A medio salto Entrenos y espinas
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Entrenos y espinas

Hoy es viernes y mañana es el partido Esta vez se juega en nuestro pabellón y mi antiguo equipo viene a mi terreno. Irónico, ¿no?

—Bien, mañana hay torneo. Hoy haremos mini-partidos de tres, a cinco puntos; vamos rotando. Jugaréis entre vosotras y también contra los chicos. —Señala al equipo masculino—. Primer grupo: Val, Patri y Lía.

¡¿Otra vez?!

Val alza la vista hacia el techo. Cuanto más alejada quiero estar de ella, más cerca acabo.

Voy hacia el grupo con paso pesado. Patri me mira de reojo, seria. Todavía noto la tensión del otro día.

—No hay forma que me deshaga de ti, ¿eh? —musita Val por lo bajo.

—Lo mismo digo —le devuelvo con media sonrisa forzada, y me coloco para recepcionar.

Al otro lado de la red están Axel, Bruno y Miguel, el chico más alto del equipo masculino y también el más callado. Siento los ojos de Axel clavados en mí un instante demasiado largo. Me obligo a bajar la mirada. No puedo regalarme distracciones. Mañana toca darlo todo.

¡Piiii!

Axel saca. La pelota choca con el aire y llega como un proyectil.

¡Puuuum!

El balón me golpea los antebrazos con un impacto que me atraviesa hasta el hombro. El golpe vibra en los huesos. Me tambaleo y la recepción sale desviada hacia la derecha. Fuera.

Mierda.

Val y Patri me miran con la frialdad de quien contabiliza errores. Noto cómo se me encienden las orejas.

Axel repite, como si quisiera medir mi temple.

¡Puuum!

Salvo la pelota con mis antebrazos firmes. Patri la coloca y Val remata con potencia.

Punto.

Respiro. Me concentro en la siguiente jugada. Necesito no pensar, sólo moverme.

¡Puuum!

El balón llega a Miguel, va a Axel y Bruno hace una finta. Corro, me tiro al suelo, estiro la mano y le doy por los pelos. Patri la eleva con dedos precisos y Val vuelve a rematar.

Punto.

Se chocan las manos. Me incorporo jadeando, con la sangre ardiendo en las sienes. Me quedo fuera otra vez.

La rabia que llevo acumulada hierve bajo la piel. Cuando Bruno hace una finta y Patri eleva el balón, este no va hacia Val como esperan: se escapa, se abre hacia la derecha. No lo pienso. Corro y me impulso con fuerza.

¡Puuuuuum!

La palma arde al contacto, el golpe resuena en el pabellón. El balón sale disparado y aterriza justo a los pies de Axel. Él se queda clavado, desconcertado.

Silencio.

Mi respiración suena alta en mis oídos.

—¡Hostia, Lía! ¡Pedazo de salto! —grita Clara desde el banquillo.

Sofía asiente con la cabeza. Val me mira con la cara endurecida. Sus ojos tienen algo de sorpresa y rabia a la vez. Yo sonrío, sabiendo que le ha dolido.

—¡Punto para las chicas! —anuncia Sofía—. ¡Rotación!

Cuando me siento en el banquillo, noto la mirada de Axel. Giro apenas la cabeza. ¿Está sonriendo? No llego a confirmarlo. Me obligo a mirar a mis compañeras antes de que mi pecho empiece a delatarme.

Al terminar el entreno, mientras guardo mis rodilleras, siento unas pisadas demasiado rápidas detrás de mí.

—Vaya con la mosquita muerta… —escupe Val—. Al final va a resultar que, aunque no esté muerta, puede hasta volar. ¡Sorpresa!

Su tonito me enciende la sangre. Me doy la vuelta.

—Me estoy hartando de tus comentarios, Val. ¿No tienes nada mejor que hacer que incordiarme?

Ella se acerca un paso, invadiendo mi espacio con esa sonrisa torcida suya.

—Estás muy equivocada si crees que ahora vas a ser la estrella. —Me recorre con la mirada—. No vas a eclipsarme. Por mucho que lo intentes.

—Gracias por tus palabras de ánimo —respondo con sarcasmo.

Val resopla y se aleja, moviendo la trenza como un látigo.

—Ni caso —dice Clara, apareciendo a mi lado—. Te digo yo que esta teme que alguien destaque más que ella.

—Yo no quiero destacar más. Somos un equipo. Todas deberíamos valer lo mismo.

Ella sonríe con tristeza.

—Deberíamos —suspira—. Bueno, me voy. Mañana más. Descansa.

Cuando me coloco la mochila al hombro y me giro, casi me estampo contra Axel.

—¡Joder! —Me llevo una mano al pecho—. Qué susto. ¿Siempre eres así de silencioso?

Él ladea un poco la cabeza, y la comisura de su boca se curva.

—No siempre.

Mi estómago da un vuelco. Puto Axel.

Nos quedamos mirándonos unos segundos que se hacen interminables. Él abre la boca.

—Sólo quería decirte que…

—¡Lía!

La voz me paraliza al instante. Es como si alguien me echara agua helada por la espalda. Me giro despacio, temiendo lo obvio.

Adonai.

—¿Qué haces aquí? —La garganta me raspa al hablar.

—He venido a ver las instalaciones. Pedí permiso, no pienses mal —dice, acercándose—. Te veo bien.

Me cala con esos ojos en los que tantas veces me perdí.

—Sí, ahí voy —contesto.

—Bonita ciudad. Nada que ver con La Farga, ¿eh?

—Ya.

Detrás de mí, siento cómo Axel da un paso.

—Bueno, yo me voy —dice, y su voz suena más baja de lo normal. Me lanza una última mirada antes de ir a por su mochila. Y se va.

Adonai lo observa salir, con ese gesto evaluador suyo que siempre ha tenido.

—¿Te apetece tomar algo? —pregunta, con manos en los bolsillos.

Dudo. Aprieto los labios mientras evalúo qué es lo que realmente quiero. Le echo de menos. Echo de menos los viejos tiempos y me iría bien hablar con él.

—Vale. Me cambio y vamos.

Cuando salgo del vestuario, Adonai está apoyado en la pared del vestíbulo, esperándome. Antes, solo verlo así me habría puesto a mil. Ahora, mi cuerpo ya no reacciona igual. Solo se me acelera así por una persona… y no está aquí.

Caminamos en silencio hasta un bar que hay frente al polideportivo. Entramos. Huele a madera vieja y café recién hecho. Nos sentamos junto a la ventana tras pedir unas infusiones. Él apoya los codos en la mesa y me mira fijamente.

—Lía… —dice, con esa voz baja que antes me desmontaba—. ¿Estás bien de verdad?

Fijo la mirada en mi vaso. El vapor me empaña un segundo la vista.

—Estoy en ello —respondo por fin—. Una parte de mí no quería volver a coger un balón, ni saltar, ni competir. Pero la otra… cuando vi la oportunidad, me gritó que lo intentara.

—Has hecho bien —responde sin dudar.

Le miro a los ojos.

—Me está costando mucho, Adonai. Hay días que creo que puedo volver a ser la de antes, pero otros… —Intento tragar con el nudo que se me forma en la garganta—. Me da pánico pasar por aquello otra vez.

—Te entiendo, pero eres más fuerte de lo que crees. Y la más cabezota que he conocido.

Se me escapa una pequeña risa. Me limpio una lágrima que noto que me cae por la mejilla.

—Gracias por haber estado ahí. Todo fue más llevadero.

Él se inclina hacia delante y, de repente, me coge la mano. Me sorprende. Me pone tensa, aunque ya no como antes.

—Eres mi amiga, Lía. Para eso estoy. Siempre puedes contar conmigo.

Amiga.

La palabra cae entre nosotros como un golpe suave pero definitivo. Algo que ya sabía, pero que nunca me había atrevido a aceptar del todo.

—¿Qué tal Chloe? ¿Y Martina?

—Bien —dice, echándose hacia atrás—. En breve llegan al hotel.

—Martina parece maja —comento sin pensar demasiado.

A él se le ilumina la cara y se le escapa una sonrisa. Y en ese gesto lo veo todo.

Está enamorado.

—Lo es —admite.

Pagamos y salimos del bar. El frío de la noche me golpea de golpe, pero se siente casi bien. Caminamos hasta mi bici. Él se mete las manos en los bolsillos, ese gesto suyo tan familiar que antes me derretía.

—Que descanses, Lía. Nos vemos mañana —dice al fin, con una sonrisa suave.

—Tú también. Buenas noches.

Se gira y empieza a caminar calle abajo. Lo observo alejarse, su silueta se pierde entre las farolas.

Tiempo atrás estaría temblando, rogando una palabra más, soñando con que me dijera lo que nunca dijo.

Ahora solo siento un extraño alivio.

Como si, por fin, una puerta que llevaba demasiado tiempo entornada se cerrara sin ruido.

Respiro hondo y apoyo las manos en el manillar. Entonces aparece en mi mente, nítido como un golpe en el pecho:

Axel.

Su mirada fija en mí.

El beso en el balcón.

Me monto en la bici y pedaleo hacia casa, sabiendo que mañana será un día duro, y no solo por el partido.