La prueba
Mientras la profesora de filosofía está hablando de Platón, mi mente vaga hacia las pruebas de vóley. Bajo la mirada a la pequeña bolsa junto a mis pies. Al final metí una camiseta, unas mallas cortas y las rodilleras, por si acaso.
Noto un pequeño pinzamiento en la espalda. Me vuelvo. Clara me lanza una sonrisita.
—¿Se puede saber qué llevas ahí? —susurra. Señala con la cabeza mi bolsa—. ¿Es lo que me imagino?
Se me escapa una sonrisa.
—Sí, pero aún no he decidido si me voy a presentar o no.
—Anda, va. ¿Qué puedes perder?
«Ya he perdido mucho. Mi confianza, por ejemplo», me digo a mí misma.
—¡Señoritas! —El tono de la profesora me hace dar un bote en la silla—. Lía, Clara. ¿Es más interesante lo que estáis hablando que mi clase? —Se cruza de brazos.
El aula entera nos mira. Mis mejillas arden y agacho la cabeza.
—Perdón. Culpa mía —contesta Clara.
Alzo la vista. La profesora niega con la cabeza, suspira y retoma la clase.
Mis ojos, por inercia, se deslizan hacia Axel, que me observa con el ceño fruncido. No retiro la mirada. ¿Qué mira? Entonces, aparta la vista y se centra en su libro. Genial, ya estoy llamando la atención.
Ya han acabado las clases. Estoy guardando todo en mi mochila cuando Clara se apoya en mi mesa y ladea la cabeza.
—¿Nos vemos ahora? —Arquea las cejas.
—No lo tengo claro todavía.
Bufa.
—¿Por qué eres tan indecisa?
Levanto los hombros.
—Soy así.
—Bueno, no te doy más la brasa. Si te animas, allí estaré. —Me da una palmadita en la espalda y se marcha.
Me echo hacia atrás mientras observo la bolsa. Un chirrido de silla rompe el silencio. Axel se levanta y coge sus cosas. Echo un vistazo alrededor: ya no queda nadie más. Sin decir una sola palabra, sale por la puerta.
Mis pasos me llevan al pabellón. La puerta está entreabierta, y un aire cargado, con olor a goma y sudor seco, me golpea al cruzar el umbral.
Llegan a mis oídos ese sonido tan familiar: los botes de los balones, los chirridos de zapatillas contra el parqué, las risas que rebotan en las paredes altas.
Cada eco despierta algo dormido. Un crac apagado. El fuego subiendo por la pierna. El dolor que me acompañó demasiado tiempo.
Se me eriza la piel y noto un cosquilleo en los dedos. Agarro con fuerza la bolsa. No puedo moverme.
Hasta que alguien me golpea el hombro.
—Perdón —murmuro al instante, volviendo a la realidad de golpe y apartándome hacia un lado.
Unos ojos oscuros se cruzan con los míos. Otra vez él. Axel. Me sostiene la mirada con esa expresión que parece de fastidio.
—¿Es que te dan puntos por bloquear el paso? —espeta.
Abro la boca, pero ningún sonido quiere salir. La cierro de nuevo y aprieto la mandíbula.
Él menea la cabeza y entra al pabellón. En segundos está rodeado de chicos y chicas saludándole. ¡Vaya! ¿Es la estrella del equipo masculino? En ese momento, algo vibra en mi interior. Giro sobre mí misma y me dirijo a los vestuarios.
Cuando abro la puerta, un par de chicas a medio cambiar se giran sorprendidas.
Las saludo tímidamente y dejo mi bolsa en el banquillo.
Aprieto los puños. Cierro los ojos. Me obligo a recordarme saltando.
Rematando. Puedo volver a hacerlo. Respiro hondo dos veces.
Cuando los abro, no dejo que ni un atisbo de duda me invada. Ya he tomado una decisión.
Me contemplo en el espejo. Mis pelos cobrizos se niegan a estar bien agarrados a la coleta.
Me la deshago, me mojo las manos con el agua fría del grifo y me repeino de nuevo, haciendo que todos los cabellos sueltos estén bien pegados.
Luego me echo agua en la cara. Las gotas resbalan por mis mejillas, y por un instante, la sensación helada me despeja, como si esto pudiera darme una dosis de valor, de salir de este estado de cobardía.
Miro de nuevo mi reflejo y me digo: «Sabes lo que quieres, Lía».
Ya cambiada, me dirijo al pabellón. El pequeño acto de valentía de antes me está abandonando. Lo percibo. Empiezo a notar una flojera en las piernas. Me llevo una mano a la rodilla. Mala idea. Me detengo, y justo cuando voy a retomar los pasos para el vestuario, una voz me llama:
—¡Lía! —Clara viene corriendo hacia mí—. ¡Qué bien! Al final te has animado.
—Bueno, creo que… —empiezo a decir dubitativa—. Igual no me lo he pensado bien.
—Vaya, vaya. La chica nueva quiere entrar en el equipo —dice una voz. Me giro. Val me mira con interés. Cruza los brazos—. ¿Has jugado alguna vez?
Trago con dificultad.
—Sí. En el equipo de mi pueblo.
Tras decirlo, percibo una leve decepción.
—¿En qué posición?
¿Esto es un test o qué? ¿De qué va esta tía?
—De rematadora. ¿Tengo que pasar un cuestionario para entrar en el equipo? —Nada más decirlo, me arrepiento. Quizás ha sonado algo borde.
El semblante de Val cambia totalmente, pasando a uno más alterado.
—¿Rematadora? —Veo cómo hace un repaso a mis cortas piernas y ya imagino lo que estará pensando—. Ya tenemos bastantes rematadoras. Y no, no hay que pasar un cuestionario, pero solo entran las que saben jugar. Esto no es un equipo para echar el rato en el patio.
Me quedo helada. ¿Se cree que no he jugado en serio porque haya sido en un pueblo?
—Lía, ven, empieza el calentamiento. —Clara me coge del brazo y me lleva a una fila—. Pasa de ella. Se cree la mejor. Bueno, lo es, pero le pierde la boca.
—Ya veo —contesto.
Al poco, aparece una mujer de unos treinta años en chándal.
—Buenas tardes. Para quienes no me conozcáis soy Sofía, la entrenadora del equipo femenino.
Aquel de allí es Hugo, el del equipo masculino.
—Señala a un hombre de su misma edad que está hablando con Axel y los demás chicos—.
Haremos ejercicios conjuntos, quiero ver cómo estáis de técnica y qué se os da mejor.
Veo caras nuevas. Os quiero recordar que, ya que esto es un equipo para competir, necesitamos gente que sepa jugar.
Si hay alguien que no llega al nivel necesario, no os preocupéis, está el nivel de iniciación, pero antes de empezar, vamos a soltarnos un poco. Formad un círculo.
Nos miramos entre todas, algo confusas, pero obedecemos y nos colocamos. Sofía lanza una pelota al aire y la atrapa con facilidad.
—Quiero que os paséis la pelota y, cuando la recibáis, digáis vuestro nombre y posición favorita. Rápido, sin pensarlo mucho.
La primera en recibirla es Val, claro.
—Val. Rematadora —dice con una sonrisa segura, lanzando el balón con fuerza a la siguiente.
—Clara. Colocadora —responde, con una risita.
El balón da varias vueltas más, y cuando finalmente llega a mí, me tiembla un poco entre las manos.
—Lía… rematadora —digo de forma poco segura.
Siento como Val me echa una mirada. No me molesto en devolvérsela.
Sofía asiente y recoge el balón.
—Perfecto. Ahora sí, a calentar.
Empezamos a calentar. Correr en círculo, estirar… Hasta que llega el momento de los saques.
Todas nos ponemos en fila. La entrenadora va pasando una pelota para que saquemos.
La primera, cómo no, es Val. Mientras se prepara para sacar, la observo: es alta y se nota que tiene mucha seguridad. Lo contrario a mí. Yo soy más bajita y ahora mismo no confío en ninguna parte de mi cuerpo.
Val coge la pelota, se coloca, y la golpea. Un saque fuerte, potente y alto. Pasa la red sin problemas.
Cuando le toca a Clara, su saque es algo más flojo, pero acaba pasando.
Mi turno. Me tiemblan las piernas. Hace meses que no toco una pelota de voleibol.
Cuando me la entrega Sofía, la superficie rugosa de cuero sintético me raspa un poco las palmas.
Ya las tengo empapadas de sudor, y el balón se me escurre un poco entre los dedos.
Todas me miran. Los chicos están al otro lado de la red haciendo otros ejercicios.
Axel incluido, que está en medio de la cancha, de espaldas haciendo de colocador.
Inspiro con fuerza y espiro. «Vamos, Lía, recuerda lo que sabes», me animo.
Me coloco en posición. Lanzo el balón, pero los nervios me traicionan. Calculo mal la altura. Le doy demasiado pronto y muy fuerte. La pelota sale disparada a la red. A la cabeza de Axel. Mierda.
¡Pum!
Se oye el golpe. El sonido retumba en todo el pabellón.
Silencio. Se escucha alguna risa ahogada.
Tierra trágame. Mi pulso empieza a latir descontroladamente.
—¡Joder! —grita Axel, llevándose una mano a la cabeza.
—¡Perdón! —Echo a andar hacia él—. Ha sido sin querer, lo siento.
Él se gira con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—¿Bloquear el paso no era suficiente? ¿O simplemente tienes mala puntería? —espeta.
Me quedo algo sorprendida, pero este chico ya me está sacando de mis casillas.
—A mí me da que simplemente eres un imán para los accidentes —le contesto.
Parece que el gran Axel no se esperaba esta contestación, ya que se queda algo sorprendido y no dice nada más. Así que me giro y vuelvo a la fila.
Val me mira con una sonrisilla que no me gusta nada. Genial. He dado la impresión de que ni siquiera sé sacar.
En el momento de los remates, la inseguridad me invade aún más.
Hacemos dos filas. Me toca en la de rematar, y quiero salir por patas.
—¡Ey! Yo te coloco, y tú rematas —me indica Clara, en la fila de al lado.
Le sonrío forzadamente mientras, otra vez, empiezo a sudar a mares. Intento secarme las manos en las mallas. Quién me mandaría a mí meterme en esto.
Un pitido y empezamos. La primera en rematar es Val. Sale disparada con esas piernas tan largas. Salta muy alto, haciendo ondear su larga trenza.
¡Pum!
Doy un respingo. ¡Qué fuerza tiene la tía! Axel, que está al otro lado le sonríe.
—¡Muy buena, Val! —le felicita.
Ahora le toca a la chica que va delante de mí. Duda un poco al salir y apenas consigue tomar impulso. Golpea la pelota, pero esta se estrella contra la red.
—¡Vamos, Lía! ¿Preparada? —grita Clara.
Mierda. No, no lo estoy. El aire se me atraganta un segundo. Miro hacia la red. Ahí está Axel de nuevo. Me observa con una sonrisilla socarrona para provocarme. Da tres pasos hacia atrás alejándose de la red.
—¡Recuerda que golpear la red no da puntos! —grita.
¡Será imbécil! Me hierve la sangre. Aprieto los puños y miro a Clara. Asiento con la cabeza.
Ella lanza la pelota hacia arriba, en línea recta perfecta. Al bajar, la recibe con los dedos y me la coloca con una parábola impecable. ¡Qué buena es! Me concentro. «Vamos, Lía, lo has hecho cientos de veces».
Un paso, dos… Y de repente, me viene la imagen del resbalón. Miro el suelo y me detengo. Siento cómo me palpitan las sienes.
—¿Estás bien, Lía? —Sofía se acerca.
—Sí, perdona. Me he desconcentrado.
—Bueno, prueba otra vez. —Me da una palmada en el hombro.
Respiro hondo. Vuelvo a mirar a Clara y asiento de nuevo.
—¡Voy! —grita. Lanza otra vez el balón.
Doy tres pasos y me impulso, pero es un salto a medias, contenido.
El brazo se arquea, pero no con decisión. Golpeo tarde, mal y sin fuerza. La pelota golpea la red y rebota hacia el suelo. Siento un calor que me sube por el cuello hasta las orejas. Mierda. Lo único bueno es que no he notado ninguna molestia en la rodilla, de momento.
Miro a Sofía. Tiene el ceño fruncido. Suspiro y voy a la otra fila.
No puedo seguir. Esto es un desastre. No doy una.
Ahora me toca colocar. Intento concentrarme. Lanzo el balón y este vuelve a bajar en línea recta. Lo golpeo con los dedos firmes, y por suerte, vuela haciendo una parábola casi perfecta. Clara corre hacia él, salta y remata. Directo al otro lado de la red.
Me sonríe.
—¡Buen pase, Lía!
—Gracias.
Al menos algo me ha salido bien.
Ahora nos colocamos por parejas y nos pasamos el balón con los antebrazos. Este movimiento me sale solo, de forma natural. Ya estoy algo más relajada y los pases con mi compañera salen casi perfectos.
—Muy bien, chicas. Terminamos por hoy. —La voz de Sofía resuena con fuerza—. Mañana por la mañana tendréis colgada la lista con las admitidas. Las que no, no os desaniméis. Podréis ir al equipo de iniciación. ¡Gracias!
—Hasta mañana, rematadora —dice Val al pasar por mi lado con una sonrisa que hace que me hierva la sangre.
—Tranquila, ¡lo has hecho bien! —me anima Clara.
—He fallado bastante —le contesto.
Clara se detiene y me coge del brazo.
—¿Y qué? Has pasado el balón perfectamente y te he visto recepcionar. Tienes técnica, Lía.
Me muerdo el labio y asiento. Siento el pulso aún acelerado. Mañana lo sabré. Y si entro, no me quedará más remedio que luchar contra mis propios fantasmas.