —respondo cansada.
—Sí me preocupo. —Cruza los brazos y se apoya en la cristalera.
Lo observo. Se le ve tan seguro, fuerte, protector… Me tiembla un poco el cuerpo, y esta vez no es por ninguna bajada de tensión.
Justo en ese momento, aparece el autobús.
—Ya está aquí. Gracias de nuevo —le digo.
—¿Quieres dejar de darme las gracias? —responde, medio riendo.
Aprieto la mandíbula.
—Hasta mañana.
Cojo mi mochila y me la cuelgo al hombro.
—Descansa —dice, acercándose un poco—. Y no le des tantas vueltas a las cosas.
Me retira un mechón de la cara. Ese roce hace que la piel se me erice.
Solo puedo asentir antes de subir.
Una vez sentada, miro por la ventanilla. Axel sigue allí, quieto, mirándome… hasta que el autobús arranca y su figura desaparece entre los reflejos del cristal.