A medio salto Churros, chocolate y algo inesperado
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Churros, chocolate y algo inesperado

Estoy tumbada en el sofá viendo por centésima vez Friends, cuando recibo un mensaje:

Clara:

¡Hola! ¿Te apetecen unos churros con chocolate?

Conozco un sitio que los hacen muy buenos.

La verdad es que me parece un buen plan, por lo que le contesto que sí. Desde que he llegado de las clases de esta mañana, solo he comido y visto la tele.

Me pasa la ubicación y, sin pensarlo mucho, voy a cambiarme de ropa. Me decanto por algo sencillo: un jersey fino azul y unos tejanos negros. Me pinto un poco los ojos, cojo el bolsito y salgo a la calle para ir a la parada de autobús.

Mientras espero, me vienen recuerdos del pueblo. No había mucho que hacer allí: para ir al cine teníamos que coger un autobús que tardaba media hora hasta el pueblo de al lado. Pero para nosotros era toda una aventura.

Siempre íbamos los tres: Chloe, Adonai y yo.

El recuerdo de Adonai todavía me aprieta el pecho. Fue una de las cosas que más me dolió al mudarme: saber que ya no podría verlo cada día. Era mi amor platónico, aunque nunca me atreví a decírselo. Me bastaba con que sonriera, con esas miradas largas que no sabía si eran casuales o no.

Cuando me lesioné, además de Chloe —que siempre aparecía con alguna tontería para distraerme— él venía cada tarde a casa con esa paciencia infinita que tenía.

«Vamos, solo unos pasos más», me decía, cogiéndome del brazo con suavidad.

Cada movimiento era una punzada, pero él conseguía que doliera menos. A veces pienso que me dolía más no poder seguir su ritmo que la propia pierna...

El ruido del autobús al frenar me arranca del recuerdo y me devuelve al presente. Hace más de un año de aquello y parece de otra vida.

Cuando estoy llegando, Clara me dice que ella ya está dentro.

Al bajar del autobús, localizo la pequeña churrería.

Da la impresión de ser un local que lleva años activo: la puerta, de color azulada, tiene una gran cristalera.

Abro la pesada puerta y busco su melena castaña entre el gentío.

Está lleno y no hay ninguna mesa libre. Enseguida la localizo, pero no está sola.

Me acerco y, para mi sorpresa, están Bruno y Erik con ella.

Me quedo algo desconcertada, no los esperaba aquí.

—Hola… —murmuro, intentando que suene natural.

—¡Hola! —saluda Clara—. Bruno y Erik querían venir. Y pensamos en que a ti también te gustaría. —Sonríe—. Siéntate y pedimos.

Sonrío, aunque noto un pellizco de fastidio.

Creía que estaríamos solas, tranquilas, y que estén ellos dos me fastidia un poco, la verdad.

Son majos, sí… pero esperaba un rato tranquila con ella.

Erik me sonríe y se echa hacia un lado para que me siente junto a él.

Bruno pasa un brazo por los hombros de Clara.

¡Vaya!

Creo que me he perdido algo. ¿Están juntos? Ella me mira y me saca la lengua.

—Este fin de semana hay muchos estrenos en el cine. ¿Os apetece ir a ver alguna película? —pregunta Bruno.

Se me encoge el estómago. Me da que esto va a acabar en otra quedada.

—¡Sí! Podemos ir los cuatro. ¿Te apetece, Lía? —pregunta Clara con emoción en sus ojos.

—Eh, sí. Vale —contesto.

—Miraré qué películas hay y os digo. Yo me encargo de cogerlas —propone Erik—. Podemos crear un grupo.

Doy mi número y, en segundos, ya tengo un nuevo grupo de WhatsApp.

Tras devorar los churros y el rico chocolate, nos vamos a dar una vuelta. Acabamos en un gran parque que hay cerca. Los tonos anaranjados de los árboles y las hojas secas que hay en el suelo, ya anuncian que el otoño está aquí.

Llegamos a unos bancos que hay junto a una gran fuente. Clara se sienta junto a Bruno y empiezan a parlotear, reír y coquetear. Erik y yo nos sentamos al lado. Me quedo contemplando cómo cae el agua de la fuente.

—Ya mismo empieza el campeonato —dice Erik.

—Sí.

Me meto las manos en los bolsillos, en busca de calor.

—Ya verás que bien nos lo pasaremos. A veces hacemos noche en alguna población que está bastante lejos.

—Tiene que estar bien, sí.

Empiezo a ponerme nerviosa. Me siento tonta, rancia. No sé por qué, pero me da que todo esto está forzado. Erik se inclina un poco más hacia mí. El hombro casi me roza. Es majo, pero, aun así, noto cómo mis hombros se ponen rígidos.

Justo en ese momento, una bicicleta se detiene frente a nosotros. Levanto la vista y me quedo sin aliento: Axel.

—Bruno, te veo bien acompañado —le dice.

Pasa la mirada por todos, aunque juraría que se detiene un segundo más en mí. Esto hace que me recorra un cosquilleo por todo el cuerpo. ¿Pensará que estoy con Erik? ¿Por qué me preocupa lo que piense?

—Buenas —contesta Bruno—. La verdad es que sí. —Ríe.

—Pues me marcho. Os dejo que sigáis con lo vuestro. —Me mira una última vez antes de volver a pedalear. No puedo evitar observar sus fuertes piernas mientras se va.

Algo en mi pecho se aprieta y me obliga a ponerme de pie.

—Yo debería irme —digo de repente.

—Oh, vaya. ¿Quieres que te acompañe? —se ofrece Erik.

—No, gracias. Cojo el autobús aquí cerca.

—¿Estás bien? —pregunta Clara, con cara de preocupación.

—Sí, sí. Es que tengo cosas que hacer… Ya nos vemos mañana en el entreno.

Me despido con la mano y salgo a toda prisa. Erik me estaba poniendo nerviosa, y últimamente, al ver a Axel, mi cuerpo no deja de reaccionar.

Una vez llego a casa, mi madre ya está preparando la cena.

—¿Cómo ha ido? Últimamente no paras. —Sonríe.

—Bien, con Clara y unos amigos —contesto.

Me da un apretón en el hombro.

—Me alegro. Hoy cenaremos unas fajitas mientras vemos alguna película. ¿Te parece?

—Perfecto.

Mientras cenamos, mi mente vuelve a las cenas en la casa del pueblo. Para esta época, mi madre compraba castañas y las asábamos en la pequeña barbacoa que teníamos en el jardín. Esas noches viendo películas de terror mientras las pelábamos y nos las comíamos quedan lejos.

—Echo de menos las castañas que asábamos en casa —digo.

Mi madre deja su fajita en el plato y se limpia las manos con la servilleta.

—Y yo —dice, con una sonrisa. Se levanta y saca una bolsa llena de castañas de debajo del frutero—. No tenemos barbacoa, pero sí horno. No quedarán igual, pero algo es algo, ¿no?

No puedo evitar una pequeña sonrisa.

Ya estoy en la cama, cuando mi móvil vibra. Es un mensaje de Erik.

Erik:

Hola, Lía. Me lo he pasado muy bien esta tarde contigo. Espero que podamos hacer más planes juntos. ¡Buenas noches!

Le contesto que también me lo he pasado bien y dejo el móvil en la mesita. Me sabe mal por él; se está esforzando, y ojalá pudiera sentir algo. Pero cierro los ojos y no es su rostro el que aparece, sino el de Axel, con esa mirada que parece atravesarlo todo.

No debería, pero el cosquilleo vuelve, rápido y traicionero.