Capítulo 62 — Quince días
En diciembre, la Policía Federal estrechó la vigilancia. Una información publicada después señalaría que seguían los pasos de Alazari desde hacía más de quince días. Para Ferraro, esas dos semanas fueron mensajes incompletos, confirmaciones parciales y la orden repetida de no precipitarse.
Los federales habían identificado rutinas alrededor de Ipanema.
El fugitivo llevaba aproximadamente un año moviéndose en Brasil y había construido relaciones suficientes para vivir sin esconderse de la manera tradicional.
La multitud, el dinero y los documentos prestados eran una forma de camuflaje.
Ferraro recibió una consulta sobre las marcas de quemaduras.
Respondió con el mismo detalle utilizado en la Seccional Décima de Maldonado.
Años antes, esa característica había quebrado la seguridad de Alazari.
Ahora podía ayudar a confirmar que el hombre observado no era otro portador del mismo nombre.
Las huellas seguían siendo necesarias. Una vigilancia podía reconocer gestos y rostro; una captura internacional necesitaba identidad capaz de resistir abogados, documentos y reclamos de extradición. Ferraro remitió nuevamente los registros disponibles.
La época navideña aumentaba el movimiento en Río. Playas, edificios y calles recibían personas que viajaban o preparaban celebraciones. El entorno ofrecía protección al fugitivo y dificultad a quienes lo seguían. También podía inducirlo a relajarse.
Alazari parecía confiar en que la demora lo favorecía. Había escapado del penal quince meses antes y sobrevivido a alertas de varios países. Cada semana libre confirmaba su idea de que el sistema podía ser administrado.
La Policía Federal esperó un momento de menor riesgo. No buscaba un enfrentamiento en medio de una multitud ni una persecución capaz de perderlo dentro de calles conocidas por sus contactos.
Ferraro no participaba de la vigilancia. Recibía fragmentos desde Montevideo y debía aceptar que el final de su caso estaba siendo preparado por personas cuyo rostro no conocía.
La vigilancia identificó un patrón de entradas y salidas.
Alazari utilizaba intermediarios, pero ningún sistema humano es perfecto.
Alguien repetía un automóvil; otro visitaba dos lugares que supuestamente no estaban conectados.
La Policía Federal construyó el vínculo mediante repeticiones pequeñas.
Ferraro evitó solicitar detalles que no necesitaba. Una filtración podía surgir incluso de la curiosidad bien intencionada. Cuantas menos personas conocieran el momento del abordaje, menor sería la posibilidad de otra puerta comprada.
La cercanía de Navidad podía favorecer el operativo. Muchos contactos modificaban rutinas, viajaban o se distraían. También aumentaba la presencia de civiles. Los federales debían elegir un instante que redujera el riesgo sin advertir al fugitivo.
El viernes veintidós terminó sin acción. Ferraro se marchó con el teléfono encendido y una sensación que no podía justificar con información formal.
Los federales no compartían nombres de fuentes ni detalles capaces de comprometer la vigilancia.
Ferraro recibía frases medidas: objetivo observado, contacto confirmado, operación en desarrollo.
Había pasado años reclamando prudencia a otras oficinas; ahora debía soportarla desde el lado de quien esperaba.
Una fotografía de baja calidad mostró a un hombre entrando en un edificio. La altura y la forma de caminar coincidían, pero el rostro quedaba parcialmente oculto. Ferraro evitó declarar identificación positiva. Después de todo el esfuerzo, un exceso de seguridad podía advertir al hombre equivocado.
La segunda imagen fue mejor. Aun así, la confirmación final dependería de la captura y las huellas. La Policía Federal mantuvo la vigilancia. Cada día adicional aumentaba la evidencia y también la posibilidad de que Alazari percibiera el seguimiento.
El día veintitrés comenzó como otro día de espera.