A medio salto Niñas grandes, líos grandes
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Niñas grandes, líos grandes

Nada más entrar al pabellón siento cómo el aire se me hace más denso. Hugo está junto a Sofía, anotando algo en una libreta.

—Estás en medio. —La voz de Val hace que me gire hacia ella de golpe.

—¿Tanto te molesto? —suelto.

—Más de lo que imaginas.

—¿Tienes algún problema conmigo?

Ella frunce el ceño y se acerca, demasiado.

—Te tengo calada. He visto vídeos tuyos. Rematando, saltando… pero aquí juegas como si tuvieras que pensar cada paso. —Da otro paso—. ¿Por qué vas de mosquita muerta? ¿Para que luego todos digan “oh, qué rápido has mejorado, Lía”? ¿Y lo de la venda? ¿Para dar pena?

Trago saliva, pero no aparto la mirada.

—No sabes una mierda.

—A mí no me engañas —escupe ella.

—El motivo por el que no juego como antes es mío. No te incumbe.

—Si lo estás haciendo a propósito, sí.

—No lo hago a propósito —respondo entre dientes.

—Tus secretitos acabarán saliendo a la luz —susurra.

La miro de frente.

—¿Y los tuyos? ¿No tienes?

Durante un segundo, veo puro terror en su rostro.

—¡¿Qué mierda dices?!

Y me empuja.

—¡Eh, yo no te he tocado! —La aparto.

Da un paso hacia mí, lista para volver a encararse.

—¡Eh, eh, chicas! —Sofía aparece corriendo—. ¡Parad ya! Esto no es el patio del colegio. Somos un equipo. Aquí se viene a jugar. ¿Entendido?

Silencio.

—Sí —dice Val, con una voz falsamente dulce.

Inhalo despacio.

—Sí —respondo.

—A entrenar —ordena Sofía.

Corremos hacia el grupo sin mirarnos.

Estoy que trino. ¿De qué va ella? ¡Qué mente más retorcida tiene! ¿Por qué iba a mentir en mi forma de jugar? Mi vista va hacia ella. Veo cómo su larga coleta se balancea de un lado a otro mientras corre. Ganas me dan de tirarle del perfecto y lacio pelo que tiene.

—Hoy haremos un pequeño partido —dice Sofía—. Primer grupo: Clara, Val, Patri, Sara, Susana y Lía.

Genial. Otra vez con Val.

¿Es un castigo por el comportamiento de antes?

—Lía, colocadora. Clara, líbero. Val y Susana, rematadoras.

Siento un peso enorme en los hombros. ¿Ahora debo de pasarle los balones a Val?

—Más te vale hacer pases decentes… ¿O vas a actuar de pobrecita que mediocre soy? —murmura Val al pasar por mi lado.

Le lanzo una mirada que, si las miradas mataran, la dejaría tiesa.

—Jugaréis contra el equipo de chicos que tenéis al frente —sigue diciendo Sofía—. A diez puntos. El que antes puntúe, sigue. El que pierda, fuera y entra el otro. Y así iremos haciendo hasta que juguéis todos.

—¿Preparados? —dice Hugo.

Observo a Val. Diría que se ha sonrojado. Axel está en el equipo contario, listo para sacar. Nuestros ojos se cruzan un instante.

¡Piii!

Me pongo en alerta.

Axel lanza el balón, corre, salta.

¡Puuuum!

¡Ostia! Le ha dado fuertísimo.

—¡Mía! —grita Clara.

Va directo a los brazos de Clara. Eso tiene que doler, pero ella hace una recepción buena. Voy hacia la pelota, con mis dedos hago el pase hacia Val. Ella corre, salta y golpea fuerte. Bruno recibe sin problemas pasándoselo a Erik, y este, a otro compañero.

Val se me acerca, nos ponemos cara a la red y saltamos para bloquear. Yo salto un poco menos y el balón pasa justo por encima de mí.

Punto para ellos.

Val resopla.

—¿Hasta cuándo el paripé? —murmura.

—¡No es ningún paripé! —le grito y me planto frente a ella.

El silbato corta el aire.

Sofía viene directa.

—¡¿Otra vez?! —dice alterada—. Fuera. Para casa las dos. Si os comportáis como niñas pequeñas, a jugar a vuestra casa. El próximo día no quiero ni una rencilla más. Eso lo dejáis para fuera del entreno. No pienso repetirlo.

Trago con dificultad. Las mejillas se me encienden. Val sale disparada hacia vestuarios. La sigo sin decir nada.

La oigo ducharse. Me siento en el banco, agotada. Cuando sale, nos cruzamos sin mirarnos. Yo entro.

Al salir, ella ya no está.

Respiro hondo. Solo quiero irme.

En el vestíbulo, Clara viene directa hacia mí, sudando.

—¿Todo bien? ¿Qué os pasa hoy?

—Lo de siempre —respondo—. Tanta leña al final prende.

Clara suspira.

—Mañana es la fiesta, ¿recuerdas? —dice.

Me quedo pensativa. La verdad es que no le presté mucha atención cuando hablaba la última vez.

—Bruno hace una fiesta mañana. ¿No te lo dije? Vente, te irá bien.

En este momento solo quiero salir de aquí. Así que asiento con la cabeza, más para que me deje marchar que por confirmarle.

—Hasta mañana —dice, y se va.

Salgo fuera. Hace frío y algo de viento. Estoy agotada.

Al llegar al estacionamiento de bicis, veo una figura al lado de la mía.

No puedo con más dramas hoy.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, soltando un suspiro.

Axel se encoge de hombros.

—Iba hacia mi moto.

—Ya...

—Tienes que hablar con Val —dice—. No podéis seguir así.

—Eso díselo a tu querida amiga. Ella tiene un problema conmigo. Yo solo respondo.

—No dejes que te afecte.

—Es muy fácil decirlo cuando no eres tú el que aguanta las pullas día sí y día también —respondo.

Paso por su lado y dejo la mochila en el cesto.

—¿Vas mañana a la fiesta? —pregunta.

—No creo. No tengo ganas.

Me agacho para quitarle el candado a la bicicleta.

—Una lástima.

Me giro.

—¿Por qué?

Desvía la mirada un segundo. Luego vuelve a mí.

—Porque me daría menos pereza ir si vas tú.

—¿En serio? —Alzo una ceja.

—Yo no miento. —Ladea la cabeza con una media sonrisa.

Una oleada me recorre el cuerpo. Me giro de nuevo para terminar de quitar el dichoso candado, que con las manos temblorosas no consigo abrirlo.

Una vez conseguido, me monto en la bici, sintiendo la mirada de Axel clavada en mí.

Pongo un pie en el pedal.

—Pues entonces ve —digo sin mirarlo—. A lo mejor me paso un rato.

Empiezo a pedalear, sin volver la vista atrás y con una sonrisa en la cara.