A medio salto Bienvenida al caos
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Bienvenida al caos

Nada más ver el edificio, me entra el pánico.

Es enorme. Tiene unas seis plantas y una gran puerta principal de cristal.

Me quedo parada viendo cómo los estudiantes, todos con mochilas caras, se dirigen hacia allí.

A un lado hay un gran jardín, y al otro, coches de alta gama aparcados junto a un pequeño parking de motos y bicicletas de lo más variopintas. Me da miedo tan solo tocar algo.

Trago saliva y aprieto la correa de mi andrajosa mochila. Me obligo a avanzar. Justo cuando estoy subiendo los pequeños escalones de la entrada, alguien choca con mi hombro. Mi mochila cae al suelo.

—¡Joder! —exclamo, agachándome para recogerla.

Al levantar la vista, lo veo: un chico que me saca más de dos cabezas, con el pelo negro, algo despeinado, y unos ojos oscuros.

Me mira con el ceño fruncido. Ni rastro de disculpa.

Le sostengo la mirada y, con gesto molesto, me cuelgo la mochila de nuevo.

Paso por su lado como si nada. ¿Todo el mundo es así de borde?

Llego a secretaría, donde, tras dar mis datos, me indica el curso y clase:

1ºB de bachillerato. Tercer piso. Aula 302.

Cuando llego, la mayoría ya están en sus pupitres hablando entre ellos.

Algunos me observan, otros me ignoran. Veo un sitio libre en la segunda fila, al lado de la ventana.

No me lo pienso y me siento allí. Saco el estuche y los libros con un leve suspiro.

Se me está haciendo eterno este día. Entonces lo veo.

El del golpe. Sentado en la fila de enfrente y apoyado en la silla con total confianza, habla con una chica de cabello negro y lacio, que tiene unos ojos azules que resaltan en su rostro.

—¿Nueva? —pregunta una dulce voz detrás de mí.

Me giro. Una chica de cabello castaño claro ondulado y ojos marrones vivos me observa con curiosidad.

—Sí.

—Encantada. Soy Clara. Si necesitas algo, pregunta.

—Gracias —le contesto, con un poco de alivio.

—Sé que es duro empezar en un nuevo sitio. Y más en un instituto tan pijo como este —comenta, señalando el aula con la mano—. Te acostumbrarás. No se está tan mal.

Miro a mi alrededor. Ya solo con mis pintas, veo que no encajo para nada.

—Luego, en el descanso, te enseño todo un poco.

Asiento con una sonrisa y vuelvo la vista hacia adelante.

Cuando llega la hora del descanso, Clara me propone dar una vuelta por el edificio. Me enseña las aulas de música, los laboratorios, los baños… Salimos fuera y nos sentamos en un banco para almorzar.

—¿Eres de por aquí? ¿Cómo has acabado en este instituto?

—Soy de un pueblo pequeño que está a dos horas de coche. Mi madre se quedó sin trabajo y le ha salido aquí una oportunidad.

Doy un mordisco a mi bocadillo. No quiero entrar en más detalles.

—Vaya, siento que tuvieras que dejar tu vida allí. Debe ser duro.

—Un poco sí, la verdad.

Levanto los hombros como para quitarle importancia.

Ella me observa mientras mastica su gran bocadillo de sobrasada que tiene muy buena pinta.

—En la ciudad te lo pasarás muy bien, hay de todo.

—Ya imagino —contesto, no muy convincente.

Para mí faltan muchas cosas que tenía en el pueblo y aquí no hay. Y aún más que me sobran, pero no se lo digo. Parece maja y se está esforzando en conocerme.

—Lo único es que, como en todos lados, aquí hay grupitos. Están los guais, los empollones y los que no son ni una cosa ni la otra.

—En el pueblo éramos muy pocos en clase y nos llevábamos bien todos —digo, recordando el ambiente familiar y cercano de mi antiguo instituto.

Ella me observa curiosa.

—¡Pues qué suerte! Aquí o destacas, o no existes. —Ríe.

Me la quedo mirando.

—Por ejemplo —empieza a decir, sentándose más cerca de mí y bajando el tono—.

Están Val, Axel y su grupito que son los populares por así decir, ¿sabes?

Y luego el resto, que somos invisibles. Pero vamos, eso a mí me la trae floja, porque paso de todos, o casi todos.

Solo se miran el ombligo y piensan en ser los mejores en todo.

—¿Tú no quieres ser la mejor en nada? —pregunto sin pensar.

Ladea la cabeza.

—La verdad es que no. Solo quiero vivir el presente.

Recuerdo que yo quería ser la mejor en voleibol. Me dejaba la vida en la cancha, hasta que pasó lo que pasó.

—¿Tú? —pregunta.

—Ahora mismo no.

Ella frunce el ceño.

—Eres misteriosa, diferente —dice contemplando mi ropa—. Me caes bien.

Se me escapa una carcajada.

—La verdad es que tú a mí también.

Al menos, parece que tengo una posible amiga en este caos.

Nos levantamos y vamos al aula de nuevo.

La clase se me pasa volando. Es historia y el profesor parece creerse que estamos en la universidad, ya que desde que se sentó en su silla ha empezado a soltar una larga explicación sobre la revolución industrial y no he parado de escribir en mi libreta.

Cuando suena el timbre de finalización de clases, recogemos todo y nos dirigimos a la puerta.

—¡Hasta luego! —Clara saluda al chico del golpe y a su compañera. Ambos se me quedan mirando seriamente.

—Esos son Axel y Val. Los “guais” como habrás podido ver —me susurra Clara al salir del aula.

Me dan ganas de preguntar qué es lo que hace a uno más “guay” que a otro, pero me muerdo la lengua. Ella me parece más divertida y simpática que esos dos con cara de estirados.

Una vez en el vestíbulo, Clara se detiene de golpe y se queda mirando un cartel.

—¡Oye, Lía! —exclama mirándome—. ¿Sabes jugar a vóley?

Me invade un frío seco acompañado de imágenes que creía enterradas:

El clic del bolígrafo del médico.

Mi madre apretándome la mano con fuerza.

Yo temblando, esperando la sentencia.

«Habrá que operar. La recuperación será larga».

Y el abismo.

Me obligo a mantener el tipo.

—Jugaba… ¿Por qué? —respondo con cautela.

—Mañana hay pruebas para el equipo femenino y masculino de vóley. Yo estoy en él, y hay cuatro plazas libres. ¿Te animas?

Me obligo a tragar. Mi mirada se desliza hacia un cartel pegado en la cristalera:

Pruebas de acceso al equipo de voleibol femenino.

Instituto Monsau.

17 de septiembre a las 16:00 h.

Pabellón deportivo.

Nivel medio/alto.

Con las manos sudorosas, aprieto con todas mis fuerzas la correa de la mochila.

—No sé, ya veré.

Clara asiente y retomamos el paso.

Una vez en casa, meriendo un poco de fruta y enciendo la televisión. No paro de pensar en ese dichoso cartel.

—¡Ya estoy aquí! —Mi madre entra por la puerta—. ¿Cómo ha ido el primer día?

—Bien —contesto.

—¿Has conocido gente?

—Sí, a Clara. Es simpática y me ha enseñado el instituto.

—¡Me alegro!

Tras cenar y hablar un rato con mi madre, recojo la mesa y me encierro en mi habitación.

La vista se me va a la caja de cartón. Se me hace un nudo en la garganta.

Una parte de mí quiere volver a saltar, a correr, a sudar por algo que me importaba.

La otra solo piensa en el suelo mojado.En el dolor.

¿Qué hago?

El vóley todavía me duele, pero, por primera vez en meses, también me llama.