Tener miedo no es rendirse
—Empezaremos por parejas —indica Sofía—. Yo las formo. Quiero que recibáis y paséis el balón. Así hasta que yo diga. Luego haremos un pequeño partido. Recordad que la semana que viene empieza el torneo.
Esto ya se pone más serio. En nada tendré que jugar de verdad. Ante público y sin dudas.
—Val y Lía. Juntas.
¡¿Otra vez?!
Val me lanza una mirada de fastidio.
Ella coge un balón, lo lanza y me lo pasa. Yo lo recibo, algo apresurada, pero logro elevarlo bien. Estamos así unos minutos. Ella no dice nada. Solo lanza y pasa. Una de las veces, no logro recibirlo bien, y el balón se va al otro lado de la red.
¡Mierda!
Val suelta una carcajada tan fuerte que varias cabezas se giran.
Siento cómo me sube el rubor.
Le sostengo la mirada hasta que se calla, aunque no deja de sonreír como si disfrutar de mis fallos fuera su deporte favorito.
Me dirijo al otro lado de la red a por el balón y casi tropiezo con Axel, que ya lo tiene entre las manos.
—¿Buscabas esto? —pregunta, levantándolo un poco.
—Sí, perdona.
—Tranquila —dice, con esa media sonrisa—. Esta vez no ha ido directo a mi cabeza.
Me lo tiende. Al cogerlo, sus dedos rozan los míos, apenas un segundo, pero suficiente para que un escalofrío me suba por la espalda.
—¡Es para hoy! —grita Val tras de mí.
Esto me hace volver a tierra.
«Concéntrate, Lía».
Vuelvo de nuevo junto a Val, y seguimos con los pases.
Al poco, llega el momento del partido.
—Serán grupos de tres. Val, Lía y Clara. Juntas —indica Sofía.
No hay forma de librarme de Val hoy.
¡Piiii!
El equipo rival saca. La pelota viene directa hacia mí. La recibo sin problemas. Clara la coloca para Val y, con un gran salto, remata y consigue el punto.
Verla saltar, con esa seguridad y perfección, me da envidia.
—¡Bien chicas! —grita Sofía.
Encadenamos unas cuantas jugadas buenas. Val juega muy bien, eso es innegable, y Clara bloquea y coloca perfectamente. Llevamos así unos cinco minutos. Val está empapada de sudor, ya que no ha parado de saltar.
Yo solo he intentado un par de remates, y solo uno ha conseguido pasar la red, pero por suerte la rodilla no me ha dolido nada. Aunque, siendo sincera, tampoco es que haya saltado demasiado.
En la siguiente rotación, me toca en el lado derecho y me da por mirar la pista. Me parece que está poco mojada.
—¡Lía, tuyo! —grita Clara.
El balón viene directamente a mí. Voy a dar un paso, pero mis ojos bajan de nuevo al suelo. Me detengo de golpe. Mi cuerpo no responde. El recuerdo del resbalón y el dolor me sacuden de golpe.
La pelota pasa por encima.
Silencio.
—¿Estás bien? —Clara se me acerca con cara de preocupación.
—¿En serio? —bufa Val.
—Perdón —digo con un hilo de voz.
Dirijo la mirada a Sofía. Ella me observa con intriga, pero no dice nada.
Las imágenes de la caída no dejan de pasar frente a mis ojos. Me llevo una mano al puente de la nariz y cierro los ojos unos segundos. Intento borrar ese dolor de mi mente, pero me cuesta horrores.
El silbato de Sofía da por finalizado el entreno.
Me siento decepcionada conmigo misma. Ya le estaba cogiendo el gusto, pero la mente me ha hecho una mala jugada.
—Lía. —Sofía se pone a mi lado—. Estabas haciéndolo muy bien. Muy buenas recepciones y pases. ¿Qué ha pasado?
—Es que me he quedado en blanco. No sé.
—Esto no puede pasar en un partido, ¿lo entiendes? Veo miedo en tus ojos cada vez que has de saltar. No dudes. El ser más bajita no es impedimento para saltar alto.
Si ella supiera... No estoy preparada todavía para contar mi dramática caída. Es algo que quiero enterrar en mi mente. Olvidarlo. No contarlo es como si nunca hubiera ocurrido.
Asiento con la cabeza.
—Bien. Ánimo. —Me da un apretón en el hombro y se aleja.
Voy al banco y cojo la mochila.
Mientras me pongo la sudadera, una presencia se detiene a mi lado.
—Eh, Lía. No te rayes. —Erik me sonríe y pone una mano en mi espalda. Esto me incomoda, pero le devuelvo la sonrisa—. Lo haces muy bien. Ya verás que poco a poco cogerás más seguridad. ¿Te apetece ir a tomar algo? Creo que Clara y Bruno van al bar de aquí al lado.
Solo me apetece hacer una cosa, y no es eso.
—Lo siento, tengo cosas que hacer. Otro día —contesto.
Me parece ver una pequeña decepción en sus ojos, pero asiente y se marcha.
Axel pasa por mi lado. Me lanza una mirada, pero se va sin decir nada.
Hugo, el entrenador del equipo masculino, está escribiendo algo en una libreta.
—Perdona —le digo—. ¿Hasta cuándo está abierto?
—Hasta las nueve. Si quieres seguir entrenando no hay problema. Algunos lo hacen a veces. Yo me marcho, pero el conserje y el personal de limpieza están por aquí, por si necesitas algo.
—Gracias.
Vuelvo al banquillo. Clara está de pie con su mochila colgada.
—¿Seguro que estás bien? Podrías venirte a tomar algo con nosotros. —Ladea la cabeza.
—Sí, solo ha sido un pequeño bloqueo —contesto.
Quiero contarle lo que me pasó, pero aún no me siento preparada para revivirlo de nuevo.
—Está bien. Me voy con Erik y Bruno. Cualquier cosa, me dices.
—Sí, gracias. Pasadlo bien.
Ya no hay nadie. Ahora el pabellón está solo para mí.
Cojo un balón y lo lanzo al aire. Tres pasos. Respiro. Me impulso. El salto es torpe, pequeño, pero es un salto. Aterrizo y el eco del impacto retumba en la pista vacía. Me llevo una mano a la rodilla. Todo bien de momento. Nada de dolor.
«Vamos, Lía. Lo que sufriste meses atrás ya pasó», me digo.
Vuelvo a intentarlo. Otra vez. Y otra. Cada salto pequeño me muerde un poco por dentro, pero sigo. No pienso parar.
El balón sube. Yo también. Aunque sea solo un tercio de lo que antes alcanzaba, aunque mis piernas tiemblen al caer.
Necesito volver a confiar en mi cuerpo. Necesito demostrarme que aún puedo. Que algún día volveré a volar de verdad, como antes… o incluso más alto.
Aterrizo, temiendo el pinchazo en la rodilla.
Nada.
Suspiro de alivio. Para mí, esto ya es una pequeña victoria.
Cuando miro el reloj, veo que ya son las nueve.
¡Mierda!
El último autobús pasaba a esa hora. Me pongo rápidamente la sudadera, cojo la mochila y salgo corriendo hacia fuera.
Hace frío y está oscuro. Solo algunas farolas iluminan el camino del jardín hasta la salida. En ese momento, veo a lo lejos el autobús. Está parado. ¡Joder, joder! No voy a llegar. Oigo como cierran las puertas y arranca de nuevo.
—¡No! —grito, saliendo por la puerta principal.
Me detengo jadeando y apoyo las manos en las rodillas. El autobús se aleja entre luces y coches calle abajo.
Mierda. Tendré que coger un taxi.
—Lástima, por poco lo pillas —dice una voz tras de mí.
Me giro y Axel está apoyado en la pared con los brazos cruzados. Lleva el chándal y tiene la mochila del entreno en el suelo.
Me cuesta respirar aún.
—¿Qué haces aquí? —pregunto entre jadeos.
Levanta los hombros.
—Pasar el rato —dice, encogiéndose de hombros.
Frunzo el ceño.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —le digo.
Ha sonado borde, pero me ha salido sin pensar.
—¿Mejor que verte entrenar? No.
—¿Qué? ¡¿Has estado espiándome?!
—Qué va. Me iba a ir a casa, pero vi que te quedabas y me dio curiosidad.
—¿Dónde cojones estabas? No había nadie ya en el pabellón.
Siento el corazón latiéndome a mil por hora, y no es solo por la carrera.
—Dirás en la cancha.
Abro la boca y la cierro de golpe.
—¿Estabas en las gradas? —pregunto, sorprendida.
Un cosquilleo incómodo me recorre el estómago. No sé si por la vergüenza o porque Axel haya estado mirándome.
Él asiente con la cabeza.
Bufo.
Estupendo, seguro que ha estado presenciando mis pequeños intentos de salto.
Él se acerca y de inmediato me pongo en tensión.
—¿Por qué saltas con miedo?
Su pregunta me golpea de lleno. Le miro a los ojos.
—No salto con…
—¿Por qué? —insiste, sin apartar la mirada.
Doy un paso atrás.
—Es una larga historia.
Él me observa con intriga.
—Te llevo a casa —suelta de golpe.
—¿Eh? No hace falta.
—Has perdido el bus.
—Puedo llamar a un taxi.
—No soy un psicópata. Te dejaré sana y salva en tu casa. Dime la dirección.
Me muerdo el labio. Dudo, pero una parte de mí grita que se la diga. Así que se la doy.
—Vale, sé cómo ir. Ven.
Le sigo hasta el parking de motos. La suya está medio oculta entre las sombras. Abre el sillín y me tiende un casco. Mientras me lo pongo, él ya se ha sentado.
Yo me subo como puedo, pegando inevitablemente mi cuerpo al suyo. ¿Tengo que agarrarme a él?
—Eh… ¿A dónde me agarro? —pregunto, sintiéndome idiota.
—A mí.
El pulso se me dispara de golpe. Le rodeo con los brazos y noto su abdomen firme bajo mis manos.
¡Madre mía!
La moto arranca y mi pecho queda presionado contra su espalda.
No sé si me aferro más por miedo… o por él.
Pasamos por calles iluminadas por farolas de luz cálida.
La ciudad está tranquila. Yo no. Tenerlo así de cerca me revuelve algo por dentro.
Me pego un poco más, como si él fuera el único punto estable en todo esto.
En pocos minutos llegamos a mi portal. A mi pesar, me bajo de la moto y me quito el casco.
—Muchas gracias —le digo, devolviéndoselo.
—No hay de qué. —Guarda el casco y se queda mirándome, como si dudara en añadir algo—. Descansa, Lía.
—Tú también. —Intento mantener la mirada, pero la suya me descoloca.
—Nos vemos mañana.
—Buenas noches —susurro.
Hace un amago de decir algo, pero se limita a asentir y arrancar la moto.
Me quedo quieta mientras se aleja bajo la luz tenue de las farolas. No aparto la vista hasta que desaparece al final de la calle.
Respiro hondo. Su olor todavía está en mí.
En el ascensor, me doy cuenta de que sigo sonriendo como una tonta.