A las Dos de la Mañana Capítulo 60 — Veintiocho de octubre
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Capítulo 60 — Veintiocho de octubre

Ferraro conservaría la fecha como se conservan los datos que dividen una vida.

No necesitaba consultar un expediente ni reconstruir horarios.

Todo lo anterior pertenecía a un mundo en el que todavía podía llamar.

Todo lo posterior comenzó con la certeza de que ninguna llamada sería respondida por la misma voz.

La muerte no llegó acompañada por una pausa proporcionada a su importancia. Había gestiones, personas, trámites y palabras de consuelo que exigían respuesta. Ferraro cumplió con cada cosa como había cumplido una diligencia: se concentró en el siguiente paso porque mirar el conjunto era imposible.

Sus compañeros no intentaron convertir el dolor en conversación. Pepe permaneció cerca. El Perro se ocupó de llamadas prácticas. Fabri tomó tareas sin preguntar cuándo regresaría. Ferchu recordó a todos que el expediente podía esperar. El Mosquito protegió el silencio alrededor de Ferraro.

La ausencia adquirió formas pequeñas. Un número en el teléfono que ya no debía marcarse. Una historia policial cuya respuesta podía anticipar. El impulso de contarle algo y la corrección inmediata de ese impulso.

Ferraro pensó en el blindado y en la oferta de Alazari. Hubiera querido repetir la escena, escuchar la opinión de su padre y confirmar que había actuado como le enseñaron. Sabía cuál habría sido la respuesta. Conocer esa respuesta jamás equivaldría a oírla.

No convirtió el duelo en una explicación pública. Su situación personal permanecería fuera del relato tanto como fuera necesario. Pero desde aquel día, cada éxito profesional llevaría una sombra: la persona que había construido su idea del deber no estaría para verlo.

La persecución continuaba en Brasil. El nombre de Alazari seguía apareciendo en mensajes que Ferraro no estaba preparado para leer y tampoco podía ignorar.

El uniforme adquirió un peso diferente durante esos días. Había representado continuidad entre padre e hijo, servicio y pertenencia. Ahora recordaba que una carrera puede atravesar décadas mientras una vida se termina sin esperar que el último caso quede resuelto.

Ferraro recibió pésames de personas que no conocían a su padre pero conocían su trayectoria. Las palabras componían el retrato de un policía y dejaban fuera al hombre privado. Comprendió que él también corría el riesgo de ser recordado únicamente por su trabajo.

No quiso revisar decisiones pasadas frente a los demás. A solas, cada noche traía una lista de visitas aplazadas. El duelo buscaba culpabilidad porque la culpa ofrece la ilusión de que el pasado podía haberse controlado.

La frase dormir tranquilo dejó de ser únicamente una regla contra la corrupción. Comenzó a incluir la forma en que se utiliza el tiempo antes de que sea demasiado tarde.

Los días siguientes no tuvieron una secuencia limpia.

Algunos recuerdos conservaron una nitidez dolorosa; otros desaparecieron por completo.

Ferraro podía reconstruir una operación de veinte años atrás y, sin embargo, no ordenar cada hora de aquella semana.

La memoria protege y castiga con criterios propios.

Entre papeles personales apareció una referencia a su carrera. No era una carta solemne ni una declaración final. Bastó una anotación para confirmar que su padre había seguido sus pasos profesionales con atención. Ferraro la guardó junto a documentos que nunca mostraría en la oficina.

El caso Alazari dejó de ser únicamente una misión. Se convirtió en la última investigación sobre la que había hablado con su padre. Capturarlo ya no podía cambiar nada, pero Ferraro sintió que abandonar la búsqueda sería abandonar también esa conversación inconclusa.

El 28 de octubre terminó. La fecha no.