A medio salto Hora de volver  a saltar
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Hora de volver  a saltar

Justo cuando cierro la cremallera de la mochila del entreno, mi vista se dirige a la cajita. Decidida, la cojo y la abro. Observo la foto unos segundos. Ya es hora. No puedo hundirme más. Si quiero salir de esta sensación de ahogo, tengo que volver a saltar sin miedo.

Busco una chincheta y cuelgo la foto en la pared, encima del escritorio. Me pongo las manos en la cintura.

«Es hora de volver a volar, pequeñaja» me digo a mí misma.

Cuando llego al pabellón, solo deseo que este pequeño acto de valentía me dure al menos el entreno de hoy.

—Me han dicho que ya este fin de semana es el primer partido del torneo —comenta Clara, nada más me ve entrar.

—¿Qué? ¿Ya? —pregunto asustada.

La valentía que tenía se esfuma.

—Sí. Y es en una población a dos horas de aquí. Así que nos quedaremos allí a dormir. Iremos el sábado, haremos noche y jugamos el domingo.

Joder. Demasiado rápido. Resoplo, intentando que no se me note el temblor. Tengo que espabilar, me guste o no.

Sofía nos explica lo del partido. Mi mente todavía está dispersa. Las dudas empiezan a acudir a mi cabeza. Es como una manada que viene directa a embestirme.

—¡Lía! —me llama Sofía—. Eh, te quiero centrada. He pensado en ponerte en la posición cinco. Recibes muy bien, cuando no estás en babia. —Me observa con el ceño fruncido.

La miro y proceso sus palabras.

—Sí, sí. Me concentraré. —Fuerzo una sonrisa.

Ella asiente con la cabeza y se aleja.

—Bien. Hoy partido. Como si fuera uno real. Haremos dos equipos. Y los contrincantes serán los chicos.

Acto seguido, nos va llamando para formar equipo.

Y como no, cuando me llama, tengo que ir directa al equipo de Val.

Al menos está Clara también. Val me echa una fría mirada.

¿Pero qué le habré hecho yo a esta chica?

Si ni siquiera le hago sombra para rematar.

¿Estará celosa por Axel? ¡Tampoco ha pasado nada!

¡Piiii!

El silbato hace que deje de comerme la cabeza.

«Vamos, céntrate».

En el equipo contrario, al otro lado de la red, están Bruno y Erik. Si llega a estar Axel, me da que ya esto sería un desastre. Estaría más nerviosa, si cabe.

No me queda otra que centrarme en recibir. Tengo que evitar que el balón toque al suelo. Ya habrá tiempo para saltar.

Mi equipo saca. Patri hace un saque bajo limpio. Va directo a los antebrazos de Erik, que se lo pasa a Bruno y, Héctor (jugador de segundo curso) remata. Tardo en reaccionar, pero por suerte Sara, que es líbero, la recibe sin problemas. Clara coloca para Val. Remata, pero Bruno lo bloquea.

El balón cae en nuestro lado.

—¡Mierda! —grita Val.

Vaya, al fin y al cabo, no a todos nos sale siempre todo perfecto.

El balón vuela de nuevo hacia nosotras tras un fuerte saque de Erik. Sin dudarlo, me lanzo a por él. Con la mano, evito que toque el suelo, dejándome un hormigueo donde he recibido el balón. Me levanto de un impulso. Clara le pasa el balón a otra compañera que hace una finta perfecta.

¡Punto!

Echo un vistazo a Val. Está algo disgustada. El bloqueo le ha tocado el orgullo, pero si algo sé de ella es que volverá a por el remate una y otra vez, hasta que le salga perfecto.

Tras unas cuentas jugadas, en la que solo hemos conseguido dos puntos, llega de nuevo el momento de Val. Clara pasa el balón hacia ella que, decidida, salta y golpea fuertemente la pelota. Ha sido muy rápida. Bruno y otro compañero no han sido lo suficientemente veloces para poder bloquearlo.

Punto.

—¡Bien Val! —exclama Axel.

Ella le sonríe y esto me da envidia. También quiero que alguien me diga que muy bien. Que él me lo diga… «Joder, Lía. Basta», me reprendo.

Me toca sacar. Realizo un saque alto. Quizás la rabia ayuda a que golpee el balón con fuerza y pasa al otro lado sin problemas. Erik lo recibe, Bruno lo eleva y Héctor remata. El balón viene directo a mi zona y, justo cuando voy a recibir, Val grita:

—¡Mía!

Me detengo de golpe. Ella la salva, Clara se la coloca y remata. Me quedo descolocada. Intento no pensar mal. Esto es un juego y somos un equipo. Pero no me ha sentado bien que me la robe. Aturdida, me coloco en mi sitio de nuevo.

Erik consigue evitar que hagamos punto, Héctor golpea el balón con los antebrazos y Bruno hace una finta.

Clara es rápida y salva la pelota. Al no poder controlar bien el golpe, esta, va directa a Val, ella le da como puede.

Sin pensarlo, corro hacia el balón. La adrenalina recorre todo mi cuerpo.

El pecho me palpita con fuerza. Me posiciono al lado de Val y me impulso.

No es un salto muy alto, pero por un instante vuelvo a sentirme ligera, como si el miedo que arrastro aflojara un poco.

¡Pum!

Le doy con todas mis fuerzas.

El balón golpea justo al lado de Erik.

¡Punto!

—¡Muy bien Lía! —exclama Clara.

Aún no me creo que haya podido rematar sin dudar.

Miro de reojo a Val, que tiene cara de pocos amigos.

—Vaya, has tenido suerte —murmura.

¿Suerte? Me obligo a tragar para no decirle algo peor. No vale la pena.

Tras varios minutos más, en los cuales solo he podido recibir y hacer un bloqueo (Val se ha asegurado de solo rematar ella o Patri), llega el fin del partido.

La verdad es que lo he disfrutado. Solo me ha faltado más fuerza en el impulso para saltar más alto.

Cuando toca el turno de Axel, no puedo evitar estudiar todos sus movimientos.

Es rápido, sí, pero también sabe colocar el balón perfectamente.

Siempre justo donde quiere. Todas las posiciones se le dan como si fuera lo más fácil del mundo.

Es muy versátil. En una de las veces en que salta para un bloqueo, la camiseta se le sube un poco y deja ver parte de su duro abdomen.

Se la apaña, y mientras se seca el sudor de la frente con la mano, me mira.

¡Joder!

Él me lanza una sonrisa pícara y siento cómo se me calienta la cara. Retiro la mirada rápidamente.

Una vez acaba el entreno, mientras me pongo la sudadera, decido hacer tiempo para entrenar un poco sola. Ahora tengo el ánimo más subido, y quiero aprovecharlo.

—He quedado con Bruno para dar una vuelta antes de ir a casa. —Clara aparece tras de mí—. ¿Te apetece venir? Te prometo que no hay encerrona.

Suelto una pequeña carcajada.

—No, gracias. Tengo cosas que hacer —le contesto.

—Bueno, pues nos vemos mañana. —Me guiña un ojo, y con su mochila colgada al hombro, se va.

Cuando ya no hay nadie, me quito de nuevo la sudadera.

Mis ojos recorren toda la grada para asegurarme de que no hay nadie.

Me vuelvo a hacer la coleta. Bebo agua y voy a por un balón. Entrenar sola es un coñazo, sí, pero al menos nadie me mira. Nadie espera nada de mí. Solo el eco del balón y yo.

Voy a una pared y empiezo a lanzar la pelota, recibirla al rebote, volver a lanzarla…

En uno de esos intentos, le doy con demasiada fuerza. La pelota vuelve como un misil y me da de lleno en la nariz.

—¡Joder! —suelto.

Siento un fuerte dolor. Me toco con cuidado y mi dedo acaba manchado un poco de sangre.

—Mierda. Mierda.

Me giro para ir al banco a por una toalla, pero me quedo inmóvil. Me olvido del dolor por unos segundos.

—¿Tanta manía le tienes a tu nariz? —dice Axel, medio sonriente desde la puerta.

El dolor vuelve acompañado del sentimiento de vergüenza.

—Cosas que pasan —murmuro, y echo a andar hacia el banquillo.

—Déjame ver. —Axel se me acerca y yo me pongo en alerta. Con su mano, me eleva con cuidado la barbilla mientras observa mi nariz. Este contacto me deja las piernas temblando—. No parece rota.

—No ha sido nada —contesto apartándome de él.

Cojo la toalla y me limpio, pero ya no hay gotas de sangre.

Él me observa divertido.

—¿Tanto te divierto? —pregunto, en tono seco.

—Más de lo que te imaginas. —Me lanza una sonrisa que hace que mis mejillas ardan.

—¿Por qué siempre estás en los momentos oportunos? Esto empieza a ser un poco raro. —Entrecierro los ojos.

Él levanta los hombros.

—Casualidades de la vida. O lo mismo es que eres afortunada de tenerme cerca —contesta, ladeando la cabeza.

Resoplo y meneo la cabeza.

—Sé cuidarme solita.

—No sé yo —dice, mirando mi nariz—. ¿Quieres que te ayude?

—¿A qué? —Dejo la toalla en el banco.

—A entrenar.

Me lo quedo mirando.

Él coge un balón y se acerca a la red. Tras dudar unos segundos, lo sigo.

—Yo te coloco y tú rematas. A no ser que la nariz te lo impida, claro.

—¿Rematar? Yo jugaré como recep…

—Remata. —Lanza el balón alto y, cuando baja de nuevo, lo golpea con los dedos. La pelota hace una parábola perfecta. Sin pensar, doy los tres pasos. Salto y golpeo. Por los pelos, pero vuela por encima de la red.

—¿Por qué te lo piensas tanto para saltar? —pregunta mientras recoge el balón.

—No me lo pienso —replico.

—Otra vez.

Hace lo mismo y repito el salto, pero no es mucho mejor que antes.

Bajo la mirada al suelo para asegurarme que no hay ni una sola gota.

—¿Qué miras?

—Nada —contesto.

—Dos mentiras seguidas. En eso te vas superando.

Suelto el aire con fastidio y cruzo los brazos.

—¿Sabes? Creo que por hoy ya está el entreno. Me voy. —Me vuelvo con intención de recoger mis cosas, pero Axel me coge del brazo. Su mano es cálida. Me vuelvo y sus ojos me atraviesan.

—Vale, no me meto más contigo. Si no quieres decirme la verdad, no lo hagas. Solo entrenamos, ¿vale?

—¿Por qué esta insistencia en ayudarme? —Las palabras me salen antes de pensarlas.

—Porque algo me dice que lo necesitas.

No sé qué contestarle. Me suelta y vuelve a la red.

Sin decir nada, repetimos las jugadas varias veces. No salto mucho, pero al menos siento que lo hago con más seguridad.

Cuando acabamos, guardamos el balón y vamos a los bancos.

—Gracias —le digo, y doy un trago largo a la botella.

—De nada. —Se pone la sudadera—. Te acompaño a casa si quieres.

Miro la hora.

—No hace falta, enseguida pasa el autobús.

Salimos del pabellón y el aire frío me golpea en la cara. Axel camina a mi lado, sin prisa.

—¿No has venido en moto? —pregunto cuando veo que sigue acompañándome.

—Sí —responde—. Pero te hago compañía hasta que venga el bus.

Cuando llegamos a la parada, él se apoya en la cristalera, con las manos en los bolsillos, y su mirada se desliza un segundo por mí antes de volver a la calle.

Mi corazón da un pequeño brinco.

—No hace falta —repito.

Nos quedamos en silencio. Pero no es un silencio incómodo. Es de esos que hacen que sientas cada centímetro de tu piel, consciente de que él está ahí, al lado.

Oigo su respiración.

Oigo la mía, un poco más acelerada.

Justo entonces, llega mi autobús.

—Es este —digo, casi en un susurro.

—Vale. —Sus ojos se clavan en los míos—. Descansa. Nos vemos mañana.

Asiento con la cabeza. Subo al bus, paso la tarjeta y me siento junto a la ventanilla.

Él sigue ahí. Esperando.

Nuestras miradas se cruzan y no la retiro hasta que arranca el autobús y lo pierdo de vista.

Apoyo la cabeza en el cristal y sonrío. Últimamente lo hago más. Y aunque aún me cueste, quizá volver a volar no esté tan lejos.