A medio salto Y esta vez, soy yo quien te encuentra
35%

Y esta vez, soy yo quien te encuentra

Tras comer y reposar un rato, toca el pequeño entreno. En la planta de abajo hay una gran sala donde está todo lo necesario para un entrenamiento breve.

—Chicos, como veis esto no es un pabellón —dice Sofía—. Solo quiero que hagáis unos pases, recepciones, saques y remates. Nada intenso. Una hora como mucho. Luego seréis libres hasta mañana. ¡Entreno libre!

—¿Ya estás lista para rematar? —la voz de Val viene cargada de veneno.

Me giro hacia ella.

—Tranquila —respondo—. Hoy recepciono. Los remates… ya sabes, son tu especialidad.

Frunce los labios, pero no dice nada.

Y me vuelvo.

Tras hacer varios ejercicios con Clara —incluido algún remate—, el breve entreno llega a su fin.

Al salir de la sala, Axel pasa por mi lado y me coge del brazo, apartándome un poco del resto. Es increíble cómo este chico puede desordenarme con solo tocarme.

—¿Vas bien?

—Sí, sí.

Él asiente.

—Recuerda de lo que eres capaz. Haz lo que te pida tu cuerpo, pero tampoco te presiones. No importa cuánto tardes en levantarte, lo importante es hacerlo.

Su sonrisa me atraviesa como una estaca directa al corazón.

—Gracias —logro decir, apenas en un hilo de voz.

—Intenta descansar.

Antes de que pueda contestarle, ya se ha alejado.

Para cenar, volvemos a estar los cuatro juntos en una mesa. Erik, Bruno, Clara y yo. Aunque estoy algo tensa por lo de Erik, intento relajarme.

—Al final seremos unos seis en la habitación. ¡Va a ser una pequeña fiesta! —Ríe Bruno.

Supongo que no cuentan conmigo, ya que le dije a Clara que no.

—Vienen Pol, Sara y Eva —comenta Erik.

—Yo se lo dije a Axel, pero me dijo que no —dice Bruno.

Clara me dirige una breve mirada.

No sé si debería alegrarme que Axel no vaya, pero me alegro.

Tras cenar, subo a la habitación para coger una chaqueta. Me asomo al balcón. Hace frío y tan solo se oye el vaivén de las hojas de los árboles.

Justo cuando me dispongo a salir, escucho pasos y voces riendo por el pasillo. Distingo a Clara entre ellas. Se oyen un par de puertas cerrarse. Parece que para algunos ya empieza ‘la pequeña fiesta’.

Una vez me aseguro que no hay nadie en el pasillo, salgo con cuidado. Cierro la puerta sin hacer ruido. Solo quiero estar sola. Tranquila.

Camino por el pasillo, escuchando las risas amortiguadas desde otras habitaciones.

Ya afuera, inspiro profundamente. El aire frío me llena los pulmones.

Está oscuro, pero la luna llena y algunas farolas iluminan un pequeño camino entre los árboles.

Empiezo a caminar, dejando que el silencio me envuelva.

Únicamente se oyen mis pasos en la tierra.

Camino sin pensar, solo dejando que el frío y la oscuridad me despejen la mente.

Pero entonces, entre las sombras, veo una figura sentada en un tronco.

Me detengo de golpe. ¿Es Axel? Me acerco con cautela.

Está de espaldas, contemplando el cielo.

Alzo la vista. Centenares de estrellas centellean entre las copas de los árboles. Luego, mi mirada vuelve a él.

—Parece ser que esta vez he sido yo la que te ha encontrado.

Su espalda se tensa un segundo. Luego se gira, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa me deja sin aire.

—Pensaba que estarías con Clara y compañía.

Doy unos pasos más y me siento a su lado.

—Pues ya ves que no.

—¿Me seguías? —pregunta, alzando una ceja.

—La verdad es que no. Paseaba en busca de tranquilidad.

—Vaya, siento haberte entorpecido el paseo.

Río.

—Para nada… —Me quedo callada de golpe. Agradezco la oscuridad, así no puede verme con las mejillas sonrojadas—. Ah, perdona, no quería molestar tu momento de paz.

Me levanto de golpe, nerviosa. Pero antes de dar un paso, Axel me coge del brazo con suavidad. Su mano es suave, pero basta para detenerme.

—Puedes sentarte. —Su voz es suave, tranquila.

Me suelta y vuelvo a sentarme.

Estamos en silencio unos segundos. Solo nos llega el murmullo del viento colándose entre los árboles.

—¿También necesitabas aire? —pregunto en voz baja.

Él asiente, sin mirarme.

—Me gusta la ciudad, no te voy a engañar, pero estar en medio de la naturaleza da sensación de libertad.

Se me dibuja una sonrisa.

—Te entiendo perfectamente.

Gira la cabeza y sus ojos oscuros estudian mi rostro.

—Ha tenido que ser duro empezar aquí de nuevo —murmura.

Levanto los hombros.

—Todos los cambios cuestan. Dicen que el ser humano es un ser de costumbres. Supongo que al final todo es cuestión de acostumbrarse.

Él alza la vista y mete las manos en los bolsillos.

—Bueno… hay cambios que no están tan mal.

Esboza una media sonrisa.

Yo bajo la mirada, jugueteando con la punta del zapato en la tierra.

—¿Estás nervioso? —le pregunto, cambiando de tema demasiado rápido—. Por lo de mañana, digo.

—Siempre. Es lo mejor de los partidos: los nervios. Significan que te importa. Eso sí, sin dejar que me dominen.

Asiento, pensativa.

—Axel… Gracias. Aunque pensé que eras un capullo la primera vez que choqué contigo, me estás ayudando mucho.

Él suelta una carcajada.

—Estabas ahí plantada como un florero.

—¡Estaba asustada! Era mi primer día. —Le doy un pequeño empujón—. Y tú ni pediste perdón.

—Oye, eras tú la que entorpecía el paso.

—Pero tú me golpeaste.

Nos miramos. Veo diversión en sus ojos. Entonces él baja un momento la mirada.

¿Está mirando mis labios?

La saliva se me queda atascada.

Ay, joder.

—Perdona —dice de repente.

—¿Ahora me pides perdón? —Río, nerviosa—. ¿Después de un mes?

—No. Por lo que voy a hacer.

Le frunzo el ceño.

—¿Qué?

Se inclina hacia mí despacio, como si me diera tiempo a apartarme. Me coge del mentón con una suavidad que me paraliza. El corazón me golpea tan fuerte que temo que él lo escuche. Se acerca. Mucho.

Puedo sentir su respiración. La mía se detiene.

Entonces, un ruido seco entre los arbustos nos sobresalta.

Nos levantamos de golpe. Mi corazón va a mil. No sé si por lo que casi ha pasado o por lo que cojones haya sido eso.

—¡Joder! —exclama él.

—¡¿Qué mierda es eso?! —grito, agarrándome a su brazo sin pensarlo.

Lo que parece ser un conejo sale escopeteado frente a nosotros y se adentra al otro lado.

—Creo que una liebre —dice.

Suelto el aire.

—Qué susto.

—Deberíamos volver. Aquí puede salir algo más grande que eso.

—Sí, será mejor —digo.

Retomamos el camino en silencio. Mis manos tiemblan. No por el frío. No por el animal.

Tiemblo por lo que casi pasó.

Y, sobre todo, por lo mucho que quería que pasara.