No solo las ruedas se pinchan
El regusto amargo del té matcha me ayuda a espabilarme. He dormido muy mal. Axel me envió un mensaje anoche para preguntarme si estaba bien.
¿Cómo voy a estar?
Molesta.
Simplemente le contesté con un emoticono de pulgar hacia arriba.
—¿Todo bien? —pregunta mi madre, al salir del baño.
—Como siempre —contesto.
¿Qué voy a decirle? ¿Qué siento que todo son batallas?
Ella se sienta en la silla y mira su móvil.
—Hoy acabaré tarde. Si quieres pedimos algo para cenar. No tienes entreno, ¿no?
—No, hoy no.
—Perfecto. Nos vemos luego. —Me da un beso en la frente, sonriendo—. Anímate, tú puedes con todo.
Recojo y bajo con la bicicleta. Podría dejarla en la calle, pero no me fío. Prefiero llevármela conmigo arriba y abajo que pasar la noche temiendo que al día siguiente no esté.
Cuando empiezo a pedalear, la mente me da un respiro. Hace bastante frío y me maldigo por no haber cogido unos guantes. Tengo los dedos congelados.
A medio camino, oigo un chasquido sordo, acompañado de ese “flop, flop, flop” que no augura nada bueno. Freno en seco y bajo de la bici. La rueda de atrás está casi desinflada.
—¿En serio? —murmuro.
Me quedo ahí de pie con las manos en el manillar. Hasta que me doy cuenta de que estoy estorbando. Me aparto y me voy a la acera. ¿Qué hago ahora? Tengo que ir arrastrando la bicicleta, o intentar subirla al autobús. Joder, vaya forma de empezar el día.
Un pitido irrumpe mis pensamientos. Dirijo la mirada hacia la carretera y ahí está Axel, en su moto, con Val detrás. Justo lo que necesitaba ver esta mañana.
—¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? —la voz de Axel se distingue entre el bullicio de primera hora.
Lo que necesito es que desaparezcan los dos de mi vista ahora mismo.
—Estoy bien. Controlado. Gracias. —Bajo la mirada hacia la bicicleta y empiezo a andar con ella. Al poco, siento como Axel arranca de nuevo y retoma el trayecto hacia el instituto.
Llegaré tarde, y me da rabia, pero entre esperar el autobús y caminar tardo casi lo mismo. Así que no me queda otra.
Cuando paso por la tienda de bicicletas, donde la compré, me la encuentro aún cerrada. Suspiro y aprieto los dientes. ¿Por qué parece que el universo conspira contra mí hoy?
Al llegar al instituto, reina la calma. La mayoría ya estarán en clase. Veo la moto de Axel aparcada, y el estómago se me encoge al recordar la imagen de él con Val.
Pongo el candado a mi bici pinchada y miro la hora. Tendré que entrar con la clase empezada. Vaya palo.
Subo las escaleras. Recorro los pasillos vacíos y una sensación extraña y agradable me envuelve. No hay nada como caminar por el instituto en silencio.
Me fijo en los techos altos, los cuadros colgados, los enormes ventanales… Nada que ver con mi antiguo instituto. Más pequeño, más viejo, pero más cálido.
Al llegar al aula, un sudor frío me recorre la espalda. No quiero entrar. ¿Y si me espero a que acabe?
En ese momento, un profesor pasa junto a mí:
—Lía, ¿qué haces aquí? —pregunta sorprendido.
—Es que he llegado tarde. Tuve un percance con la bicicleta
—Entra, mejor tarde que perder la clase entera. —Se marcha.
Respiro hondo y llamo a la puerta.
—Adelante —dice la profesora de matemáticas.
—Perdón, he tenido un problema —digo con un hilo de voz. Siento todas las miradas sobre mí.
—Tranquila, siéntate.
Al pasar frente a Axel y Val, ella suelta el aire por la nariz. ¿Le hace gracia? La miro un instante, sin detenerme.
Clara ladea la cabeza, preocupada.
—Nada grave, luego te explico —susurro.
Ella asiente.
Una vez sentada, veo a Axel girarse con el ceño fruncido. Le retiro la mirada y me concentro en la pizarra.
En el cambio de clase, Axel viene directo a mí.
—Te podría haber ayudado —dice, cruzándose de brazos. Se me van los ojos a sus bíceps, marcados bajo la camisa blanca.
—No hacía falta. He llegado sola.
Levanta una ceja.
—Ya veo…
—Además, ¿cómo me habrías ayudado? Estabas ocupado con Val. —Justo decirlo me arrepiento. Otra vez mi lengua traicionándome.
Suspira y se dirige a su sitio.
Genial. Ahora parezco la típica niñata celosa.
—Tía —Clara me saca de mis pensamientos—. ¿Qué ha sido eso?
—Nada —contesto.
—Pero si hace nada me dijiste que…
—¡Shhhh! —Pongo un dedo en los labios.
—Vale. Pero en el descanso ya me estás poniendo al día —me dice, apuntándome con el bolígrafo.
Cuando suena el timbre, Axel se levanta y sale sin mirarme. No me extraña, he sido borde y estoy rabiosa.
—Te espero en el bar. Tengo que pedirme un bocadillo —comenta Clara.
—Vale, ve tirando. Ahora voy.
Al salir, Val está apoyada en la pared.
—Vaya, qué mañana más accidentada, ¿no? —dice, fingiendo preocupación.
—Y eso te alegra, ¿verdad? —respondo.
Ella se encoge de hombros, con sonrisa malévola.
—Tú solita haces el ridículo.
—¿Perdona?
—Lo del entreno con Patri, lo de la bici… Y aún queda el partido este sábado. Estoy ansiosa por ver si te superas.
—¿Tanto te molesto? ¿Así de amargada es tu vida que necesitas meterte conmigo?
—No sabes una mierda de mi vida. Incordias y punto. Solo buscas llamar la atención.
—¿Yo? —Río, incrédula.
—Sí, tú. Ya te he dicho que no me creo nada tu papel.
—No voy a seguir discutiendo. —Echo a andar.
—Corre. Huye. —Ríe.
Me giro y me acerco de nuevo.
—Déjame en paz. Preocúpate de tu vida y tus secretitos. Y la próxima vez, si no quieres que descubran tu relación secreta, vete más lejos.
Ella cierra la boca. Su rostro se vuelve más rojo. No dice nada. Aprovecho el silencio y me voy.
Al salir al jardín, encuentro a Clara en un banco.
—Anda, cuéntame que lío tienes con Axel.
Me dejo caer y suspiro.
—No es ningún lío. Es solo que Val está de por medio. Me saca de quicio, siempre pegada a él.
Clara suelta una risita.
—Es que de siempre han sido un pack .
—Pues yo no quiero un 2x1. Si es indivisible, ahí lo dejo.
—Te entiendo. Dale tiempo a Axel. En algún momento Val tendrá que dejarle respirar.
Saco mi bocadillo y muerdo con desgana. ¿Por qué se ha de complicar todo?
Una vez acaban las clases, salgo escopeteada hacia la tienda para arreglar la bici. El cambio es rápido y, cuando está lista, vuelvo al carril bici.
Pedaleo pensando en lo fácil que es cambiar una rueda y en lo difícil que resulta recomponer lo que se pincha por dentro.