Capítulo 61 — Volver
Ferraro regresó a la oficina sin sentir que hubiera regresado realmente. Su silla, los expedientes y las claves estaban donde los dejó. Los demás hablaban en un tono ligeramente más bajo, como si el volumen pudiera impedir que algo se quebrara.
El Mosquito le ofreció tiempo. Ferraro respondió que trabajar era mejor. No explicó mejor que qué. Se sentó frente a las comunicaciones brasileñas y comenzó a ordenar fechas. La precisión le proporcionaba una superficie sobre la cual apoyar la cabeza.
Pepe no le permitió quedarse solo esa noche. Revisó informes en otro escritorio aunque su tarea podía esperar hasta la mañana. Cada tanto preguntaba por un dato trivial. Era una compañía diseñada para no parecer cuidado.
Alazari se movía en Río. Las fuentes indicaban contactos con una estructura de drogas y posibles domicilios en Ipanema.
La Policía Federal observaba sin intervenir.
Ferraro entendía la estrategia: detenerlo demasiado pronto podía dejar sin identificar a sus asociados. Emocionalmente, solo veía otra demora.
La paciencia que exigía la investigación comenzó a parecerse a la paciencia que la enfermedad había exigido a su familia. En ambos casos, Ferraro había intentado combatir la impotencia acumulando tareas. Una persecución al menos prometía un arresto al final.
Fabri le entregó una cronología limpia. Ferraro corrigió dos palabras y se detuvo. El trabajo del joven era impecable. Por primera vez comprendió que el caso podía avanzar sin que él vigilara cada línea.
Esa comprensión no lo alivió. Lo dejó frente a la pregunta que había evitado durante años: qué quedaba de él cuando el trabajo continuaba en manos de otros.
Durante la primera reunión, Peñaloza resumió las novedades sin exigir reacción. Había indicios en Río, una línea de vigilancia y contactos que todavía no podían ser intervenidos. Ferraro agradeció la precisión. Los hechos concretos eran más soportables que las condolencias.
El equipo había continuado sin él. Ningún dato se perdió, ningún canal se cerró. Esa comprobación era profesionalmente satisfactoria y personalmente incómoda. Mostraba que la institución podía sostenerse mientras él se detenía, algo que su obsesión se había negado a aceptar.
Al finalizar la jornada, el Mosquito le ordenó marcharse. Ferraro llegó hasta la puerta y regresó por un documento que no necesitaba. El jefe lo acompañó esta vez hasta la calle.
La ciudad seguía funcionando con indiferencia. Ferraro caminó unos metros sin destino, como si hubiera olvidado qué hacía una persona después del trabajo.
El primer informe que firmó después del regreso llevaba una fecha que lo obligó a detenerse. Escribió el día y el mes dos veces. Nadie comentó el error. Fabri imprimió otra copia y la dejó sobre la mesa como si el papel anterior hubiera salido defectuoso.
Ferraro comenzó a reconocer el cuidado silencioso del equipo. No lo trataban como frágil ni esperaban una confesión emocional. Simplemente absorbían tareas, comprobaban horarios y evitaban que quedara solo cuando el edificio se vaciaba.
Esa forma de lealtad se parecía a la que él había buscado durante toda la investigación: no proteger al compañero de las consecuencias, sino protegerlo mientras enfrentaba la verdad.
En el penal habían interrogado policías.
En la oficina, sus compañeros impedían que Ferraro se ocultara completamente detrás del cargo.
Encendió nuevamente la luz. Volver era el único movimiento que conocía.