A medio salto La lista
8%

La lista

Nada más bajar del autobús, una moto roja pasa rozándome. El rugido del motor me sobresalta. Al llegar al parking, veo a Axel quitándose el casco. Nuestras miradas se cruzan. Me preparo para una pulla, alguna de las suyas. Pero no dice nada. Coge sus cosas y se dirige al vestíbulo.

Cuando llego, un montón de chicos y chicas están delante de la cristalera. Se me hace un nudo en la garganta. Ya saldré de dudas. ¿Tendré una oportunidad para volver a ser lo que fui? ¿O eso ya pasó a la historia? Trago saliva y me acerco con cautela.

—¡Joder! Estoy fuera —dice una voz.

La miro y la reconozco de ayer. No era tan mala. El nivel que piden tiene que ser bastante elevado.

Se me empieza a revolver el estómago. Seguro que no he entrado.

Me quedo atrás, esperando a que la gente se disperse.

Cuando solo quedan un par de chicos pegados al cristal, me acerco. Localizo mi nombre. Todo el ruido se apaga por un momento. Solo escucho mi respiración. Mis dedos tiemblan cuando toco el cristal frío. Una corriente me recorre el pecho.

Estoy dentro.

Por un instante, me quedo con la boca entreabierta, sin voz. La alegría me atraviesa, pero detrás llega el miedo. No me lo esperaba. Y sé que si no hubiera entrado quizá habría podido convencerme de que así era mejor: tranquila, sin riesgo, sin dolor.

Pero ahora no.

Ahora ya no tengo escapatoria.

Ahora toca demostrar quién soy y quién quiero volver a ser.

—¡Sabía que entrarías! —exclama Clara tras de mí.

Me doy la vuelta y le sonrío.

—Pues no me lo esperaba —murmuro.

—¡Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar!

Asiento, pero por dentro solo pienso en lo que voy a sufrir.

Durante el descanso, Sofía se cruza con nosotras y se detiene.

—Hola, chicas. ¿Todo bien?

—¡Sí! —dice Clara—. Muy contentas. ¡Tenemos a Lía en el equipo!

Sofía asiente y sonríe.

—Tienes técnica, Lía. Sólo te falta creértelo un poco más. Sé que puedes dar más que lo que diste en las pruebas. Supongo que los nervios te jugaron una mala pasada. Nos vemos en el entrenamiento. —Nos guiña un ojo y sigue su camino.

—¿Ves? —Clara me pone una mano en el hombro—. Solo te falta más confianza.

—Hace mucho que no juego.

—Tranquila, ya verás cómo enseguida vuelves a tener soltura. Eso no se olvida.

Bajo la mirada al suelo, pensando en que es cierto, pero sí hay algo que quiero olvidar y no puedo.

Cuando finalizan las clases, Clara recoge rápidamente sus cosas.

—Tengo clase de piano, tengo que salir volando. ¡Nos vemos mañana! —Se despide con la mano y sale por la puerta.

Estoy guardando el estuche en la mochila cuando, de repente, siento una presencia a mi lado.

Val.

Alzo la mirada con cautela.

—Vaya, felicidades. He visto que has entrado en el equipo —dice con un tono no muy alegre y ladeando la cabeza. Su mirada va a mis piernas. ¿Otra vez?

—Gracias. Pero, ¿tienes algún problema con mis piernas?

Levanta las cejas.

—Ninguno. —Dibuja una sonrisa que más falsa no puede ser—. ¿Por qué? ¿Debería?

—No sé, dímelo tú. No dejas de mirarlas. O tienes un problema o te has enamorado de ellas —espeto, y como siempre, luego me arrepiento.

Ella suelta un sonido entre risa y desprecio.

—No te creas tan importante. —Da un paso hacia mí—. Vas de mosquita muerta, pero tienes una lengua afiladita —dice entrecerrando los ojos.

—No me creo nada. Yo soy así. Si me pinchan, respondo.

Cojo mi mochila, me la cuelgo y me dirijo a la puerta. Paso al lado de Axel, que aún está en su pupitre y, justo al pasar me parece oír una risita. ¿Se está riendo de mí? Decido ignorarlo y salgo escopeteada hacia la parada del autobús.

Mientras espero, me pongo los cascos y cierro los ojos por unos instantes. La voz de Lola Young me invade y mi mente, por fin, se toma un respiro.

Al llegar a casa, encuentro a mi madre en la cocina. Está removiendo algo en una gran olla.

—Huele bien —le digo acercándome a ella.

—He hecho sopa. ¿Qué tal en el colegio? ¿Ya sabes lo del equipo? —Deja el cucharón en un plato, se limpia las manos con un trapo y se me acerca. Puedo ver el temor en sus ojos.

—Sí. Estoy dentro —contesto sin emoción alguna.

—¡Qué bien! Me alegro mucho. —Me da un beso en la frente. Esto hace que un manojo de sentimientos empiece a removerse dentro de mí—. Sabes que tú puedes con eso y más.

—Sí —respondo, no muy convincente.

—Escucha —dice sin dejar de mirarme—. No has de demostrar nada a nadie, ¿vale? Disfruta. Hazlo por ti.

—Pero… ¿Y si…?

—Shhh, te recuperaste, cariño. Sé que fue duro… pero ya pasó, ¿vale?

Me acaricia el pelo, y por un segundo, me gustaría creer que todo es tan fácil como ella lo dice.

Tras una ducha y un buen plato de sopa, siento que entro ya en un modo más relajado.

Ya en mi cuarto, una vez lista para irme a dormir, me quedo contemplando la pequeña caja antes de apagar la luz. Cojo el móvil y, sin pensarlo demasiado, escribo un mensaje:

Lía:

Chloe, ¿todo bien? Yo no lo sé. Creo que he cometido una locura. Voy a volver a jugar.

Suspiro y me meto en la cama. Apago la lamparita. Pasan unos segundos y mi móvil vibra.

Chloe:

¡¿En serio?! ¡Muy bien! Espero que pronto vuelvas a ser la de siempre. Vuela alto, pequeñaja. Ya me cuentas.

Tras leer el mensaje, una pequeña sonrisa se me dibuja en la cara. Por primera vez en meses, me permito creer que, quizás, hay una mínima posibilidad de volver a volar.