De guerras frías a un flechazo
Nada más bajar del autobús, veo la moto de Axel entrar en el parking. Se quita el casco, se pasa una mano por el pelo y, al pasar por su lado, levanta la vista.
Me detengo de golpe.
—¿Cómo llevas la nariz? —pregunta, con una media sonrisa.
—Bien, no fue nada.
Da un par de pasos hacia mí. Sus ojos bajan directos a mi nariz, y noto cómo la vergüenza me sube del pecho a las mejillas.
—¿Nerviosa por el torneo?
—Lo normal supongo —contesto, encogiéndome de hombros.
—Si te da nervios es porque te importa.
Nuestros ojos se cruzan unos instantes y un hormigueo me recorre todo el cuerpo.
Bajo la mirada al suelo.
Axel suelta una carcajada.
—¿De qué te ríes?
—De que esta vez me has aguantado más la mirada. —Se inclina hacia mi oreja, y su aliento cálido me eriza hasta las pestañas—. Y eso que hoy voy bien tapadito.
Me aparto de golpe y suelto un jadeo. ¡Será capullo!
—Te lo tienes un poco creído —le suelto, intentando sonar segura.
Él ladea la cabeza, con esa superioridad que me saca de quicio y que me gusta un poco más de lo que debería.
—Qué lástima. Pensaba que te alegraba la vista. —Se encoge de hombros y empieza a caminar hacia la entrada.
Suelto un bufido e intento alcanzarlo, aunque su zancada es más rápida.
—Bueno… me estoy acostumbrando a tenerte cerca —digo bajito—. Y no está tan mal.
Axel no dice nada, pero puedo ver cómo se le escapa una leve sonrisa.
Al entrar en clase, Val ya está sentada en su sitio. Al verme junto a Axel, su expresión se ensombrece. Me lanza una mirada fría.
La ignoro y voy hacia mi asiento. Clara me sonríe nada más verme.
—Vaya, vaya… parece que estás haciendo buenas migas con Axel —susurra.
Me giro hacia ella, con el cuello encendido.
—Solo hemos hablado un poco últimamente.
—Ya… —dice, levantando una ceja.
El profesor de historia empieza la clase. Intento concentrarme en los apuntes, pero mis ojos se desvían solos hacia Axel, que está tomando apuntes. Val bosteza a su lado, aburrida.
—Y, como vemos, muchas guerras empiezan por tensiones no resueltas —dice el profesor.
—Totalmente —suelta Val—. Como cuando alguien te cae mal y ni siquiera sabes por qué.
Lo dice suficientemente alto como para que todos lo oigan.
Se oyen algunas risas. Aprieto la mandíbula. El profesor la mira un par de segundos pero continúa la clase. Ella gira la cabeza hacia mí y me dedica una sonrisa torcida.
Aprieto el bolígrafo.
Sí, muchas veces las guerras frías acaban estallando.
Ya en el descanso, Clara y yo nos sentamos en un banco para almorzar.
—¿Qué mierda le pasa a Val conmigo? Desde el primer día me lanza miradas de desprecio y pullas —digo, antes de dar un gran bocado a mi bocadillo de fuet.
Clara acaba de masticar y tragar antes de contestar:
—Pasa. Quiere que todo gire en torno a ella. Y tú eres la nueva. La novedad. —Muerde su bocadillo—. Además, yo diría que a Axel le has llamado la atención, y eso a ella no le ha sentado bien.
El pan se me queda atascado a mitad de camino y empiezo a toser como si me fuera la vida en ello.
—Qué va —consigo decir entre toses—. Solo he hablado un poco con él. Y… bueno, está algo empeñado en ayudarme a entrenar.
—¿¡Cómo!? —Clara se incorpora un poco, con los ojos abiertos como platos.
—Quizás solo le doy lástima y quiere ayudarme a jugar mejor.
—Sí, claro —dice con ironía—. Tía, ese tiene interés en ti.
Un calor me sube por todo el cuerpo.
—No lo creo —murmuro.
Clara pone los ojos en blanco de forma exagerada.
—Por cierto, el sábado compartimos habitación, ¿no? —pregunta, cambiando de tema.
—¡Eso espero! —digo, aliviada.
—En principio podemos elegir nosotras.
Solo de imaginarme pasando la noche en la misma habitación de Val, me dan escalofríos.
El timbre suena y el murmullo del patio se diluye mientras regresamos a clase.
Cuando terminan las clases, me desvío hacia una tienda de bicicletas cercana antes de ir a la parada del autobús.
Entro sin pensarlo mucho. Una en especial me llama la atención.
La verdad es que iba buscando una de estilo montaña, pero esta, de color verde pastel con el cesto de mimbre delantero, sillín y ruedas marrones a juego, me provoca un flechazo.
Miro el precio.
Joder… Es más cara de lo que pensaba, pero tengo ahorros del verano. No es la bicicleta práctica que venía buscando, pero algo en mí la necesita.
—Buenas tardes, ¿te puedo ayudar en algo? —pregunta la dependienta.
—Sí. —Le sonrío—. Quiero comprar una bicicleta.
Diez minutos después, salgo a la calle montada en ella.
Pedaleo despacio, sintiendo cómo el aire me choca contra la cara.
Por primera vez en mucho tiempo, la libertad no me parece algo perdido, sino algo que puedo volver a alcanzar.