Capítulo 66 — Hiciste tu trabajo
Había dos columnas posibles para contar a Alazari. En una estaba lo comprobado: las huellas, la fuga, los documentos y la nueva captura. En la otra, lo repetido: todo lo que lo convertía en leyenda.
Entre ambas columnas estaba la verdad incompleta, la única que suele quedar después de una investigación real.
Ferraro pensó en llamar a su padre. El impulso duró apenas un instante y fue suficiente para vaciar la oficina. Hubiera querido decirle que el hombre del millón de dólares por cabeza estaba otra vez preso. Hubiera querido escuchar la respuesta seca que ya conocía: hiciste tu trabajo.
En lugar de eso, archivó la comunicación y continuó con el informe.
La frase apareció en la voz de su memoria: hiciste tu trabajo. No celebraba ni absolvía. Su padre habría pronunciado las palabras con sencillez, como si cumplir no mereciera exageración. Ferraro necesitaba escuchar precisamente esa falta de dramatismo.
Había imaginado muchas veces la captura. En ninguna versión había previsto que la alegría pudiera llegar mezclada con ausencia. El resultado que persiguió durante más de un año no devolvía las visitas postergadas ni las conversaciones reducidas a llamadas rápidas.
Pepe propuso brindar. Encontraron vasos de plástico y algo de bebida. El Mosquito habló del equipo completo, de los funcionarios brasileños y de quienes habían trabajado sin aparecer en la prensa. Ferraro levantó el vaso y pensó en el hombre que le enseñó por qué ocho millones podían no valer nada.
No contó la oferta públicamente como gesto heroico. Haberla rechazado era el mínimo que esperaba de sí mismo. El valor de la escena estaba en otra cosa: mostraba que Alazari creía que toda puerta tenía precio y que Ferraro necesitaba demostrar que estaba equivocado al menos una vez.
La captura no eliminaba el daño institucional. Dos presos habían salido de un penal con una orden falsa. Policías y civiles habían sido procesados. El sistema debía aprender de la fuga aunque el fugitivo estuviera nuevamente esposado.
Tampoco cerraba la persecución del Loro. Sus pistas seguían extendiéndose hacia Argentina y aparecerían años después. Ferraro entendió que nunca existiría una mañana en que todos los expedientes quedaran resueltos al mismo tiempo.
Aquella noche regresó a casa antes de lo habitual. No porque faltara trabajo, sino porque por primera vez aceptó que siempre faltaría.
Antes de dormir, miró la fotografía de su padre y dijo en voz baja que lo habían encontrado.
Ferraro archivó la notificación y mantuvo una copia en su carpeta personal como prueba de que una persecución podía terminar después de meses de repetición.
El equipo regresó rápidamente a sus tareas. Había otras órdenes, otros desaparecidos y nuevas solicitudes. Esa normalidad protegía a los policías del peso de cada caso, pero también podía impedirles reconocer cuándo algo los había transformado.
Al salir, Ferraro pasó por Mercedes 933, el edificio donde había comenzado en Interpol a las seis de la mañana con uniforme de parada, medallas, sable y guantes. Recordó al guardia nocturno y la oficina vacía. El trayecto parecía haber comenzado en otra vida.
La captura le permitió mirar hacia atrás por primera vez. Lo que vio no fue únicamente un éxito. Vio el costo de haberse convertido en esclavo de una misión que nunca le ordenó sacrificar tanto.
La celebración terminó temprano. Nadie tenía energía para una noche larga y todos sabían que la detención podía complicarse. Al salir, el Perro dijo que al menos esa vez el olfato había llegado hasta Brasil. Ferraro sonrió porque la broma no exigía una emoción mayor.
En el trayecto recordó la pregunta de su padre: cómo estás. Ahora podía formular una respuesta más honesta. Estaba cansado, orgulloso, triste y preparado para marcharse. Ninguna de esas palabras cabía en el informe que acababa de firmar.
Dormir tranquilo no significó dormir bien. Se despertó varias veces esperando el teléfono. A la mañana siguiente, la captura seguía siendo cierta. Por primera vez, comprobar una noticia después de dormir no la había convertido en mala.
La respuesta no llegó. Ferraro pudo imaginarla.