Capítulo 67 — Sudán
El proceso que llevaría a Ferraro a Sudán había comenzado antes de la captura.
Mientras Brasil seguía ocupando los teléfonos, tomó los exámenes para integrar la Policía de Naciones Unidas y comenzó a preparar una salida que todavía no sabía cuánto cambiaría su vida.
Sudán era entonces un nombre distante, casi abstracto.
La convocatoria para la Policía de Naciones Unidas había aparecido como una posibilidad lejana. Después de la muerte de su padre se convirtió también en una salida de la vida que se había vuelto demasiado estrecha alrededor de Interpol, más que en una simple oportunidad de ascenso o viaje.
Ferraro se preparó para los exámenes con la disciplina utilizada en un operativo.
Repasó procedimientos, inglés, conducción y conocimientos policiales.
Durante horas podía concentrarse en una respuesta correcta y dejar fuera el duelo.
El estudio se convirtió en otro trabajo y, por lo tanto, en un terreno conocido.
No anunció la decisión como renuncia. Todavía pertenecía a la Dirección Nacional contra el Crimen Organizado e Interpol y continuaba comprometido con la captura. Presentarse a Naciones Unidas significaba abrir una puerta, no atravesarla inmediatamente.
Miguelangelo conoció la noticia. La oportunidad que años atrás había acercado hasta la puerta de Ferraro había cambiado su trayectoria; ahora otro proceso podía alejarlo de Interpol.
—No te vas porque fallaste —le dijo—. Te vas porque acá ya diste todo.
Ferraro no estaba seguro. Dar todo podía significar cumplir o vaciarse. Prefería pensar en Sudán como una misión temporal y no como ruptura. Todavía creía que podía mantener abiertas todas las vidas al mismo tiempo.
El día del examen apagó el teléfono durante el tiempo obligatorio. Al encenderlo, buscó primero mensajes de Brasil. Había dos. Ninguno contenía la captura.
Las pruebas no evaluaban únicamente conocimientos. Exigían adaptarse a procedimientos internacionales, trabajar en otro idioma y aceptar que la autoridad policial uruguaya no viajaría intacta con él. Ferraro debía demostrar capacidad para comenzar de nuevo.
El inglés que había utilizado con Alazari se convirtió en herramienta de futuro.
Las comunicaciones con Washington, Jerusalén y Brasil habían preparado sin intención aquella transición.
Interpol había sido una oficina uruguaya abierta al mundo; Naciones Unidas podía convertir el mundo en su oficina.
Aun así, dudó antes de presentar la documentación final. Irse poco después de la muerte de su padre podía parecer huida. Quedarse podía ser otra forma de continuar evitando el cambio. No encontró una decisión libre de culpa.
Eligió avanzar porque la enseñanza recibida nunca había sido permanecer inmóvil. El trabajo debía permitirle crecer, no convertirse en el precio de todo lo demás.
El proceso de selección le exigió explicar experiencias sin revelar información reservada.
Descubrió que podía describir competencias, coordinación y decisiones sin convertir a Alazari en el centro de su identidad profesional.
Había investigado muchos casos; este era el que más espacio ocupaba, no el único que lo definía.
Naciones Unidas prometía otro tipo de servicio.
Trabajar junto a policías de culturas distintas, aplicar estándares comunes y adaptarse a una misión internacional.
Ferraro veía continuidad con Interpol, pero también la posibilidad de empezar lejos de los lugares donde cada calle activaba un recuerdo.
Después del examen caminó sin rumbo por Montevideo. No sintió entusiasmo. Sintió la calma extraña de haber tomado una decisión que todavía podía no producir resultado. Por primera vez en meses, el futuro dependía de algo diferente a la próxima pista brasileña.
Guardó el resultado pendiente junto a una fotografía de su padre. El futuro y la ausencia quedaron dentro del mismo cajón.
La oportunidad dejó de ser abstracta cuando sonó el teléfono. Del otro lado estaba el subcomisario Marcelo, un policía con quien Ferraro ya había construido una relación de confianza.
—Tenemos un lugar para la República de Sudán. ¿Aceptás la oferta?
La pregunta era breve, pero contenía una vida completamente distinta.
Marcelo no podía saber entonces que aquella llamada prolongaría una amistad durante más de veinte años, ni que el trabajo volvería a reunirlos tiempo después en Sudán del Sur.
En aquel momento solo estaba abriendo una puerta y esperando la respuesta.
Ferraro aceptó.
Meses después preparó el equipaje. Su madre lo observó doblar uniformes, documentos y las pocas pertenencias capaces de acompañarlo hasta África.
—Vos no volvés más —le dijo—. Una vez que sepan lo que podés dar, no volvés más.
No hablaba necesariamente de una despedida definitiva. Hablaba de una transformación. Su hermana recibió un saludo y un hasta pronto que con el tiempo se estiraría mucho más de lo imaginado.
Ferraro no rompió de inmediato su vínculo formal con la Policía uruguaya. Su carrera en la institución terminaría en 2011. Para entonces, Sudán ya se había convertido en el comienzo de una trayectoria como peacekeeper y profesional de seguridad en África y en operaciones de paz.
El uniforme cambió de insignias, idioma y misión. Por dentro, nunca terminó de quitárselo.
Tampoco abandonó el caso. Desde Sudán mantuvo contacto con antiguos compañeros, policías e informantes.
Las noticias llegaban tarde y fragmentadas: una ubicación en Argentina, una decisión brasileña, un nombre dentro de otra investigación.
Ferraro ya no dirigía operativos ni tenía autoridad para interrogar. Comprobaba, preguntaba y guardaba.
Aprendió a separar obsesión de jurisdicción. Podía seguir una historia sin apropiarse del trabajo de quienes realizaban las capturas. Podía pedir una confirmación sin fingir que aún conservaba autoridad sobre el caso.
El equipo quedó en Uruguay. Ferraro se llevó la memoria de su manera de discutir una hipótesis, dudar de una respuesta demasiado cómoda y volver a la calle hasta que los hechos resistieran. A miles de kilómetros, aquella disciplina continuó acompañándolo.
En África descubrió otras fronteras y otras noches. Cuando una radio sonaba cerca de las dos, el cuerpo reaccionaba antes de comprender el mensaje. Entonces regresaban Libertad, la orden falsa y seis horas que todavía parecían moverse.
Su madre había acertado de una manera que ninguno comprendió en el aeropuerto. Ferraro volvería a Uruguay, pero no volvería a la vida que estaba dejando.
La carrera cambió. La pregunta no.