A medio salto Pedaleando hacia el torneo
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Pedaleando hacia el torneo

Nada más sonar la alarma, la primera imagen que me viene a la mente es la bici. Hoy puedo ir al instituto con ella.

Salgo de la habitación y me encuentro a mi madre ya vestida, poniéndose el abrigo.

—Lía, cariño, ten mucho cuidado con la bicicleta. Hay mucho coche, esto no es el pueblo —me dice.

—Lo sé, tranquila. Hay carriles bici y no tardo nada: quince minutos —respondo.

Ella se inclina y me da un beso en la frente antes de marcharse.

Una vez estoy lista, bajo alegre con mi bicicleta por el ascensor.

Guardo la mochila en el cesto y empiezo a pedalear.

Las ruedas chirrían suavemente al salir a la calle y el manillar vibra un poco bajo mis manos.

El aire me roza la cara, no tan limpio como el del pueblo, pero aun así algo dentro de mí se afloja.

Los coches pasan con un murmullo constante, la gente camina rápido por las aceras, y aun así el carril bici me abre un pequeño camino propio.

Pedaleo un poco más fuerte. Siento cómo me tiran los músculos, cómo la rodilla responde sin quejarse.

Es la libertad entrando por los pulmones.

Calmándome.

Al llegar al instituto, voy directa a la zona de aparcamiento de bicicletas. Estoy agachada cerrando el candado cuando escucho unos pasos detenerse justo detrás de mí.

La nuca se me eriza sola.

Levanto la vista. Axel está ahí, observando la bicicleta con una sonrisa ladeada.

—Bonita bici —dice.

—Gracias.

—¿No te gustó ir en moto?

—¿Eh? —parpadeo, desconcertada.

Se ríe bajo.

—Era broma. Aunque parecías bastante cómoda.

—Ah…

Me incorporo. Se me enciende la cara de golpe.

—¿Estás bien? Hablas con monosílabos —comenta, inclinando un poco la cabeza.

—Hasta ahora estaba perfectamente.

Aprieta los labios para contener la sonrisa, pero se le escapa igual.

—¿Hoy también te quedarás después del entreno?

—Seguramente.

—Pues cuenta conmigo.

Me da una suave palmada en la espalda y se aleja.

Una corriente eléctrica me atraviesa de golpe.

¡Madre mía!

¿Cómo voy a concentrarme? Si ya me agobio con los saltos y con no cagarla en vóley, ahora encima tengo que sobrevivir a los nervios de tener a Axel tan cerca.

Justo cuando empiezo a ver la luz al fondo del pozo, me doy cuenta de que he caído en otro.

El resto del día se me hace eterno. Intento concentrarme en clase, pero mi cerebro decide reproducir a Axel cada tres minutos como si fuera un anuncio pesado. Para cuando llega el entreno, ya estoy agotada… sin haber hecho nada.

En el entrenamiento el ritmo es intenso: saques, recepciones, cambios rápidos. Mis saltos siguen siendo flojos, pero mantengo el tipo. Al menos no me tuerzo nada ni dejo la rodilla hecha puré.

Al finalizar el entrenamiento, me quedo en los bancos haciendo tiempo. Hago como que guardo las cosas.

—Tengo prisa. —Clara me pone una mano en el hombro—. Nos vemos mañana.

—¡Adiós! —contesto.

Cuando ya se han ido todos, voy directa a por un balón. Al poco, oigo unos pasos tras de mí.

—¿Preparada para saltar? —pregunta Axel.

—¿Otra vez solo remates?

—Sí, pero sin carrera. Estarás quieta en el sitio. Yo te lo paso, saltas y golpeas. Quiero comprobar una cosa.

Frunzo el ceño, pero accedo.

Me coloco donde me indica, cerca de la red. Axel me pasa el balón y salto con decisión. Golpeo la pelota y esta va directa al campo contrario.

—Bien —dice él—. Se te ve más segura saltando desde el sitio que cuando corres hacia el remate.

Bajo la mirada al suelo.

—Ahora intenta saltar un poco más alto.

Me muerdo el labio.

Vuelve a pasarme la pelota. Intento saltar un poco más.

Al caer, un pinchazo seco me atraviesa la rodilla.

—¿Estás bien? —pregunta Axel, sin apartar la mirada de mi cara.

—Sí, solo una leve molestia en la rodilla —contesto rápido.

Deja el balón en el suelo y se acerca despacio hacia mí.

—¿Has tenido alguna lesión? —pregunta.

Mierda.

La garganta se me encoge. Siento el pulso en las sienes.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque has hecho una mueca al caer —responde sin apartar los ojos de mí—. Y eso podría explicar tu miedo a saltar.

Me miro la rodilla. Siento ese calor incómodo subirme por el pecho.

No quiero contarlo.

Pero tampoco sé cómo seguir ocultándolo.

—Hace casi dos años… tuve un percance —consigo decir, aún sin mirarlo—.

Salté muy alto para rematar… —Alzo la vista.

Sus ojos negros no se apartan de mí. Me escucha, serio, atento—.

Golpeé el balón, pero el suelo estaba mojado.

No lo vi. Y al poner el pie al caer, resbalé.

Terminé con una rotura de menisco interno, en la rodilla derecha.

El recuerdo me pinza el estómago. Casi puedo oír el chasquido otra vez.

—Joder… —murmura él, sin apartar la vista de mí.

—Me cuesta contarlo —confieso—. Cuando nadie lo sabe es más fácil. Es como si no hubiera pasado. No sé si me explico.

—Te entiendo.

—Quiero borrar ese momento de mi mente. Pero me resulta imposible.

Él se queda un segundo en silencio, respirando hondo.

—A veces, lo que más intentamos borrar es justo lo que más nos enseña —dice finalmente.

Frunzo el ceño.

—¿Y qué se supone que me ha enseñado esto? —suelto casi sin darme cuenta—. ¿A tener miedo de saltar por si me vuelve a pasar? ¿A que puedo acabar otra vez en una operación? ¿A estar meses sin poder moverme?

Axel no parpadea.

—A levantarte —dice, sin dejar de mirarme—. Aunque tengas miedo y lo pasaras mal, estás aquí. Estás jugando otra vez. Estás saltando. —Inclina un poco la cabeza—. Eso ya dice mucho más de ti de lo que crees.

Me quedo quieta, sintiendo cómo algo dentro de mí se afloja.

Tal vez tiene razón. Me caí. Pero me levanté.

—Por favor, no se lo cuentes a nadie. Clara todavía no lo sabe.

—No te preocupes. —Da un paso atrás—. Ahora, a seguir entrenando, ¿vale?

—Sí.

Vuelvo a mi posición, preparada para que Axel me pase el balón.

—¡Ahí va! —grita.

Salto, esta vez con un poco más de intensidad que antes. Golpeo.

¡Pum!

Directo al campo contrario.

Al caer, me desestabilizo un poco, pero recupero el equilibrio rápido. Apenas siento molestia.

Axel se acerca.

—¡Muy bien! Esta vez ha sido más alto. ¿Qué tal la rodilla?

—Bien, apenas me molesta.

Baja la mirada y la observa.

—Podrías ponerte alguna venda. Así estaría más sujeta. Espera, creo que tengo una limpia. —Corre hacia el banco. Rebusca en su mochila y vuelve—. Prueba. Te ayudo a ponértela si quieres.

Me bajo la rodillera y él se agacha frente a mí. Empieza a envolverme la rodilla con la venda. Lo hace con cuidado. El leve contacto de sus manos en mi pierna, me sacude entera. Intento mantener la respiración estable, sin éxito.

—Ya está —murmura.

Levanta la mirada. Nuestros ojos se encuentran. Él no dice nada. No se mueve. Solo me mira.

Trago saliva.

—Gracias —susurro.

—¡Chicos! —dice una voz. Damos un respingo y Axel se incorpora de golpe—. Siento interrumpir, pero es hora de cerrar.

El conserje está en la puerta con unas llaves en la mano.

—De acuerdo, ya nos vamos —responde Axel.

Recogemos nuestras cosas y salimos a la fría calle. No hay nadie, salvo nosotros. Bajo la tenue luz de las farolas, él me acompaña hasta la bicicleta.

—Descansa y coge fuerzas para mañana. —Se cuelga la mochila al hombro y empieza a andar hacia su moto.

Hace frío. El aire está húmedo y empieza a anochecer. Pero dentro de mí, una pequeña hoguera está empezando a arder con fuerza.