A medio salto Un sábado no planeado
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Un sábado no planeado

El sonido de la lluvia es lo primero que oigo al despertar. Me levanto y subo la persiana. Parece que el fin de semana y el aguacero dan una tregua a esta calle ajetreada.

Salgo al comedor y veo a mi madre con el café en la mano y mirando el móvil.

—Buenos días, cariño.

—Hola, mamá —contesto mientras voy a hacerme un vaso con leche y cacao.

—¿Tienes planes para hoy? —pregunta.

—De momento no. Me quedaré aquí leyendo y repasando algunos temas.

Por la forma en la que mi madre me observa, me da que no le gusta esta respuesta.

—He quedado con una compañera del trabajo para dar una vuelta y comer por ahí —hace una breve pausa—; pensaba que quizás habías quedado con Clara. Puedo cancelarlo y nos vamos al cine si quieres.

—No, no. De verdad, ve.

Se me acerca sin dejar de mirarme, con ese gesto entre dulce y preocupado que usa cuando intenta no parecerlo.

—Si algo no te gusta, no estás cómoda con esta nueva vida… Me lo dirás, ¿verdad?

Asiento. La verdad es que no quiero ser parte de la razón por la que esta mudanza y todo este sacrificio deje de funcionar.

—Claro, mamá. No te preocupes.

Son las doce del mediodía, cuando recibo un mensaje:

Clara:

¡Lía! ¿Te apetece salir a dar una vuelta después de comer? Necesito ir al centro comercial a mirar unas cosas.

La verdad es que me había hecho la idea de estar tumbada en el sofá sin hacer mucho, pero no me vendrá mal airearme un poco. Además, Clara me cae bien.

Lía:

¡Vale! ¿Dónde y a qué hora?

Después de ducharme, me planto frente al armario con la toalla aún enredada en el cuerpo.

Tras dudar, me decido por unos tejanos anchos y una camiseta amarilla ajustada. Me seco el pelo con ayuda del peine para dejarlo algo más liso y controlado.

Abro el estuche de maquillaje. Me quedo observando la sombra de ojos entre mis dedos. Meses atrás ni se me habría pasado por la cabeza. Me maquillo con cuidado, como si cada trazo fuese una forma de decirme: vuelve a ser tú.

Antes de salir por la puerta, cojo la cazadora negra y me miro en el espejo: sencilla, pero ya es mucho más que salir con la sudadera ancha y la coleta de siempre. Otro pequeño paso que, por tonto que parezca, me hace sentir un poco más yo.

Camino hasta el centro comercial y, al acercarme a la entrada, veo a Clara esperándome fuera. Cuando me reconoce, abre mucho los ojos.

—¡No te había reconocido! —exclama, acercándose a mí—. Estás muy guapa con el pelo suelto.

Esto me anima.

—Gracias —contesto.

—Quiero ir a la sección de moda —dice, cogiéndome del brazo.

Pasamos entre maniquís y estantes llenos de ropa cara. No puedo evitar deslizar los dedos por alguna prenda. Solo en el tacto se nota la calidad.

Clara acaba comprándose un par de tejanos y jerséis que todo junto tiene que ser como media nómina de mi madre.

—¿Te apetece tomar algo?

Me quedo pensando en qué costará un simple refresco.

—Bueno, vale —contesto.

Nos sentamos en la terraza de un local decorado todo con madera situado en la última planta. Tiene unas bonitas vistas a un gran edificio que se alza en una pequeña colina.

—Lía… —empieza a decir en tono suave—. ¿Estás bien?

—Sí —respondo demasiado rápido.

Ella apoya los codos en la mesa, acercándose un poco.

—Sé que estás bien, pero te noto nerviosa. Es normal… todo esto es nuevo para ti.

Bajo la mirada y empiezo a girar la pajita con los dedos.

—Más que nervios… es otra cosa.

—¿Otra cosa?

Trago. Mi vista vuelve al lejano edificio, como si buscara allí una manera de decirlo. Justo cuando abro la boca, alguien se planta delante de nosotras. Un chico alto, rubio de ojos marrones está mirando a Clara.

—¡Qué casualidad! —exclama el chico.

Me suena de algo, creo que está en el equipo de voleibol masculino.

—¿Qué tal, Bruno? —Clara se levanta y le da dos besos—. Estoy con mi amiga Lía. También juega a vóley este año. —Me señala con la cabeza.

Dudo un poco, pero me pongo en pie y le saludo.

—¿Qué planes tenéis? —pregunta Bruno.

—Pues hemos estado de compras y ahora tomando algo —contesta Clara. Me da que la calma se va a acabar.

—¿Os vendríais a una fiesta? Pol organiza una esta noche en su casa. Sus padres no están este fin de semana, así que… —Nos lanza una sonrisa.

Clara se gira hacia mí levantando las cejas.

En sus ojos puedo ver la emoción que siente ante este inesperado cambio de planes.

Yo optaría por irme a casa, tirarme en el sofá y ponerme El Señor de los Anillos.

Pero si quiero relacionarme y crear nuevos vínculos, tengo que hacer un esfuerzo. Suspiro y asiento. Ella sonríe.

—¡Nos apuntamos! —exclama.

Miro la hora. Ya son las seis de la tarde.

—¿Y a qué hora es? —pregunto.

—Pues las fiestas de Pol no tienen hora. —Suelta una carcajada—. Cuando queráis pasaros por allí. Por cierto, os doy mi número para cualquier cosa, y así os puedo enviar la ubicación.

Tras decirlo, Bruno lanza una mirada rápida a Clara. Tiene la excusa perfecta para tenerla en sus contactos.

—Muy bien, pues en un rato nos vemos. —Bruno se despide con una sonrisa.

—¿Cuándo te apetece ir? —Cojo mi móvil para avisar a mi madre.

—Cuando quieras —dice, y echa una mirada a nuestra indumentaria—. Estamos perfectas así. Yo paso de emperifollarme. Y tú estás muy guapa. Se te ve diferente.

Se me escapa una leve sonrisa. No quería arreglarme más, así que me viene perfecto.

Entramos en un par de tiendas más, para hacer algo de tiempo, y luego nos dirigimos a la parada del autobús.

Ya empieza a entrarme el agobio. Sólo he tratado con Clara y apenas conozco a nadie. Pero por algo se ha de empezar… ¿No?

Mi madre me ha contestado enseguida. Parece que se ha puesto contenta que tenga mis planes. Eso sí, me ha recalcado que no llegue muy tarde.

—Ya casi estamos —indica Clara mirando el móvil.

Al poco, el autobús se detiene. Nos bajamos y una calle en pendiente llena de casas nos recibe. Son de esas que parecen sacadas de una película: fachadas impecables y jardines perfectos. Se nota que aquí vive gente con dinero.

Cuando nos acercamos a la puerta de Pol, el sonido de la música y voces nos invade. Clara pica al timbre, a los segundos, un chico pelirrojo y muy alto, nos abre. Debe ser de la otra clase, como Bruno.

—¡Bienvenidas a mi fiesta! —dice con tono alegre y un vaso en la mano. Ya me imagino qué es la causa de esta alegría.

Subimos unas escaleras que llevan a un gran jardín. Al ya estar oscureciendo, las luces iluminan todo. La verdad es que lo han decorado con gusto.

Nos dirigimos a una gran mesa, llena de refrescos y un bol que, por la pinta, seguro que lleva algo más que refresco. Cojo una lata y Clara otra.

Nos quedamos a un lado, observando.

—Qué pasada de casa —digo, contemplando anonadada en dirección a la enorme piscina. Hay unas cinco personas lanzándose a ella, a pesar de que ya refresca un poco.

—La verdad es que sí. Es la primera vez que me invitan. Pol es famoso por sus fiestas —comenta Clara.

Me sorprende que estando en el equipo, no haya venido a ninguna. No quiero preguntar el motivo si ella no me lo dice.

En ese momento, Val y Axel aparecen por la puerta junto a Bruno y otro chico más. La garganta se me encoge. Yo, que ya me sentía un poco fuera de lugar, siento cómo el nudo en el estómago se aprieta.

Axel se me queda mirando unos segundos, pero no dice nada. Val, por suerte, no me ha visto aún.

—Vaya, la reina de la cancha está aquí —suelta Clara.

Se me escapa una carcajada.

Bruno, al vernos, viene directo a nosotras. Bueno, a Clara.

—¿Qué tal, chicas? —pregunta.

—Bien, aquí contemplando el panorama —contesta ella.

Bruno ríe y se pone a su lado. Empiezan a hablar. Yo en seguida desconecto de la conversación. Me da la sensación de que sobro, así que decido ir a por algo para picar.

Estoy frente a la mesa mirando el gran surtido de nachos, pollo frito, mini rollitos… y se me hace la boca agua. No sé por dónde empezar.

—¿Hasta para comer eres indecisa?

El simple tono de esa voz basta para que mi cuerpo se tense de inmediato. Me giro y ahí está Val, con los brazos cruzados.

Entreabro la boca para contestarle, pero Axel aparece a mi lado, cogiendo un trozo de pollo.

—A veces los que se lo piensan más, terminan eligiendo lo mejor —dice él, metiéndose un trozo en la boca. Me mira un segundo y se marcha.

¿Y eso? No sé por qué, pero me dan ganas de sonreír un poco.

Val menea la cabeza. Me observa unos instantes, coge un mini rollito y se marcha tras él.

Me vuelvo de nuevo hacia la comida. Me decanto por el pollo.

Mientras lo mastico, veo a Clara y Bruno hablar sin parar.

Ella no deja de reírse. Miro el reloj. No llevo ni una hora y ya no sé qué hacer.

Clara está entretenida. Todo el mundo está en grupitos hablando.

Cojo otro trozo, y mientras lo saboreo, mi vista se desvía al final del jardín.

Hay un pequeño banco y junto a él, un balón de voleibol. Esa zona está solitaria.

Sin pensarlo, me dirijo hacia allí. El ruido se vuelve un murmullo distante y la luz no llega del todo.

Contemplo el banco y la pelota. Solo quería sentarme, pero el balón parece llamarme.

Lo cojo y empiezo a girarlo entre las manos.

Lo lanzo. Lo recibo con los antebrazos. Vuelvo a lanzarlo.

Y así unas cuantas veces, hasta que, en una de ellas, cuando el balón está arriba, alguien por detrás lo golpea contra la pared antes de que llegue a mis antebrazos.

Me quedo parada.

Cuando me giro, Axel me observa con una media sonrisa.

—No he podido evitarlo —dice.

—Ah.

Se hace un breve silencio. Entonces pregunta, mirándome sin apartar la vista:

—¿Por qué en la cancha juegas con tanto miedo? —pregunta.

Esto hace que mi cuerpo se ponga en tensión. Aprieto los puños.

—No juego con miedo —miento.

—Además de indecisa, también mentirosa —murmura, ladeando la cabeza.

Me impone la seguridad que desprende y ese peinado descuidado que lo hace aún más atractivo.

Trago saliva. Mis mejillas empiezan a arder.

—No miento.

Él levanta una ceja y se me acerca. Ahora mis piernas empiezan a flojear.

—Pues yo creo que sí. Juegas como si te lo pensaras dos veces antes de saltar, de moverte. Pero se nota que sabes jugar. Deja de esconderte tras tanta inseguridad y suéltate de una vez. En unas semanas hay campeonato, así que ya puedes espabilar.

Me lo quedo mirando. ¿De qué va? Se dirige al balón, lo coge y me lo lanza. Lo cojo entre mis manos. Pero una rabia se apodera de mí. Lo aprieto con fuerza ¿Que espabile?

—Ya soy mayorcita para saber qué tengo que hacer. Nadie sabe mejor que yo de lo que soy capaz.

Le lanzo el balón con más fuerza de la que debería. Él lo atrapa, sorprendido. Si no estuviera tan cabreada, me fijaría en cómo le tensan los músculos del brazo.

Para mí, la fiesta ya se ha acabado. Me doy la vuelta antes de arrepentirme.

Camino hacia la parada del bus sin mirar atrás. La noche está húmeda, la música se ahoga a lo lejos y las palabras de Axel se repiten como un eco.

La rodilla no duele. Pero algo dentro sí.

Me abrazo la cazadora y acelero el paso.