A medio salto Reflejos que paralizan, palabras que no abrazan
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Reflejos que paralizan, palabras que no abrazan

—¡Mía! —grito, y me lanzo a por el balón. Las rodilleras amortiguan el golpe contra el suelo.

Claudia se lo pasa a Val, y esta hace un buen remate.

Punto.

Llevamos diez minutos jugando. Me paso la mano por la frente para quitarme el sudor. Y, antes de darme cuenta, mi vista se me va al suelo. En la zona de Patri, me parece ver un pequeño charco. Ella se estira del cuello de la camiseta. También suda a chorros.

Mierda.

Antes de que el equipo rival saque, corro hacia ella.

—¡Patri, ten cuidado! —le grito.

—¿Qué? ¿Por qué?

La pelota pasa la red, Susana, que es la líbero, recepciona. Y Clara le da con los dedos, colocando la pelota para Patri.

Ella me ignora, vuelve la cabeza hacia el balón. Se dispone a correr, pero le cojo del brazo.

—¿Qué mierda haces? —Patri frunce un segundo el ceño, como dudando, antes de soltarse de mí.

La pelota cae a su lado.

—¿En serio? —suelta Val, dirigiéndose a nosotras—. ¿Tienes que montar el numerito?

—Hay un pequeño charco. —Señalo el suelo.

—Qué va. Estás fatal —dice Patri, tras mirar donde señalo.

Vuelvo a mirar y parpadeo varias veces. El charco sigue ahí… no, ya no.

¿Estoy perdiendo la cabeza?

—Chicas, ¿qué hacéis? —La voz de Sofía resuena en el pabellón.

—Nada, perder el tiempo —responde Val, antes de volver a su sitio.

—Perdona, creí que… —le digo a Patri.

Ella me devuelve una mirada fría y se pone en posición.

En el resto de jugadas estoy algo dispersa. Fallo un par de recepciones por no llegar a tiempo y las que consigo salvar salen mediocres. Estoy deseando que acabe el entreno.

Una vez finaliza, Sofía me hace una señal para que me acerque.

—¿Todo bien? ¿Qué ha pasado antes? —pregunta.

—Nada, me pareció ver que el suelo estaba mojado, y temía que Patri lo pisara y resbalara. Solo eso —musito.

Ella asiente lentamente, sin retirarme la mirada.

—Bueno, descansa. En pocos días tenemos otro partido.

—Sí.

—¡Anímate! —Clara se pone a mi lado—. No has hecho nada malo, solo le has prevenido.

—Pero no había nada —contesto.

—Te lo ha parecido, y es normal. No te fustigues. —Me da un apretón en el hombro, y como siempre, sale a toda prisa.

—No te rayes —dice una voz detrás de mí.

Axel está secándose con una pequeña toalla.

—Sí me rayo. Es un problema. Esto no me puede pasar en un partido de verdad. No voy a superar el puto trauma en mi vida. —Guardo con rabia la botella en la mochila.

—Eh, eh —dice cogiéndome suavemente de la mano—. Puedes con ello. Date tiempo, no te presiones.

—Tiempo es lo que me falta.

—Creo que más que entrenar, necesitas un respiro —comenta—. ¿Quieres ir a tomar algo? Cerca de aquí hay un bar que hacen unos bocadillos tremendos.

Me quedo sin saber qué decir. Ir a tomar algo y cenar con él… ¿Es una cita? No, no creo, pero me pone nerviosa solo pensar en estar juntos y solos. Me mojo los labios sin darme cuenta.

—Vale —digo al fin.

—Dúchate. Te espero fuera. Si quieres deja la bici aquí esta noche, no le pasará nada. Luego te acerco en moto.

Justo entro a los vestuarios, Val sale de la ducha con la toalla envuelta. Menos mal que tiene la mochila al fondo del vestuario y no tengo que cruzarme con ella. Cuando salgo yo, el vestuario ya está casi vacío. Me visto a toda prisa, deseando salir de allí cuanto antes.

Al salir al vestíbulo, Axel está apoyado en la pared con el casco en una mano y el móvil en la otra. El perfil iluminado por la luz del pasillo hace que se me acelere un poco el pulso.

Cuando me oye, levanta la mirada y me sonríe. Y ese gesto, tan sencillo, me calienta el pecho.

Salimos a la calle. Ya oscurece, el aire frío nos muerde las mejillas, y avanzamos hasta un bar con una puerta de madera vieja. Dentro, todo huele a pan, fritos y madera. Se oye música country de fondo. El camarero nos deja en una mesa con bancos.

Veo “bocadillo Serranito” en la carta y ya está decidido.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Clavo los ojos en Axel y él sostiene la mirada hasta que soy yo quien la aparta.

—Muy buena elección —dice.

—¿El qué?

—El serranito. Aquí lo bordan.

—Ah…

—Solo intentaba romper el hielo. Estás más callada que de costumbre.

—Es que mi cabeza no para. Charcos, caídas… Estoy agotada.

—Y encima el próximo partido no ayuda, ¿verdad?

Asiento, dejando escapar un suspiro largo. Hay algo en él que me hace querer abrirme más.

—¿Por qué me ayudas tanto?

—Porque sé lo que es —responde tras una pausa—. Sé lo que es lesionarse y no querer volver.

Levanto la mirada.

—¿Te pasó a ti?

—A mi hermano. Era muy bueno jugando a básquet.

Hasta que un día, tras un salto y encestar, al caer se destrozó la rodilla.

—Su mirada baja hasta la mesa y empieza a girar el vaso—.

Tras eso, dejó de jugar a pesar de que se recuperó del todo.

No ha vuelto a coger un balón desde entonces. Y ya han pasado tres años.

Siento una punzada. Podría haber sido yo.

—Lo siento —murmuro.

—Por eso creo que eres valiente.

Sus palabras hacen que me arda un poco el pecho.

—No lo soy. Tengo miedo.

—Tener miedo no te hace cobarde. Te hace humana. Y sigues jugando. Él no.

—Es que eso tiene que salir de él —susurro—. El miedo te encadena. Crees que así te proteges, pero en realidad te quedas atrapado.

Él asiente, pensativo.

En ese momento, el camarero nos trae los bocadillos y nos quedamos en silencio mientras comemos.

—En cuanto a Val… —empieza a decir, y solo oír su nombre hace que casi se me atragante el bocadillo—. Intenta tener un poco de paciencia con ella, ya se le pasará.

—¿Que deje que descargue su mierda en mí? —respondo seca.

—A veces se pone insoportable, sí.

—Y borde. Maleducada. Prepotente.

—Ya, pero no está en su mejor momento.

Alzo las cejas. Otra vez excusas para ella. Otra vez quedar yo como la exagerada.

Se me revuelve el estómago.

—Gracias por traerme, pero me voy.

—¿Qué? ¿Ya?

—Vuelvo por la bici.

—El instituto estará cerrado.

—Cogeré un bus.

No añado más.

Voy a la barra, dejo el dinero y camino hacia la puerta. Le miro solo un segundo antes de salir al frío.

Me cruzo de brazos. Ojalá sirviera. Pero el frío que llevo dentro no se quita con una chaqueta.