Entre fórmulas y casualidades
No dejo de morderme las uñas. Siempre lo hago cuando estoy nerviosa, y hoy tengo los nervios a flor de piel. No puedo dejar de pensar en lo de anoche.
Observo a Axel, concentrado tomando apuntes. No me entero de nada. Me obligo a retirar la mirada de él para concentrarme en la pizarra. Hay un batiburrillo de fórmulas que de solo verlas me entra ansiedad.
Cuando suena el timbre para el descanso, me giro hacia Clara.
—No me he enterado de nada.
—No me extraña. ¡Vaya tostón!
Al poco, aparecen Bruno y Erik. Vienen de la clase de al lado.
—Veo que ya estáis con las fórmulas —comenta Bruno, mirando la pizarra.
—Sí, por desgracia —contesta Clara apoyando la cabeza en la mano.
—¡Pero si es muy divertido! —exclama Erik.
Clara y yo le miramos con el ceño fruncido.
—Podemos quedar para estudiar —propone Bruno—. A Erik se le dan muy bien las matemáticas.
Mis músculos se tensan. No está en mis planes quedar esta tarde para estudiar con Erik, la verdad.
—¿Te apetece, Lía? —pregunta Clara.
Mierda.
—Bueno… —respondo, no muy convincente. No se me ha ocurrido ninguna excusa.
Mientras Erik y Bruno planean dónde ir a estudiar y decidir la hora, mi vista vuelve a Axel. Él está hablando con Val, hasta que ella se pone de pie y se marcha. Nuestras miradas se cruzan y se me escapa una pequeña sonrisa, que él me devuelve antes de levantarse y salir por la puerta.
—¿Lía? —La voz de Clara hace que dé un bote en la silla.
—¿Qué? —pregunto.
—Que si te va bien hoy a las cinco. Aquí en la biblioteca.
—Ah, vale. Sí.
Cuando Bruno y Erik se marchan, guardo las cosas.
—Nos vemos luego. —Clara me da una palmada en la espalda y sale por la puerta.
Me cuelgo la mochila y salgo al pasillo. En ese momento, me cruzo con Val.
—Ah, hola —le digo y, justo decirlo, me siento tonta.
Ella frunce el ceño.
—Hola —dice secamente y entra de nuevo al aula.
Cuando salgo del vestíbulo, veo a Axel sentado en la moto mirando el móvil.
Me quedo paralizada, no sé si decirle algo. Aprieto la correa de la mochila, como si eso me diera fuerzas. Justo doy un paso decidida a saludarle, Val pasa por mi lado y va directa a él.
—Ya estoy —le dice.
Siento que algo se me hunde en el estómago.
Él asiente con la cabeza y le da el otro casco. Ella se sube, arranca y salen por la puerta.
Ni me ha visto.
Me siento ridícula por haberme hecho ilusiones, por pequeñas que fueran.
Con el ánimo por los suelos, voy directa a la parada del autobús. Mientras lo espero, me pongo los cascos para escuchar Pretty Fly de The Offspring y desconectar un poco.
Cuando llego a casa, me hago unos macarrones con tomate y enciendo la tele.
Me da una pereza terrible ir a la biblioteca a estudiar, pero me sabe mal anularlo.
Así que, tras descansar un rato, cojo la mochila de nuevo y voy a la parada del autobús.
Empieza a cansarme lo de coger tanto transporte público.
Debería hacerme con una bicicleta, al menos no dependería de horarios.
Nada más llegar, empieza a llover con fuerza. Joder. No llevo paraguas. Me pongo la mochila encima de la cabeza y echo a correr.
Al llegar a la biblioteca, localizo a Erik.
—Hola —saludo—. ¿Y los demás?
Me extraña que Clara no haya llegado.
—No deberían tardar —comenta, y desvía la mirada.
Cojo mi móvil y escribo a Clara, para avisarle que ya estoy aquí.
Me siento al lado de él y, justo en ese momento, me llega un mensaje:
Clara:
Perdona guapa, pero no voy a poder ir al final. Creo que Erik sí que está, ¿no? ¡Tienes buena compañía! Nos vemos mañana.
Me quedo helada. ¿En serio? Dejo el móvil en la mesa con rabia. Ya me estoy hartando de todo esto.
Erik se gira hacia mí.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí, solo que Clara no va a poder venir.
—Vaya, Bruno tampoco.
Qué casualidad.
Algo dentro de mí empieza a sospechar, y no me gusta nada la sensación.
Saco el estuche y abro el libro con mala gana.
—¿Quieres que te explique el tema de hoy? Podemos practicar algunos ejercicios.
—Vale —respondo con poco entusiasmo.
Mientras Erik me explica las aburridas fórmulas, mi mente no deja de divagar. Lo siento por él, pero no estoy prestando atención.
Lo miro de reojo. Es guapo, atento… alguien en quien cualquiera podría fijarse.
Pero no es él.
No es la persona en la que no dejo de pensar desde anoche.
El chirrido de una silla frente a nosotros hace que mi mente vuelva a la biblioteca. Alzo la mirada y veo a Axel sentarse delante.
—Hola, Axel —saluda Erik.
—Hola —contesta.
Nos lanza una mirada rápida y se centra en sacar sus cosas.
Mi estómago se tensa. Intento fingir que sigo leyendo, pero mis dedos no dejan de moverse.
Tras un rato fingiendo que estudio, Erik se me acerca.
—¿Te apetece ir a tomar algo? —susurra.
Le miro confundida. No me esperaba esta proposición.
—Eh… Lo siento, pero no puedo.
—Vaya —murmura, y baja la mirada al libro. Garabatea algo que ni mira y empieza a recoger—. Tengo que irme. Ya nos vemos mañana.
—Vale. Hasta mañana —respondo, aunque él ya ha apartado la vista.
Camina hacia la salida con los hombros hundidos y el semblante serio. Ese gesto me aprieta un poco el pecho. ¿He sido borde? ¿Demasiado seca? Puede que sí, pero no me sale otra cosa.
Un pinchazo de culpa me recorre mientras lo veo desaparecer por la puerta.
Desvío la mirada hacia Axel. Él ni se inmuta. Sigue leyendo, concentrado. Siento la necesidad absurda de salir de ahí cuanto antes. Así que guardo mis cosas y me pongo de pie con un suspiro.
—Adiós —le digo en tono bajo.
Él levanta la vista, y hace un gesto con la mano, a modo de despedida.
A paso lento, me dirijo al vestíbulo. Nada más salir, me detengo. Está lloviendo a mares. Miro en la aplicación del móvil cuándo pasa el siguiente bus. ¿Quince minutos? Mierda, me toca esperar. Me siento en los escalones.
El agua cae tan fuerte que apenas se oye nada más.
Respiro hondo. Hace frío. Me quedo allí, sola con mis pensamientos, hasta que oigo cómo alguien se pone a mi lado y el sonido de un paraguas al abrirse. Alzo la mirada y Axel está de pie, mirándome.
—Tienes suerte de que esté cerca en momentos que necesitas ayuda —dice con una leve sonrisa.
—No sé si es suerte —le contesto—. ¿Te dan puntos por ayudar a la gente?
Él ríe.
—Rematar no se te da muy bien, pero lo que es esquivar citas parece que sí.
El calor me sube a la cara. ¿Ha estado escuchando todo?
—No era una cita, ni lo iba a ser —contesto molesta.
—Pues me da la impresión que para él sí.
Miro la hora y me pongo de pie.
—Ya mismo llega el bus —digo.
—Te acompaño.
Echamos a andar y solo con notar el contacto de nuestros brazos hace que se me erice la piel. ¡Y eso que vamos con chaquetas! Axel inclina ligeramente el paraguas hacia mi lado, como si no quisiera que ni una gota me tocara.
—¿Y tú qué hacías en la biblioteca? —pregunto.
—Buscaba información de un libro en concreto.
—Y escuchar conversaciones ajenas por lo que veo.
—Puedo hacer muchas cosas a la vez.
Su tono es tranquilo, pero hay algo en la forma en que me mira… demasiado directa, demasiado segura.
Se me escapa una risa nerviosa.
Caminamos hasta la parada del autobús, y cada paso a su lado hace que mi pecho vaya acelerado.
—Gracias por aparecer. Otra vez —le digo, mis ojos se quedan clavados en los suyos.
—No hay de qué. Pero no te acostumbres, que al final voy a tener que empezar a cobrar —responde.
Sonrío sin poder evitarlo. Me refugio bajo la parada mientras me quedo allí, quieta, viendo cómo su silueta se aleja entre la lluvia.
Y lo peor es que no quiero que se vaya.