Una fiesta con sabor a lluvia
Nada más salir de la ducha, me ajusto el albornoz con las manos aún húmedas y voy directa al armario.
¿Qué me pongo? Quiero ir arreglada, pero no demasiado. Que parezca casual. Natural.
Bueno… de alguien sí quiero llamar la atención.
Me muerdo el labio.
Joder, qué complicado todo.
—¿Dudando qué ponerte? —La voz de mi madre aparece en la puerta.
Me dejo caer en la cama.
—Todo lo que tengo es… muy de sport .
Ella entra y empieza a rebuscar entre la ropa.
—Algo decente tienes que tener… —Se detiene. Saca un pantalón negro ajustado—. Esto siempre viste y es cómodo.
Lo cojo entre los dedos. Ni me acordaba que existía. Igual ni me cabe.
Al levantar la vista, detrás de ella veo un top plateado, medio escondido entre camisetas.
—Mamá, arriba. Ese top. ¿Qué tal?
Ella sigue mi mirada y sonríe.
—Perfecto. ¿Ves cómo tienes ropa? Igualmente, ya iremos de compras.
—Vale.
—Recuerda no venir tarde. Ten cuidado, y cualquier cosa, me llamas.
—Sí, mamá.
—Diviértete, hija. —Me besa la frente y se marcha.
Me quedo sola con mi reflejo. Me ondulo un poco el pelo, me maquillo lo justo.
Cuando termino, me contemplo en el espejo y por primera vez en mucho tiempo, algo en mí se ilumina.
El timbre suena. Clara.
Abro la puerta.
—¡Qué guapa! —exclama, abriendo mucho los ojos.
—Gracias. —Me sonrojo inevitablemente—. Tú también. Ese pelo liso te sienta genial.
Caminamos por la calle fría, entre coches estacionados que reflejan las luces de la ciudad. El viento se cuela por la chaqueta y me alegro de no llevar tacones.
Una vez llegamos, me quedo anonadada. El edificio es moderno, brillante, nada que ver con mi finca. Entramos y subimos en un ascensor silencioso y futurista.
—¡Bienvenidas! —dice Bruno—. Pasad.
Clara lo besa y yo me adentro. Todo es perfecto, nuevo, caro. El comedor es enorme, con un gran ventanal que da a una terraza iluminada con luces cálidas y sofás de jardín.
Le busco. No está. ¿Finalmente no piensa venir? Decido salir a la terraza para que me dé el aire. Abro la puerta corredera, que pesa una tonelada, y el aire frío de fuera me envuelve. Voy a la barandilla. ¡Increíble! Hay unas vistas espectaculares. La ciudad entera se extiende ante mí.
Siento una presencia. Giro apenas la cabeza. Val, a unos metros, se limpia la mejilla y nuestros ojos se cruzan. Hay un destello de odio en los suyos. Se da la vuelta y entra.
Respiro hondo y cruzo los brazos. Llevo cinco minutos y ya quiero irme. Me recrimino: «Vamos, Lía, ¿para esto has venido?». Entro de nuevo. Música, risas, grupitos de chicas bailando... Localizo a Val, está seria, con un vaso en la mano. Patri y Sara charlan a su lado.
—¿Qué te parece? —Clara aparece frente a mí.
—Es espectacular —respondo.
—Ya ves. Pues si vieras la casa que tienen a las afueras… Su padre es arquitecto y la diseñó él.
—Debe ser impresionante.
Clara ladea la cabeza.
—Estás más decaída de lo habitual. Si es por Val, no dejes que te afecte. Siempre ha de llamar la atención.
—Lo sé. Voy a beber algo.
Voy a la gran mesa. Me sirvo un vaso de lo que parece ser limonada. Al beber, me viene un sabor raro.
—¡Puuagg! —Escupo en el vaso lo que me he llevado a la boca—. ¿Qué mierda lleva esto? —susurro a lo bajo.
—Elegante reacción —dice una voz a mi espalda.
Me giro de golpe con el vaso aún en la mano. Axel está ahí, apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa torcida.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunto, avergonzada.
—Lo suficiente para ver tu reacción a la limonada especial de Bruno.
—Sabe a todo menos a limonada. —Dejo el vaso.
—Es su bebida secreta. Prefiero no saber qué lleva.
—¿Tú la has probado?
—La he olido, y con eso es suficiente.
Da unos pasos hacia mí y siento cómo el cuerpo se me altera.
—Pensaba que ya no vendrías —le digo.
—¿Y eso te entristecía?
Suelto una carcajada.
—¿Te gustaría que estuviese triste esperándote?
—No. No me gusta verte triste —contesta.
Bajo la mirada al suelo. No sé qué decir.
—Necesito aire —murmuro, y me dirijo a la terraza.
Él me sigue en silencio.
Una vez fuera, la música queda amortiguada por la puerta. Solo hay un par de parejas charlando en los sofás. Me dirijo a la barandilla y él se sitúa a mi lado, pero sin invadir mi espacio.
—¿Por qué te enfadaste el otro día, en el desayuno? —pregunta.
Aprieto la barandilla con las manos.
—No me enfadé.
—Lía… —Se gira, clavándome sus ojos en los míos.
—Bueno, vale, sí. Me molestó tu comentario.
—¿Cuál? ¿Qué dije?
—Eso de que seguramente lo que hiciste fue mejor.
Se queda pensativo.
—Quería decir que aquel momento en el bosque me gustó.
Me quedo paralizada.
—Ah… —Me muerdo el labio.
—¿Y tú qué pensaste? —pregunta.
Me sonrojo.
—No, nada. Olvídalo.
Oigo cómo inspira.
—Perdona haberte cerrado la puerta así —le digo.
—Tranquila.
No estoy tranquila. Le miro de reojo. Joder. Es tan atractivo. Está con la mirada al frente. Concentrado. No puedo evitar mirar sus labios. Se me seca la boca. Maldigo mentalmente aquel instante en el bosque, la liebre… todo.
Mi cuerpo grita acercarse, acortar la distancia que nos separa. Me despego de la barandilla y doy un paso hacia él. Mi brazo derecho se eleva casi solo, buscando su bíceps. Axel me mira desconcertado. Justo entonces, dos gotas frías golpean mi rostro.
¡Justo ahora empieza a llover!
Sonríe, y su mano encuentra la mía. Me arrima hacia él con delicadeza, y la otra pasa a secarme las gotas. Mis piernas flaquean, mi respiración se acelera. La lluvia aprieta, empapándonos, pero no me importa. Su cercanía, su calor, el roce de sus dedos… todo me consume.
Lenta, suavemente, pasa una mano tras mi nuca.
Mi corazón se dispara. Se inclina hacia mí.
Sus labios se posan sobre los míos. Al principio contenido, cálido, explorador…
pero pronto se vuelve largo y urgente, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo que llevamos esquivándonos.
Olvido la lluvia, el frío, el mundo. Solo existimos nosotros.
Me pongo de puntillas, como si así pudiera acortar más distancia todavía. Mis manos buscan su cuello, su jersey se pega ligeramente por la lluvia, y cada roce electriza mi piel. Siento que el mundo se detiene, que todo se concentra en este primer beso.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, apoya su frente sobre la mía. Sus ojos me miran.
—Deberíamos entrar —susurra.
Asiento. Corremos hacia dentro entre risas.
—¡Axel! ¿Qué estabas haciendo? —Val viene directa a nosotros. Tiene el rostro desencajado.
Nuestras risas cesan.
—Eh... —Él titubea—. Estábamos tomando el aire.
Percibo un leve pinchazo en el pecho y empiezan a sudarme las manos a pesar de estar empapada.
—Me encuentro mal, por favor, acompáñame a casa —le dice.
—¿Tan mal te encuentras? Está diluviando —contesta Axel.
—No puedo más, por favor, sola no llegaría a casa.
—Está bien, le pido un paraguas a Bruno. —Axel me mira—. Tengo que irme, nos vemos. —Me da una pequeña palmada en el hombro.
Val me regala una sonrisa torcida, como quien se ha salido con la suya.
Agarra del brazo a Axel y salen por la puerta.
Me quedo plantada como un pasmarote. En un segundo he pasado de estar flotando a llevarme una hostia contra el suelo.
Está claro que Val va a estar incordiando en todo lo que me rodea.