Hora de espabilar
De camino al instituto, sigo con las palabras de Axel en mi cabeza. Tiene razón, sí. Sé que juego con miedo, pero solo yo sé a qué fantasmas tengo que enfrentarme. Necesito tiempo, aunque parece ser que en breve ya hay campeonato y esto es un añadido más a mi lista.
Nada más entrar a clase, Clara junta las palmas de las manos.
—¡Perdón! —me dice justo cuando me siento en la silla.
—Ya te dije por mensaje que no pasa nada —contesto.
Saco las cosas de la mochila.
—¡Es que cuando Bruno me habla pierdo el norte! —dice, tapándose la cara con la libreta.
Suelto una carcajada.
—Te gusta de verdad, ¿eh?
—Sí. Pero te prometo que no volverá a pasar. No te dejaré de lado.
Le sonrío y me vuelvo hacia delante. Axel está escribiendo algo en una libreta. Mi atención se va a su bíceps y me quedo hipnotizada.
—Vas a desgastarlo si lo miras tanto —susurra Clara.
Me giro hacia ella.
—¿Qué? —digo, y siento cómo el calor sube a mi cara.
Ella señala con el lápiz hacia Axel y sonríe.
—¡Qué va! No lo estoy mirando —miento. Últimamente lo hago mucho.
—¿Te gusta? No me extraña.
—¡No! —contesto en tono elevado. Esto hace que el aula se quede en silencio de golpe y todos miren hacia mí.
Clara empieza a reírse.
Me cruzo de brazos y bajo la vista a la mesa. Es cierto que algo de él me atrae, y no es solo su físico, pero no quiero reconocerlo.
Cuando terminan las clases, vamos hacia el pabellón.
—No me gusta —le suelto a Clara una vez Axel y Val han pasado por delante de nosotras—. Además, está con Val. Son uña y carne por lo que veo.
—Ah, bueno, a saber. Son amigos desde pequeños. Pero nunca los he visto liándose, la verdad.
Esta respuesta de Clara me genera un batiburrillo de emociones.
Al entrar en la cancha, empezamos a calentar. No puedo evitar buscar a Axel con la mirada, el cual está haciendo estiramientos junto a Pol. En uno de esos movimientos, su trasero se marca bajo los pantalones. No puedo dejar de mirarlo. Joder, vaya culazo tiene el tío.
—Bien, ¡formad grupos de cuatro mixtos! —ordena Sofía, haciendo que mi atención vuelva al entreno.
Clara y yo nos ponemos juntas. Enseguida, Bruno viene corriendo hacia nosotras con otro chico.
—¿Podemos unirnos? —pregunta.
—¡Claro! —responde Clara.
El chico que está a su lado me observa con una sonrisa. Me suena haberlo visto en la fiesta. Es alto, moreno y lleva el pelo peinado hacia atrás. La verdad es que es bastante mono.
—¡Hola! Soy Erik —saluda—. Voy a la misma clase que Bruno.
—Encantada. Yo soy Lía.
—Lo sé. —Me guiña un ojo, a lo que me ruborizo un poco.
—Haremos mini partidos —indica Sofía—. Quiero que hagáis de todo: remates, bloqueos y pases. ¡Venga! Que en dos semanas empezamos el torneo.
Unos nos ponemos en un lado de la cancha, otros, al otro lado. Salen a jugar los primeros equipos.
Nosotros somos los siguientes.
Mi vista se dirige hacia el equipo al que nos enfrentaremos. Genial. Ahí están Axel, Val, Pol y otro chico más. Axel parece hacer un repaso a mi equipo. Me da la impresión de que se queda mirando a Erik más rato de lo normal.
¡Piiii!
—¡Siguiente equipo! —grita el entrenador.
Mi cuerpo se tensa. Ya estoy nerviosa otra vez. Val me lanza una sonrisa torcida, de esas que dicen ‘te voy a dejar en ridículo’. Y lo peor es que probablemente pueda hacerlo.
Es mi momento de saque, por lo que me coloco tras la línea. Siento un leve temblor en las manos. El que todo el mundo esté pendiente de mí me pone nerviosa. Antes no era así, al contrario.
Intento despejar mi mente.
Me concentro y decido hacer un lanzamiento bajo. Voy a lo fácil, a lo seguro. No quiero quedar mal nada más empezar y darle el gusto a Val.
Dejo caer el balón con la mano izquierda y golpeo por debajo con la derecha. Solo necesito que pase la red.
El contacto es limpio, pero no muy fuerte. Aun así, pasa al otro lado.
Menos mal. Siento una pequeña punzada de alivio.
Pol lo recibe fácilmente. Val va a por el balón y, con sus dedos firmes, lo lanza creando una parábola perfecta. Axel corre hacia él, pega un gran salto y remata con fuerza.
¡Pum!
El balón viene directo a mí, pero mi vista aún está en Axel y no me da tiempo a reaccionar.
—¡Punto! —grita Sofía.
¡Mierda!
Noto cómo me arden las mejillas.
Val menea la cabeza con una media sonrisa y aprieto los puños. Axel, en cambio, tiene los ojos fijos en mí.
—Tranquila, tú puedes, Lía —dice Erik, dándome una palmadita en la espalda.
—Sí —contesto.
No puedo fallar más.
Val saca esta vez. Un saque alto, con fuerza. Bruno recibe y Clara lo golpea con los dedos, elevándolo hacia la derecha. Erik corre hacia él y lo devuelve, pero Axel salta y hace un bloqueo. El balón cae de nuevo en nuestra zona.
—¡Punto!
Joder.
Erik recibe el saque y el balón vuela hacia mí. Mis manos reaccionan casi solas. Siento cómo mis dedos hormiguean al tocar la superficie rugosa. Lo elevo hacia Clara. Ella remata.
¡Pum!
Axel se lanza, evitando que el balón toque el suelo. Pol lo eleva y Val se dirige velozmente hacia él, salta y golpea.
No me lo pienso y corro hacia el balón. Me tiro y, con la mano, evito que toque el suelo. El impacto contra el suelo me sacude los brazos, pero solo siento la euforia de haberlo salvado. Bruno lo coloca y Erik remata. Pol salta para intentar bloquearlo, pero no lo consigue.
—¡Punto!
—¡Sí! —exclama Erik.
Llega el momento en que Clara me pasa el balón para que remate. Inspiro fuerte y corro.
El corazón me late tan rápido que apenas oigo nada. La rodilla protesta, pero no le hago caso. Si pienso, fallo. Así que salto antes de dudar. No llego alto, pero lo suficiente para poder golpear con fuerza.
¡Pum!
Val se lanza al suelo y evita el punto.
Yo, al caer, siento un pinchazo leve en la rodilla. Mi mano va a ella directa.
¿Me estaré forzando demasiado? ¿Y si todo esto es un error y me la jodo de nuevo?
Alzo la vista. Axel tiene sus ojos puestos en mí.
—Lía… —La voz de Clara hace que vuelva a la cancha—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
—Eh, no, no. Solo una leve molestia —contesto, y echo a andar a mi posición a paso lento. Por suerte, el dolor va desapareciendo, pero mis dudas y miedos han vuelto.
En el resto de jugadas, solo me dedico a recibir balones fáciles. No quiero sobreesforzarme más.
Una vez acaba el entreno, voy directa a por la botella de agua. Me muero de sed. Justo cuando la estoy sacando, Axel se pone a mi lado.
—Bueno, parece que has empezado a espabilar —dice, cogiendo una mochila del banco.
Le miro a los ojos mientras doy un sorbo. Por un instante, me parece notar cómo su mirada se detiene en mi boca.
—Vaya —digo, tras tragar el agua y limpiarme con el dorso de la mano—, pareces mi entrenador personal.
Suelta una ligera carcajada, lo que provoca que un escalofrío me recorra la espalda.
—No estaría mal —responde. Se cuelga la mochila al hombro y me sostiene la mirada—. ¿Te has hecho daño al caer?
Mierda. Lo ha visto.
—No. Solo he apoyado mal.
No se lo traga. Lo noto en cómo frunce mínimamente el ceño, pero no insiste. Se queda ahí, mirándome unos segundos que se me hacen eternos.
Y entonces se da la vuelta y se va como si nada.
Yo me quedo clavada en el sitio, con el corazón a mil.
¿Por qué le importa tanto?