Que empiece el juego
Hoy es el día. Suena la alarma y tardo un segundo en recordar dónde estoy. La habitación del hotel. El entreno. Axel.
Clara gruñe y se da la vuelta en su cama.
Cuando llegué, ella aún no estaba. La oí entrar a las tantas.
—Joder. Qué pereza —murmura, estirándose como un gato cansado.
—Normal. ¿A qué hora llegaste?
Abre un ojo y sonríe.
—Tarde. Creo que era la una de la madrugada.
Meneo la cabeza y voy directa a la ducha. Necesito agua fría para espabilarme y calmar el torbellino que vuelve a aparecer cuando recuerdo la noche en el bosque.
Cuando bajamos al buffet , la mayoría ya están sentados.
Me sirvo un poco de todo, sin olvidar mi dosis obligatoria de chocolate.
—¡Clara! —Bruno nos hace señas—. Venid aquí.
Nos acercamos. Al lado de Erik está Lidia, de mi equipo.
Empiezan a hablar de anoche: de lo que bebieron, lo que bailaron… Yo desconecto. Me vienen flashes de la boca de Axel acercándose a la mía, su respiración contra mi piel.
Estoy masticando el cruasán cuando una voz grave suena detrás:
—¿Puedo sentarme?
Me giro. Axel, con una bandeja en las manos.
—Claro —responde Bruno.
Se sienta justo enfrente.
Mierda.
La boca se me seca y trago como puedo. Cojo la taza de café, intentando que no se me note el temblor.
—¿También trasnochaste, Axel? —pregunta Clara.
—Qué va. Fui de los primeros en irme a dormir.
Me lanza una mirada fugaz. Casi me atraganto.
—¡Tan soso como Lía! —se ríe Clara.
Axel y yo nos miramos un instante. Una oleada de calor me sube por el cuello. Necesito salir de aquí ya.
Pero él se recuesta en la silla y le contesta:
—¿Qué te hace pensar que me aburrí? Seguramente lo que hice, fue más interesante que vuestra fiesta.
Bruno y Erik estallan en carcajadas.
—¡Vaya, vaya! Qué calladito lo tenías —suelta Bruno.
¿Pero de qué habla? Le miro con el ceño fruncido.
¿Del bosque?
¿De otra cosa?
¿O… de otra chica?
Termino rápido y me pongo de pie.
—Yo me voy. Clara, te veo luego. —Miro a Axel. Parece desconcertado—. Hasta luego.
Dejo la bandeja y subo con un nudo en el estómago.
Me dejo caer en la cama.
«Seguro que lo de anoche fue un impulso tonto y luego se fue con otra. ¿Por qué pensaría que yo le gustaba?», me recrimino. Respiro hondo. Necesito cambiar el chip: en una hora tenemos partido.
Llaman a la puerta.
—¡Voy!
Abro. Casi me da algo.
Axel.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, aturdida.
—¿A qué ha venido eso?
—¿El qué?
—Irte así.
Me cruzo de brazos.
—Por nada.
—¿Otra vez mintiendo?
Bufo.
—¿Qué quieres? —le digo.
—Saber si hice algo que te sentó mal.
«¿En serio?».
Me muerdo la lengua antes de explotar.
—¡Chicos! —interrumpe Sofía desde el pasillo—. Bajad, que nos vamos ya al pabellón.
Asentimos.
—Pues nada, que te vaya bien —dice él, seco de repente.
La cara me quema.
—Igualmente.
Cierro la puerta de un portazo.
De camino al autocar que nos llevará al pabellón, intento no cruzar mirada con Axel. Siento su presencia a unos metros, como si mi cuerpo lo detectara. Clara, a mi lado, está escuchando música con los ojos cerrados. Me da que se ha quedado dormida.
Al llegar, tengo que darle unos toquecitos para que despierte.
—Clara, ya hemos llegado.
Se despereza y bajamos del autocar entre bostezos.
Antes de entrar al pabellón, veo varias familias esperando. En seguida distingo la figura de mi madre. Camino directo hacia ella.
—¿Qué tal? —Su abrazo me reconforta.
—Nerviosa.
—Lo harás muy bien —me asegura, tranquila, como si nada pudiera salir mal.
A pocos metros, está Axel hablando con los que supongo son sus padres.
Val pasa a su lado, los saluda y entra. Intento no mirar, pero no puedo evitar fijarme.
Él se ríe por algo que su padre dice. Una risa fácil, despreocupada.
Y siento un pequeño vuelco en el estómago. Ojalá fuera así de sencillo conmigo.
El pabellón no es muy grande, pero el eco lo vuelve inmenso. Cada golpe de balón resuena como si me atravesara el pecho.
Anuncian nuestro nombre para que nos preparemos y algo dentro de mí se encoge. Las voces del público se mezclan, demasiado fuertes, demasiado cerca.
Demasiada gente.
De pronto, la respiración se me acelera.
Las manos me sudan.
Trago saliva, pero no pasa.
Las luces me parecen más blancas. El suelo, más lejano.
«No voy a poder…», pienso.
Me siento en el banquillo, con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas.
—Lía. —La voz de Clara me llega amortiguada, como desde detrás de un cristal—. ¿Estás bien?
No puedo contestar. Solo asiento, aunque sé que es mentira.
Clara se arrodilla a mi lado. Me aparta un mechón pegado a la frente.
—¿Tan nerviosa estás? —pregunta, preocupada.
La garganta me arde al tragar.
—No solo son nervios… creo que me ha dado un pequeño ataque de pánico —consigo decir—. Tuve una lesión hace más de un año.
—No me lo habías contado —dice, pero su tono es suave.
Miro el suelo brillante, los cordones de mis zapatillas, cualquier cosa menos sus ojos.
—Pensé que no iba a volver a jugar. Pensé que… —se me quiebra la voz—. ¿Y si me pasa lo mismo?
Clara no dice nada al principio. Solo me pone una mano en la espalda, cálida.
—Lía, mírame.
La obedezco.
—No estás sola, ¿vale? Y no tiene por qué repetirse.
La miro a los ojos.
—Respira conmigo —me dice.
Y lo hacemos. Un par de veces. Hasta que el temblor baja.
—Estoy mejor… gracias —murmuro.
—¿Podrás jugar? —pregunta, sin dejar de mirarme.
Miro hacia la pista. El sonido vuelve poco a poco, como si alguien subiera el volumen del mundo. Sofía nos llama con su silbato.
Cierro los ojos un segundo.
Recuerdo los meses enteros en los que no pude caminar bien. El crujido de aquella vez. El miedo. El dolor. Pero también recuerdo lo que sentí la primera vez que volví a tocar un balón: como si me devolvieran un pedazo de mí.
No puedo echar a perder lo que he recuperado hasta ahora.
Asiento despacio.
—Sí —susurro.
Clara sonríe y me da un abrazo fuerte.
—Eso es. Eres fuerte, tía —dice, al separarse.
Doy un paso hacia la pista.
—Chicas —dice Sofía—. Salid a disfrutar. Dad lo que podáis. ¡Ánimo!
Me coloco en posición. Mi mano derecha va directa a la rodilla, donde llevo la venda que me dio Axel. Alzo la vista buscándolo. Está en las gradas hablando con Pol. Por un instante nuestras miradas se cruzan, pero él la desvía enseguida.
¡Piii!
Ellas sacan. El balón viene directo a mí. Aún pienso en el episodio de antes y fallo la recepción.
Mierda.
Val me lanza una mirada fría.
Repiten saque y, otra vez, el balón me busca. Esta vez lo recibo, aunque sale un poco descontrolado. Por suerte, Patri consigue colocarle bien el balón a Val, que pega un salto enorme y remata.
Punto.
Cinco jugadas después, el marcador no pinta bien: nos han marcado tres seguidos.
Cuando me toca sacar, noto todas las miradas encima. Qué curiosa es la mente humana. Hace unos meses me encantaba ser el centro de atención; ahora solo quiero pasar desapercibida.
Hago un saque sencillo, pero pasa justísimo la red. Ellas lo devuelven sin problemas. Claudia bloquea y sumamos punto. Pero perdemos uno. Y otro. No estamos conectadas.
Clara me mira un segundo, haciéndome un gesto de calma, pero no puedo. Me siento fuera de ritmo. Esto es un desastre.
Sofía pide tiempo muerto. Nos reunimos.
—Chicas, no quiero que os desaniméis. No está todo perdido. Conectad entre vosotras. El problema es que no estáis jugando como equipo.
Inspiro hondo y cierro los ojos un instante.
Val me observa de reojo. No dice nada, pero su frustración es evidente.
Volvemos al partido.
Queda muy poco para acabar y parece imposible remontar, pero no podemos salir de la cancha con el ánimo por los suelos.
¡Pum!
La pelota sale del campo contrario con poca fuerza.
¡Tenemos que aprovecharlo!
Va directa a Val, que la recibe sin problema. Claudia coloca… hacia mí.
¿A mí?
El corazón me da un vuelco.
Corro.
Salto.
No pienso. No me da tiempo.
¡Pum!
El balón cae dentro.
¡Punto!
Le he pegado. Lo he golpeado sin pensar. Sin miedo.
—¡Muy bien, Lía! —celebra Clara.
Val me mira unos segundos. Seria. No sé si es aprobación o simple sorpresa.
Busco a mi madre en la grada. Está sonriendo, aplaudiendo.
Luego miro a Axel. Está más abajo, con su equipo. Asiente una sola vez. Ese gesto, tan simple, me reconforta más de lo que debería.
Acaba el partido. Hemos perdido, sí.
Pero yo he ganado un poco de esperanza.
He conseguido saltar sin pensar. Sin miedo.
No muy alto, pero para mí es muchísimo.