A medio salto Un respiro en el campo
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Un respiro en el campo

Entre el traqueteo del coche por la carretera secundaria y la voz de Lola Young de fondo, mi cuerpo entra en un estado de somnolencia.

Los ojos se me cierran, viniéndome imágenes sueltas de esa época feliz en el pueblo: tardes en el polideportivo, paseos en bicicleta, noches en el bar buscando con la mirada a Adonai, domingos en los bancos hablando con Chloe de todo y de nada.

Se me dibuja una leve sonrisa en el rostro relajado.

Voy a exprimir este fin de semana al máximo.

Necesito un respiro del instituto.

De Val.

De Axel…

—Ya llegamos —anuncia mi madre.

Abro los ojos y ahí está el viejo cartel con el nombre del pueblo. Siento como si cientos de mariposas revolotearan dentro de mí.

Cuando pasamos por la que fue nuestra casa, la sensación es como una cascada de agua helada sobre mí. Ya no es mía. Nunca volverá a serlo. ¿Quién vivirá ahí?

Un coche rojo donde antes aparcaba mi madre. Macetas nuevas en la ventana donde teníamos geranios.

Y entonces, una chica rubia sale por la puerta. De mi puerta.

Algo en mí se encoge, como si me apretaran el pecho desde dentro.

Vuelvo la vista al frente. Mi madre me mira de reojo y me da un breve apretón en la mano. Se me crea un nudo en la garganta.

Al poco, vemos la casa de mis abuelos. Ellos ya están en la puerta para recibirnos.

—¿Qué tal el viaje? ¡Cómo os echo de menos! —exclama mi abuela abrazándome.

—Largo, pero bien —contesta mi madre tras saludarles.

Son los padres de mi padre. Siempre los hemos tenido cerca, ayudándonos a todo. Mi madre es como una hija para ellos.

—Os he preparado una habitación para cada una. Así estáis más anchas.

—Gracias Luisa, pero con una ya nos habríamos apañado —contesta mi madre.

Mi abuela hace un gesto con la mano y sonríe.

Con la mochila colgada, subo a la que será mi habitación por esta noche. Me asomo a la ventana y, desde ahí, veo la casa de Adonai. ¿Estará en casa? Lo dudo, seguro que habrá ido a algún partido.

Decido escribir un mensaje a Chloe, para avisarle que ya estoy aquí.

Me tumbo en la cama unos minutos. Cierro los ojos. Espero que este breve tiempo aquí me cargue de energía y no me desinfle más todavía.

La mañana la pasamos sentados en el jardín, tomando una limonada casera que hace mi abuela, mientras les explicamos cómo nos va por la gran ciudad.

—Me alegro de que te hayas animado a volver a jugar —dice mi abuelo.

—Pero no estoy al cien por cien todavía. —Bajo la mirada al suelo, mis pies empiezan a juguetear con la tierra.

—Poco a poco, cariño. —Mi abuela se acerca a mí, apoyando su mano cálida en mi hombro—. Volverás a ser tan buena como eras, solo necesitas tiempo.

Tiempo es lo que no tengo. En nada empezamos el torneo y no logro saltar la mitad de lo que saltaba.

Después de comer, me echo en la cama para descansar un poco. Cuando estoy medio dormida, un mensaje hace que dé un respingo. Es Chloe, que viene hacia aquí. Me levanto de golpe y entro al baño a asearme. Cuando bajo, llaman al timbre.

—¡Ya voy yo! —digo.

Abro la puerta y una Chloe sonriente me recibe con un fuerte abrazo.

—¡Lía! ¡Qué alegría verte de nuevo!

—Yo también. Os echo de menos —le digo sin dejar de abrazarla.

Ella me suelta y echa un paso hacia atrás.

—Se te ve bien.

—Bueno, ahí voy. Allí todo es muy diferente.

—Ya imagino. ¿Vamos a tomar algo? —propone.

—Sí, claro. Vamos.

Estamos unos segundos sin decir nada mientras andamos por el caminito que lleva a la acera para ir al centro del pueblo. Solo se oyen nuestras pisadas y las hojas de los árboles que se balancean al son del viento. Inspiro con fuerza. Quiero llenar los pulmones de este aire limpio.

—¿Vamos al bar de siempre? —pregunta Chloe.

—Vale.

Justo giramos la esquina, lo veo. Adonai está en la otra acera junto a una chica rubia. La reconozco al instante. Es la misma que salió de mi antigua casa.

Mi cuerpo se paraliza. No solo por verlo a él, sino por verla a ella tan cerca.

—Ah, es Adonai —susurra Chloe.

Él, al vernos, se nos acerca. Mi corazón se acelera un poco.

—Hola, Lía, no sabía que venías. ¡Qué alegría!

—Solo estoy para pasar el fin de semana.

La garganta se me seca. Carraspeo. Mis ojos se clavan en la chica rubia.

—Ella es Martina —dice Adonai—. Vive en la que era tu casa.

Siento como si me arrancaran algo por dentro. Como si las piezas de mi vida hubieran terminado definitivamente en manos de otra persona. Intento tragar saliva, pero me cuesta. Ella me sonríe, yo intento devolvérsela, pero no me sale.

—¡Encantada! —saluda Martina—. Al fin te conozco. Todos hablan maravillas de ti, tenía ganas de verte en persona.

Aprieto la mandíbula e intento sonreír un poco.

—Bueno, nosotras íbamos al bar —dice Chloe, cosa que agradezco.

—Me alegro de verte, Lía. —Adonai me sonríe con esa sonrisa que siempre hacía que el mundo se detuviese, pero ahora no sé qué es lo que siento. Y lo peor de todo es que me viene Axel a la cabeza—. Espero vernos por aquí de nuevo antes de que te vayas.

—Sí, claro —consigo decir.

Echamos a andar y no puedo evitar girarme un momento para verlos. Él le pasa un brazo por encima de los hombros. Vuelvo la vista al frente. Chloe me agarra del brazo y me dice en voz baja:

—Ahora te explico.

Llegamos al bar. Ella abre la puerta y me deja pasar primero. El olor a humedad, mezclado con los murmullos del interior, me golpea de lleno, y de pronto mi mente se llena de recuerdos felices: tardes con refrescos fríos, risas, conversaciones interminables y partidas de billar.

Una vez nos sentamos y pedimos un par de batidos de chocolate, ella suspira y se echa hacia atrás.

—Han pasado cosillas desde que te fuiste.

—Ya veo. No hace ni un mes que me fui, pero parece que a algunos les ha cundido mucho.

El camarero nos pone los batidos en la mesa, y yo me lanzo a beber de la pajita. Necesito azúcar en mis venas.

—Martina llegó a los cinco días de irte tú —empieza a decir—. Justo para empezar el instituto. La conocí un día pasando por la puerta de... donde vivías. —Me mira con cautela—. La verdad es que me pareció simpática.

Sorbo mi batido sin dejar de mirarla.

—Eso parece —digo al fin—. Están saliendo, ¿verdad?

Chloe aprieta los labios. Sabe que estaba enamorada hasta las trancas de Adonai. Pero nunca hubo nada entre nosotros. Él solo me veía como una buena amiga.

—Sí.

—¿Y surgió en el instituto?

Chloe se muerde el labio y empieza a toquetear su pajita.

Frunzo el ceño.

—Fue en vóley —contesta.

Levanto las cejas.

—¿Ella juega también?

No me lo puedo creer. ¿Es una broma?

—Sí, y es muy buena.

—¿Posición?

Suspira de nuevo. Ya sé la respuesta antes de que la diga.

—Rematadora.

Me echo hacia atrás, derrotada.

Mi casa, el chico que me gustaba y mi posición en voleibol. Abandoné todo esto y, esa tal Martina, ya se ha adueñado de todo.

Está claro que las cosas no duran para siempre, pero cuando no puedes evitar dejarlas y alguien se apodera de ellas, duele. Y mucho.

Para cambiar de tema, empiezo a explicarle mi vida nueva en la ciudad. Le hablo de Val, pero de Axel, no sé por qué, no le comento nada.

—¡Pues vaya creída! —exclama—. No dejes que te pisotee. Demuéstrale lo que tú vales.

—Me bloqueo cuando tengo que saltar. Y si salto, lo hago sin fuerza por miedo a caer y…

—Lía —Chloe se me acerca—, no tiene por qué volver a pasar lo mismo. Fue una putada, sí. Una casualidad, y por desgracia te tocó a ti, pero nos podría haber pasado a cualquiera. No dejes que el miedo te impida brillar y volar.

La miro con un nudo en la garganta y asiento. Es fácil decirlo, pero para mí es una batalla que no consigo ganar.

Los flashes llegan de golpe:

El sabor metálico en la boca mientras lloraba sobre la almohada.

Las muletas apoyadas contra la pared, recordándome cada mañana lo que había perdido.

La cicatriz tirante.

La mochila del entreno abandonada en el fondo del armario, como si me quemara solo verla.

Me sentía inútil. Rota por dentro.

Pero lo peor era ese miedo silencioso, pegajoso, que me susurraba cada día lo mismo:

«¿Y si no vuelves a jugar nunca más?»

Respiro hondo, y el olor del bar —café recién hecho, bebidas dulces, humedad…— me devuelve al ahora.

—Lo pasé muy mal —murmuro.

—Lo sé. Y mírate ahora. ¡Estás en un equipo de nuevo! ¿Te ha dolido la rodilla? ¿La notas resentida?

Recuerdo el pequeño pique con Axel en el calentamiento.

—Solo una leve molestia de forzar demasiado, pero nada más.

—Pues poco a poco. Ya te dijo el médico que en poco más de un año ya podrías hacer vida totalmente normal.

Asiento. Estuve cinco meses sin correr ni saltar. Luego vino la fase de trotar despacio, de medir cada paso, de escuchar cada crujido como si fuera una alarma. Fue largo, agotador.

La movilidad volvió poco a poco; la confianza, en cambio, parece tener su propio calendario.

Cuando pagamos y salimos a la calle, refresca más. Me abrocho bien la cazadora y retomamos el paso. Pasamos por el polideportivo que está abierto. Me llega el familiar sonido de los pelotazos y chirridos de zapatillas.

—Este año participamos en el torneo estatal de institutos. Entrenamos muchas horas por las tardes —explica Chloe.

La miro sorprendida.

—¡No me lo habías dicho! Entonces podemos coincidir en algún partido.

—Ah, pues sí. ¡Tal vez! —exclama, con una sonrisa en la cara.

Sonreímos hasta que mi vista vuelve al polideportivo. Sin pensarlo, doy unos pasos hacia él.

Necesito ver.

Me asomo a la puerta y lo primero que hago es buscar una melena rubia. Allí está Martina. Lleva dos trenzas al estilo boxeadora. Adonai le pasa un balón desde el otro lado de la red.

Cuando ella salta, escucho el golpe seco del balón y, por un instante, siento ese mismo impacto sobre mí.

Ese salto era mío. Esa posición era mía.

Aprieto los puños.

—¡Perfecto! Eres la mejor, tía. —Adonai va hacia ella, la toma en sus brazos, la alza y, tras girar un par de veces con ella, la besa.

Siento una punzada en las entrañas. ¿Celos? ¿Envidia? ¿Frustración? ¿Se pueden tener tantos sentimientos a la vez? Ese era mi sueño durante años. Y ahora es de otra.

Oigo la respiración de Chloe tras de mí. Me giro hacia ella.

—Vámonos, ya he visto suficiente —le digo.

Retomamos el paso en silencio.

El olor a tierra húmeda me envuelve. Todo huele igual. Pensaba que venir aquí sería un respiro, pero siento que me ahogo aún más.