Un regusto amargo
Ya es lunes otra vez. Ayer estuve todo el día pensando en el beso. En Axel. Y en Val. Lo que parecía un momento perfecto acabó siendo más frío que la propia lluvia.
Me preparo una tostada. Cojo la primera mermelada que veo, la extiendo sin mirar y le doy un bocado. El sabor me hace fruncir el ceño.
—Joder… —susurro.
Es de naranja. Esa mermelada que parece dulce al principio, pero deja ese regusto amargo. Como el beso del otro día.
Me la termino sin ganas. Me arreglo, cojo mis cosas y salgo hacia el instituto.
Mientras cruzo el parking de motos, veo a Axel junto a la suya quitándose el casco. Freno de golpe y el chirrido hace que se gire.
—Hola, Lía.
—Hola —respondo, más seca de lo que pretendía.
No sé si seguir o esperar. Antes de decidirlo, él ya se dirige hacia mí.
—¿Sabes en qué caí ayer? En que no tenemos nuestros números. Quería haberte escrito el sábado por la noche.
—Ah, claro. Te lo doy.
Saca su móvil y anota mi número.
—Bien, te hago una llamada perdida y así lo tienes tú también.
—Voy a aparcar —digo.
Él se me queda mirando y asiente con la cabeza.
Mientras pongo el candado, oigo sus pasos acercándose. Me enderezo y me giro hacia él.
—Lía, perdona por haberme ido así de golpe. —Su mirada es seria. Sincera.
—Tranquilo. Val te necesitaba.
Cojo la mochila y me la cuelgo en el hombro.
—Está pasando por un mal momento —añade.
—Vaya —digo, sin que mi tono suene precisamente compasivo.
Él inspira hondo y mira al cielo un segundo. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos se anclan en los míos.
—Espero que acabéis limando asperezas.
Río, sin humor.
—Lo veo difícil —Empiezo a caminar.
Me sigue. Intento mantener la mirada al frente. El hecho de que Val sea su mejor amiga significa que siempre va a estar por delante de mí. Y yo soy la novata. La que quizá simplemente le entretiene un poco. La que, tarde o temprano, le cansará.
—¿Quieres que entrenemos juntos después? —pregunta.
Me detengo sin pensarlo.
—Si quieres y no tienes nada mejor que hacer… —Me encojo de hombros y retomo el paso.
La mañana se me ha pasado volando, pero no porque fuera bien, sino por el agobio. Exámenes, trabajos, repasos… un caos. Y, aun así, lo único que de verdad me tiene la cabeza hecha un nudo es el entreno.
Entrenar con Val.
Solo imaginarme cerca de ella me revuelve el estómago.
Entro al pabellón y me llega ese olor a madera y sudor tan familiar.
Cuando Val pasa por mi lado, me pongo en tensión. Por suerte, ella me ignora.
—Hoy por parejas. Recepciones y pases. Lía y Val. Juntas.
No puede ser. Esto es una tortura.
—No hay forma de librarme de ti —murmura Val al pasar a mi lado.
—Créeme, si por mí fuera, no me verías el pelo —le contesto.
Ella no dice nada más, por lo que nos sumimos en un momento de silencio y ejercicios. Estoy alerta por si me lanza algún balón con mala idea, pero no. Está siendo un entreno tranquilo, de momento.
Sofía pasa por el lado nuestro, observándonos.
—Bien. Seguid así —comenta, y se dirige a otra pareja.
En una de las veces que le lanzo el balón, alguien pasa por detrás de mí. Val se distrae, por lo que no puede recibir bien y la pelota sale disparada al otro lado de la red.
—Joder… —dice.
Me giro. Era Hugo. Vaya, vaya, parece que le pone nerviosa.
Val vuelve con el balón entre las manos y la cara algo sonrojada.
—¿Qué miras? —pregunta secamente.
—Nada. —No puedo evitar que se me escape una sonrisita.
Ella viene directa a mí, con la cara desencajada.
—A mí no me tomas el pelo. Puede que a Axel lo tengas en la palma de la mano, pero te aseguro que yo voy a sacar todos tus trapos sucios.
—¡¿Qué dices?! Yo no escondo nada. Tú eres la que tiene que tener cuidado.
—¿Ves? Otra amenaza.
—¡No es una amenaza! —Me callo de golpe, temiendo que Sofía nos oiga y nos vuelva a echar.
Val alza la vista unos instantes, buscando a Sofía. Luego se acerca a mí, sus ojos fríos como hielo.
—¿Estuviste en la biblioteca? —dice en voz baja.
Siento que me paralizo.
—¿Por qué lo preguntas? —logro decir, apenas audible.
—¿Eras tú? ¿La que estaba detrás de la estantería?
Aprieto los labios, y mi corazón late a mil.
¿Me ha visto?
—Hostia puta —susurra entre dientes—. Como digas algo a alguien…
—No voy a decir nada. Me da igual con quién te líes. Solo quiero que me dejes en paz —respondo, tratando de sonar firme.
Ella resopla y se aleja, botando el balón con fuerza a cada paso. Imagino que desearía que fuese mi cabeza.
¡Piii!
—Entreno acabado por hoy. Ya sabéis que este finde toca partido —dice Sofía, hojeando su libreta—. Toca en… La Farga.
¿La Farga? Se me congela el cuerpo.
—Ese sitio es nuevo, ¿no? —pregunta Patri.
Noto el pulso en la sien. Me empieza a pitar un oído.
—Sí —continúa Sofía—. Es un equipo nuevo. Del instituto…—Pasa dos hojas más. A mí se me nubla la vista—. Ah, aquí lo tengo. Jugaremos contra el instituto El Sella.
Joder.
Joder.
¡Joder!
Todo el mundo empieza a dispersarse, hablando entre ellos, riendo, recogiendo botellas. Yo no. Mis piernas no responden, es como si el suelo me sujetara por los tobillos.
—¿Estás bien? —Clara se planta delante de mí.
—Es mi antiguo equipo.
—¿El qué? —Sus ojos se agrandan.
—El próximo partido. Es el instituto en el que jugaba. Donde… —Mi garganta se cierra—. Donde pasó lo de la lesión.
—Ostras… —dice ella, mordiéndose el labio—. Joder, Lía. Normal que te haya dejado tocada.
Asiento despacio.
—Sí. Una puta casualidad.
—Bueno, tal vez sea una oportunidad. Verlos, cerrar algo. No sé… —Me aprieta el brazo—. Dame un toque luego, ¿sí? Hablamos con calma.
Me dejo caer en el banco. Apoyo los codos en las rodillas y me cubro la cara con las manos. El olor del pabellón, la madera, la humedad… Todo se me mezcla con ese otro olor, el del Sella, y el sonido seco del golpe antes de que el mundo se pusiera blanco.
Jugar contra ellos va a abrir una herida que creía medio cerrada. Y lo sé. Lo noto en el temblor de mis dedos.
Una mano cálida roza mi hombro.
—¿Qué pasa? —pregunta Axel, en voz baja.
No sé si llorar o reír.
—Ese instituto es en el que jugaba. Cuando… me lesioné.
—Vaya —respira hondo—. Lía, escúchame. Puede que te remueva todo, sí. Pero jugar contra ellos también puede ayudarte a cerrar esa mierda de una vez.
Niego con la cabeza. Tengo los ojos ardiendo.
—Solo me vienen imágenes del momento. Y me pone mala. Joder. Justo cuando empezaba a sentir que volvía a ser yo…
—Eh, ven aquí —dice suavemente.
Me aparta un mechón de la frente y me atrae hacia él. Su pecho es firme y cálido. Me trago el nudo de la garganta, pero sigue ahí.
—Estoy contigo —susurra—. Entrenaremos lo que haga falta. No vas a enfrentarte a eso sola.
Cierro los ojos. Respiro su olor, una mezcla de sudor y colonia que me da más calma de la que debería.
—Hoy solo quiero irme a casa. Estoy agotada.
—Claro. Descansa. Mañana será otro día.
Levanto la mirada. Sus ojos están tan cerca que me tiembla todo. Él duda. Yo también. Pero el miedo del partido, la rabia, el alivio de sus brazos… todo se me junta en un mismo punto, como si algo me empujara desde dentro.
Si no lo hago ahora, exploto.
Me lanzo.
Le beso. No suave. No insegura. Un beso intenso, urgente. Siento cómo respira hondo contra mi boca, sorprendido. Me aferro a su cuello como si mi vida pendiera de ello.
Cuando me separo, mis labios aún arden. Le acaricio la mejilla con la yema de los dedos.
—Nos vemos mañana —susurro.
Y me voy antes de que pueda decir nada.
Estoy temblando. No sé si por El Sella o por el fuego que todavía llevo en la boca.