Capítulo 65 — Tres países
La captura concentró el caso en una celda brasileña y dispersó su futuro entre tres países. Uruguay quería juzgar la evasión y completar responsabilidades. Estados Unidos sostenía acusaciones de mayor escala. Brasil tenía investigaciones propias sobre drogas, lavado y asociaciones locales.
Cada pedido debía cumplir plazos, traducciones y requisitos. Ferraro conocía la paradoja: la cooperación internacional permitía localizar a un hombre en otro continente, pero la decisión sobre su destino podía avanzar a la velocidad de un expediente físico.
La demora anterior regresó a su pensamiento.
Si Estados Unidos e Israel habían mostrado tanto interés desde la detención de Punta del Este, ¿por qué la documentación de extradición había tardado meses?
¿Era burocracia ordinaria, disputa de prioridades o algo relacionado con la historia que Alazari contaba sobre inteligencia?
Ferraro no poseía prueba de un doble juego. La duda pertenecía a su memoria, no a una conclusión oficial. Precisamente por eso resultaba persistente. Las explicaciones incompletas sobreviven más que las falsas cuando nadie logra cerrarlas.
La teoría de Alazari era seductora: había trabajado para una unidad especial, recibido dinero y éxtasis para infiltrarse en Estados Unidos y luego elegido moverse hacia Brasil.
Si era cierto, su relación con los servicios explicaba capacidades y protecciones.
Si era mentira, explicaba su talento para manipular a quienes necesitaban creer que trataban con alguien excepcional.
Ferchu le recordó que una extradición lenta no demostraba conspiración. Los Estados pierden documentos, discuten competencias y responden tarde incluso en casos importantes. La explicación más frustrante podía ser también la más verdadera.
Ferraro aceptó la lógica sin abandonar la pregunta. No necesitaba resolverla para informar la captura. La intriga podía sobrevivir sin convertirse en revelación.
Alazari volvió a utilizar el tiempo jurídico. Desde una celda, sus abogados podían discutir destino, cargos y garantías. La diferencia era que ahora la puerta estaba vigilada por personas que conocían su historia.
Uruguay anunció que solicitaría la extradición. Estados Unidos también tenía interés. Brasil debía decidir primero cómo responder a sus propios procesos. Ferraro sabía que una prioridad jurídica no siempre coincide con la gravedad que cada investigador atribuye a su caso.
La experiencia anterior impedía confiar en un trámite rápido. Alazari había vivido durante meses entre la aceptación de una extradición y su ejecución. Ese espacio temporal permitió el intento en Cárcel Central y después el traslado a Libertad.
Ferraro pidió que los antecedentes de evasión acompañaran cada comunicación. No bastaba con mencionar alta peligrosidad como fórmula. Debía explicarse que había utilizado visitas, disfraces, sobornos, falsos agentes y documentos oficiales falsificados.
La justicia brasileña recibiría argumentos de la defensa. El Estado debía responder con hechos, no con la frustración uruguaya. Ferchu revisó cada palabra para evitar exageraciones que pudieran debilitar precisamente la cautela solicitada.
Los pedidos concurrentes crearon conversaciones diplomáticas que Ferraro veía desde el nivel operativo.
Cada país hablaba de prioridad y gravedad.
Él pensaba en el resultado concreto: una celda segura mientras los jueces decidían.
La mejor argumentación internacional no servía si alguien subestimaba otra vez el riesgo cotidiano.
Alazari podía aprovechar las diferencias entre expedientes. Una acusación discutida en un país, una traducción pendiente en otro, una causa local que modificaba plazos. Su conocimiento quizá no provenía de inteligencia secreta sino de años viviendo dentro de sistemas judiciales.
La demora dejó de parecer un accidente aislado y se convirtió en parte de su método. No necesitaba ganar definitivamente. Le bastaba con impedir una decisión el tiempo suficiente para encontrar debilidades, dinero o personas.
Tres países lo reclamaban. Ferraro solo quería que ninguno olvidara quién tenían delante.