Sudor y dudas
El olor a goma y los chirridos de las zapatillas hacen que me ponga en tensión. Otra vez me quedo quieta en la puerta. La camiseta nueva me quema sobre la piel. Me llevo una mano al cuello, intentando convencerme de que no hay nada que me ahogue. Solo mi mente.
Y entonces, sin avisar, me alcanza el recuerdo de la sala de rehabilitación.
Las repeticiones interminables.
La sensación de que mi pierna no me pertenecía.
El miedo constante a que no volviera a responder…
—¿Vas a entrenar o piensas quedarte aquí a bloquear el paso?
Doy un respingo. Esa voz hace que vuelva al presente. Me giro y los ojos negros de Axel me atraviesan.
—Ya voy —murmuro, más para mí que para él.
Empiezo a caminar hacia dentro, sintiendo las piernas como si fueran de plomo. Noto la presencia de Axel tras de mí, lo que me pone aún más tensa. Miro hacia atrás. Me está observando. Mis mejillas arden. Entonces, veo que se le dibuja una pequeña sonrisa. ¿Y eso?
—Yo que tú, miraría hacia delante —suelta.
Justo en ese momento, choco con alguien.
—¡Perdón! —me disculpo.
Lo primero que veo es una gran trenza negra. Luego, alzo la vista y me encuentro con la mirada gélida de Val.
—¿Es que no tienes ojos o qué? —dice, con desdén.
—Estaba distraída. —Ríe Axel desde atrás.
Qué cabrón.
Val suelta un bufido de fastidio y, sin decir nada más, se aleja.
«Perfecto, Lía. Mejor no podrías haber empezado», me digo.
Con la autoestima por los suelos y la vergüenza por las nubes, llego al lado de Clara.
—¿Estás bien? —pregunta—. Estás roja y sudando.
—No lo sé —murmuro.
—Anímate, anda. ¡Nos lo pasaremos bien! —dice, dándome una palmada en la espalda.
Nos ponemos en fila y empezamos a correr en círculos para calentar.
Como era de esperar, estamos chicos y chicas mezclados, ya que es entrenamiento conjunto.
Sofía nos observa mientras va comentando con el entrenador de los chicos.
La verdad es que es guapo. Rubio y de ojos claros. Alguien me pasa por delante.
Axel.
¿De qué va? Si esto es solo calentamiento, ¿por qué tiene que ir adelantando como si fuera una carrera?
Suelto un bufido. Veo que más de uno hace lo mismo.
No me lo pienso y aumento la intensidad.
Lo alcanzo y paso por delante de él. Sigo corriendo.
Siento su presencia detrás por poco tiempo, ya que vuelve a adelantarme y juraría ver una pequeña sonrisa en su cara.
No voy a dejar que me pase. Corro más, tanto como puedo, pero el muy cabrón acelera.
Me esfuerzo aún más… hasta que un pinchazo en la rodilla me obliga a aflojar.
Mierda.
Me hago a un lado para darle un respiro a mi pierna e intento recuperar el aire. Me llevo una mano a la rodilla. Poco a poco, el dolor va desapareciendo. Espero no haberla sobrecargado por esta tontería.
—Lía, ¿todo bien? —pregunta Sofía.
—Sí, sí —contesto.
Me seco el sudor de la frente y me uno de nuevo, esta vez a ritmo más lento. Axel me lanza una sonrisilla que me dan ganas de borrársela con un pelotazo.
Tras calentar, Sofía saca balones.
—Bien, es el momento de pases y remates. Lo haremos por parejas —dice. Clara y yo nos miramos con una sonrisa—. Yo las formaré.
Joder.
—Val y Lía. —Me lanza un balón.
¿En serio? Observo a Val, que tiene cara de pocos amigos.
Como si la pelota pesara cinco kilos, me voy a un lado, con el resto de parejas. Val se pone frente a mí.
—Os vais turnando: una pasa balón, la otra remata. Uno de los chicos recepcionará y vuelta a empezar. ¿Entendido? Y así vamos rotando, pero siempre el mismo grupo.
Me pongo en el lado con la pelota en la mano. Val está en posición. Alguien se acerca a la red. No me lo puedo creer. El que faltaba.
—¡Es para hoy! —grita Val.
Suspiro e intento calmarme. Esto no sé cómo va a acabar. Si ya tenía bastante presión encima, estos dos van a acabar conmigo.
Me coloco, lanzo el balón y, cuando baja, se lo paso mejor de lo que me esperaba. Val, decidida, corre. Pega un gran salto y golpea. Axel, con rapidez y perfección, se agacha y recepciona con los antebrazos. El balón sube altísimo y cae de nuevo a él, que lo coge entre sus manos.
—¡Buena! —exclama. Entiendo que eso va por ellos dos, claro.
Val le sonríe, y a mí me mira con cara de fastidio.
—Tu turno —suelta. Nos cambiamos de posición.
Axel le pasa el balón. Ambos fijan la vista en mí. Sé lo que piensan. La novata torpe la va a pifiar. Los entiendo, yo creo lo mismo.
Me quedo sin saliva.
—¡Voy! —grita Val.
Lanza el balón, y me lo pasa con una parábola perfecta. Me concentro. Solo miro la pelota. Me muevo. Uno, dos, tres… Me impulso haciendo un pequeño salto y golpeo.
¡Pum!
El balón golpea la parte alta de la red y cae a mi lado. Me quedo paralizada un segundo, procesando lo que acabo de hacer. No he saltado mucho, ¡pero lo he hecho sin pensar! La rodilla, de momento, no se queja. Supongo que el salto ha sido tan pequeño que ni lo ha notado.
—Ay, por favor… —murmura Val, poniendo los ojos en blanco.
Axel me observa sin decir nada.
Puede que para ellos haya sido un desastre; para mí es un pequeño logro.
Repetimos el ejercicio varias veces. En ocasiones, paso el balón bien, en otras me falta un poco de precisión.
Val es tan buena que me acobarda, sinceramente.
Y que Axel esté observando todo no ayuda.
Me pone de los nervios este chico. En cuanto a los remates, bueno, no llego ni a la mitad de lo que saltaba antes de la lesión, pero al menos no me lo pienso tanto y no me ha vuelto a molestar la rodilla.
No lo estoy haciendo fatal ni tampoco tan bien como debería.
Es un punto intermedio… pero, por ahora, me basta.