A medio salto Fantasmas que se dejan ver
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Fantasmas que se dejan ver

Tras una hora eterna de filosofía, suena el timbre que da por finalizada la clase.

—¡Por fin! Me muero de hambre —dice Clara detrás de mí—. Voy al bar, que no me he traído nada. ¿Vienes?

—Ve yendo tú. Antes tengo que pasar por la biblioteca. Luego nos vemos.

Una vez guardadas todas mis cosas, paso al lado de Axel. Me detengo frente a él. Quiero hablarle, pero la mente se me queda en blanco.

Él levanta la mirada.

—Lo hiciste. Saltaste sin pensarlo. —Se recuesta en la silla, tranquilo.

—Sí. Creo que estaba tan desesperada que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

—¿Y la rodilla?

—Bien. Gracias por la venda. La lavaré y te la devolveré.

—No. Quédatela.

Nos quedamos en silencio, mirándonos. Justo voy a decir algo, Val se levanta de golpe.

—¿Estás lesionada? —Su voz suena como una acusación, y cruza los brazos—. No lo parece.

Me giro.

—No. Pero es una larga historia.

—Uy, qué misteriosa… —Me fulmina con la mirada.

—Todos tenemos fantasmas con los que batallar, Val —dice Axel.

Ella arquea una ceja.

—Y hay mucho fantasma por aquí también —responde. Y se va sin más.

Axel suspira y se incorpora.

—¿Se puede saber qué mierda le he hecho para que me odie tanto? —suelto.

Me pone una mano en el hombro y doy un respingo.

—Como he dicho, todos tenemos nuestros fantasmas. Dale tiempo.

—¡Pero yo no le he hecho nada! No tiene derecho a tratarme así.

—Lo sé. Pasa de sus comentarios.

—No voy a dejar que me hable así.

Doy un paso atrás, molesta.

Que la defienda, después de cómo lleva tratándome, me enciende por dentro.

Él me observa, sin saber qué decir.

—Tengo que irme.

Salgo por la puerta sin esperar respuesta.

Busco un banco alejado del bullicio y me siento sola a comerme el bocadillo. No tengo ganas de hablar con nadie. El pan está frío, pastoso, pero me obligo a dar un par de mordiscos.

Observo a lo lejos los grupos, las risas... y una punzada me atraviesa el estómago.

No sé si es por Axel, por Val o simplemente por mí.

Solo sé que estoy cansada.

De explicarme.

De sentirme pequeña cuando no debería.

Respiro hondo.

Cuando por fin me noto un poco más calmada, me incorporo. Decido ir a la biblioteca. Necesito un par de libros para el trabajo de historia. Está casi vacía; normal, todos están fuera aprovechando el descanso.

Voy a la sección de historia, donde reina un silencio casi exagerado. Mientras paso los dedos por los lomos, oigo unas risitas. Típico: venir aquí a tontear.

Saco un libro y, a través del hueco que queda, veo una cabeza. Ese peinado… ¿Val? Está con alguien más. «Que no sea Axel…», ruego mentalmente.

La curiosidad me puede. Saco otro ejemplar. Me quedo helada.

¡¿Hugo?!

Le está acariciando la cara.

Se me resbala el libro de las manos y cae al suelo con un golpe seco.

—Mierda —susurra Hugo al otro lado.

Recojo el libro a toda prisa, lo dejo como puedo y salgo casi corriendo. No sé si me han visto. La sangre me retumba en los oídos.

Al salir, me cruzo con Clara.

—¿Estás bien? —pregunta—. Parece como si hubieras visto un fantasma.

—¿Qué os pasa hoy con los fantasmas? —respondo demasiado alterada. Ella me mira extrañada—. Perdona, es que estoy un poco estresada.

—¿Por qué?

—Por todo. —Echo a andar—. ¿Vamos?

Ella asiente y empieza a hablar de Bruno y una fiesta o algo, pero mi cabeza sigue atrapada en la biblioteca.

Vaya con Val… Va a resultar que sí tiene fantasmas con los que lidiar.