A medio salto ¿Entreno o campo de batalla?
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¿Entreno o campo de batalla?

Nada más llegar a clase, veo a Clara sentada en su pupitre.

—Lía, perdóname por ayer. Bruno me propuso ir al cine al final, y no pude decirle que no.

—No pasa nada, pero podrías haberme avisado —le suelto. Ha sonado más frío de lo que pretendía.

—Lo sé, y lo siento. Es que Bruno me dijo que Erik quería estar contigo a solas y nos pareció buena idea...

Frunzo el ceño.

—No estoy interesada en Erik. A ver, es majo, pero no me gusta.

Clara ladea la cabeza, con los labios apretados. Se da cuenta de que ha metido la pata.

—¡Lo siento! No deberíamos haber forzado ese encuentro.

Suelto aire.

—Tranquila. Igualmente creo que Erik ya se ha dado cuenta de que no estoy interesada en él.

—Pensarás que soy muy mala amiga.

—¡No! —contesto mirándola a los ojos—. ¿Por qué dices eso?

—Ya te he dado un par de plantones. Soy un desastre —murmura, bajando la mirada y girando el bolígrafo entre los dedos.

—De verdad, no te preocupes. —Le sonrío y le doy una palmadita en el brazo.

Me giro y entonces lo veo: Axel entra en clase, hablando con Val. Sus ojos pasan un segundo por los míos. Solo un segundo, pero suficiente para que el estómago me dé un vuelco. Aparto la mirada rápido, como si nada.

Una vez terminan las clases, me despido de Clara y voy a casa a comer.

—Lía, cariño. ¿Qué tal? —saluda mi madre cuando entro.

—Bien —respondo, dejando la mochila junto a la puerta.

Nos sentamos, y ella me sirve la ensalada de pasta.

—Me ha llamado tu abuelo —dice mientras se acomoda en la silla—. Su cumpleaños es el domingo. Que si queremos ir.

Levanto la vista. Ir al pueblo… la idea me aligera un poco el pecho.

—¿Y qué le has dicho?

—Que, si te parece bien, sí. —Sonríe.

—¿Va papá?

—No. Solo nosotras.

Asiento, y esa respuesta me relaja un poco los hombros. Hace meses que no hablo con él. Me cansé de sus excusas.

«De verdad que lo siento, cariño, pero no puedo dejar a Rafa solo aquí…»

La frase vuelve como un eco que ya me sé de memoria.

Recuerdo el hospital: la habitación blanca, el olor a desinfectante, la luz tenue de madrugada, el sonido monótono de las máquinas.

Mi madre dormía en una silla incómoda, con la cabeza recostada en mi cama y la mano siempre cerca.

Mi móvil, en cambio, permanecía silencioso sobre la mesita.

Ni una visita.

Ni un “ llego ya ”.

Solo mensajes que no quería leer.

Una tarde, después de la operación, reuní el valor para preguntar:

«¿ Vendrá papá?»

Mi madre me miró con una tristeza que aún me aprieta el pecho.

No hizo falta que respondiera. Esa fue la respuesta.

Sacudo la cabeza, como si así pudiera apartar esos recuerdos.

Tras descansar un poco, preparo la mochila y me voy al entreno.

Cuando llego al vestuario, ya está Clara hablando con una compañera del equipo de segundo.

Las saludo, y salimos juntas al pabellón.

Lo primero que hago, sin poder evitarlo, es buscar a Axel con la mirada. Enseguida lo localizo al otro lado de la red. Está hablando con Pol y Bruno.

—¡Chicas! Hoy toca saque y recepción en parejas, luego partido. Serán de seis contra seis. Como si fuese uno real. Primero jugarán los chicos y luego vosotras. Ahora por parejas. Yo las formo.

«Mierda. A ver con quién me toca…», es lo primero que pienso y miro a Val que está estirando como si nada.

—Clara y Patri —empieza a decir Sofía—. Elena y Sara. Val y Lía.

Estupendo.

—¿Otra vez contigo? —dice Val, tras soltar un bufido.

—No es culpa mía. —Levanto los hombros.

Me lanza una mirada envenenada que ignoro.

Nos ponemos una frente a la otra, como las demás parejas. Val coge un balón y se prepara para el saque. Me observa durante unos segundos mientras me pongo en posición para recibir. Lo lanza.

¡Pum!

Le pega con potencia, y lo recibo con los antebrazos.

Hago saques altos, con fuerza. Val los recibe.

Tras unos minutos así, el silbato de Sofía nos indica que el ejercicio ha finalizado.

—Bien, hora del partido.

Formamos los equipos y, para alegría mía, estoy en el equipo contrario a Val. Sofía nos indica las posiciones: a mí me toca la 5 (zona trasera, a la izquierda). Perfecto para recibir… o para sufrir. Clara está como colocadora en mi mismo equipo.

Val, al otro lado de la red, sonríe como si ya supiera dónde va a mandar cada balón.

Sé lo que me espera.

¡Piii!

Empieza el partido.

Patri saca. La pelota vuela directa al otro lado de la red. Elena la recibe sin problemas. Sara coloca y Val ya está en el aire antes de que el balón llegue. Su brazo se arquea y suelta un remate brutal, directo a mí.

Viene tan rápido que apenas tengo tiempo de pensar.

Solo reacciono.

Me lanzo hacia delante.

El golpe del balón estalla contra mis antebrazos y una vibración me sube hasta los hombros.

No es perfecto, pero lo salvo.

Val aterriza con una media sonrisa y me lanza una mirada desafiante.

¿Quiere guerra?

Pues la tendrá.

La pelota pasa al lado contrario. Una compañera de segundo la salva sin problemas. Sara, de nuevo, se la pasa a Val.

Ella salta y me busca con la mirada un segundo antes del golpe. El balón viene directo a mí.

Me agacho y estiro los brazos. Me arde al contacto, pero lo levanto. Sale alto, pero inestable. Da igual, al menos no ha tocado el suelo.

De reojo, me parece ver a Axel girar la cabeza un instante.

Clara corre hacia la pelota y Patri hace una finta perfecta.

¡Punto!

Me queman los pulmones. Siento la respiración irregular y el corazón me golpea con fuerza.

Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Val. Tiene cara de fastidio. ¿Pensaba que iba a fallar? Ya he parado dos remates suyos. No podré saltar como antes, pero haré lo posible porque la pelota no toque el suelo.

Cuando termina el entreno, me siento en el suelo a estirar las piernas. La camiseta se me pega a la piel por el sudor, y aún tengo el pulso acelerado por la intensidad del partido.

Oigo unas pisadas acercarse, pero no levanto la vista. Hasta que una sombra tapa la luz justo delante de mí.

—Sigues saltando con miedo, pero al menos hoy te has movido más —dice Axel.

Levanto la mirada. Está de pie frente a mí, con la toalla colgada del cuello y el pelo húmedo, pegado a la frente. Me observa con esa seriedad tranquila que me pone de los nervios.

—Deberías preocuparte por tu entreno, y no por lo que hacen o dejan de hacer los demás —le suelto.

Apoyo una mano en el suelo para incorporarme, y cuando me pongo de pie, no aparto la mirada de sus ojos negros.

Veo cómo se le escapa una pequeña sonrisa. Debería haberme quedado sentada, las piernas me tiemblan un poco. Este tío…

—Algo me dice que puedes dar más de lo que das —murmura, bajando apenas la voz.

—¿Ah, sí? —pregunto, cruzándome de brazos para parecer segura.

Da un paso hacia mí, esperando a ver mi reacción. Me quedo inmóvil, aunque temo que el temblor que tengo en el cuerpo sea demasiado evidente. Como me saca más de dos cabezas, se inclina un poco.

—Voy a estar pendiente —añade—. A ver si me sorprendes.

Sin esperar respuesta, pasa a mi lado, tan cerca que me roza el brazo. El contacto es mínimo, pero lo siento como una descarga. La piel se me calienta al instante.

Este chico me va a volver loca.

O mejor dicho, ya lo ha hecho.