A medio salto Un nuevo comienzo
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A medio salto

A medio salto

Por Valera Gomalva

© inepub.com

Un nuevo comienzo

Pitidos. Cientos de coches. Semáforos que se encienden y se apagan sin descanso. Gente caminando deprisa. Un nuevo mundo para mí. No estoy hecha para esto.

Aparto la vista de la ventanilla, demasiado caos he visto ya.

Observo a mi madre. Está ilusionada. La semana que viene empieza a trabajar en una gran editorial en el centro de la ciudad.

Una muy buena oportunidad para ella. En el pueblo se quedó sin trabajo, y allí no había forma de encontrar ninguno.

Una lástima, y una gran putada para mí. Yo estaba feliz ahí. O al menos antes de lo que pasó.

—La de coches que hay. Suerte que en el bloque tenemos parking, si no, no sé dónde podría aparcar —comenta, mirando en todas direcciones.

—Ya. Esto no es el pueblo —respondo.

Mi voz suena seca, sin emoción alguna. Maldigo el momento en que tuvimos que mudarnos aquí.

—¡Pero es más divertido! Ya verás, el colegio nuevo es muy bueno. Te irá muy bien estos dos últimos años antes de la universidad. —Me guiña un ojo.

Sin amigos.

Sin nuestra bonita casa rodeada de vegetación.

Y con mi confianza por los suelos.

Sí, seguro que me va genial.

Suspiro.

—¡Ya llegamos! Aquí está el parking —dice mi madre.

La calle es estrecha y está llena de coches aparcados a los lados. Hay muchos edificios altos y con pequeños balcones de hierro. La mayoría tienen persianas de madera. Ya sé de antemano que será ruidosa.

Una vez aparcamos, cogemos las maletas y salimos a la calle. El portal está justo al lado de la salida del parking.

La entrada al edificio es muy amplia, con baldosas antiguas en tonos marrones y blancos. Paredes altas. Al fondo se ven unas escaleras con barandilla negra y, en medio, un ascensor viejo encerrado en una estructura de hierro. ¿Eso funcionará?

—¡Mira qué ascensor tan vintage ! —exclama mi madre alegre.

—Y qué tan poco fiable se ve.

—Vamos, Lía, no seas negativa. Es un edificio con encanto.

Después de trastear la puerta del ascensor, conseguimos entrar y, tras un gran sonido, este arranca y empieza a subir.

—Por fin —comenta mi madre una vez nos detenemos.

Abre, y tras sacar las maletas, salgo de esa jaula.

La puerta es bastante robusta y de color madera oscuro. La abre, enciende la luz y se hace a un lado. Un tono anaranjado entra desde las ventanas del comedor, tiñendo las paredes y dándole un aire cálido, aunque yo me siento fría por dentro.

—Pasa, cariño, a ver qué te parece.

—Ya vi las fotos, mamá.

—Pero no es lo mismo.

Tras el recibidor, llego enseguida al pequeño comedor.

Es cuadrado, con un sofá verde menta de dos plazas, una mesa auxiliar al lado y una más grande para cuatro personas.

En ella, a modo de decoración, hay un bonito jarrón blanco con un girasol en medio.

Somos solo dos, así que hay espacio de sobra, aunque no dejo de pensar en la casa del pueblo. El comedor ya era el doble de grande.

Hay un pequeño balcón en el que no cabe ni una silla. Me asomo y los sonidos de la calle suben sin filtro: coches, motos, gente hablando, bocinazos. ¡Qué agradable!

La cocina es estrecha y larga. Tiene los muebles blancos y el mármol negro. Al lado está el baño, que es pequeño pero bonito, todo hay que decirlo. La grifería es negra y resalta entre el blanco, dándole un toque distinguido. Al menos está todo nuevo y reformado con gusto, no puedo negarlo.

Las dos habitaciones están juntas, son de buen tamaño. La mía tiene una pequeña ventana que da a la calle.

—¿Qué te parece? —pregunta mi madre con una sonrisa.

Intento forzar una en mi rostro, pero me cuesta horrores.

—Está bien, muy nuevo todo.

No me sale nada mejor que decir.

—Sí, lo han reformado hace poco. —Se me acerca y pone sus manos en mis hombros—. Sé que es muy duro dejar el pueblo y nuestra casa, pero esto es una gran oportunidad para las dos.

No veo lo bueno para mí. Aun así, asiento con la cabeza.

Entro en mi habitación con las maletas. Me da una pereza enorme deshacer todo, pero es lo que toca.

Empiezo por la ropa. Mientras voy sacando prendas me pregunto si esto va a pegar aquí.

Camisetas anchas, vaqueros gastados, mi sudadera negra de siempre…

Todo me grita a “pueblo” y esto es un barrio un poco pijo.

¿Qué llevarán los de mi edad? ¿Cazadoras de marca?

¿Jerséis estrechos? Qué más da. Me pondré mi ropa de siempre, aunque parezca sacada de otra vida, porque supongo que en realidad sí que lo es.

Cuando he guardado ya toda la ropa en armarios y cajones, saco lo que tengo en la mochila: el móvil, el estuche con lápices, algo de maquillaje, un par de libros y una pequeña caja de cartón.

Al abrirla, una foto cae al suelo. Me agacho, y al ver la imagen, un frío recorre todo mi cuerpo.

Es una fotografía de mi antiguo equipo de vóley, del pueblo.

Una Lía de hace año y medio, más alegre, más segura, sonríe junto a Chloe y las demás chicas.

Busco un sitio en la pared para colgarla. Mi mano se detiene antes de llegar.

Mejor no.

Guardo la foto y cierro la tapa. Aprieto un poco más de lo necesario.

Salgo al comedor para cenar algo, intentando no pensar en nada.