A las Dos de la Mañana Capítulo 57 — La luz encendida
71%

Capítulo 57 — La luz encendida

El tiempo también avanzaba fuera del caso.

La salud del padre de Ferraro empeoraba.

Él respondió como respondía ante casi todo: trabajando más.

No habló de su vida familiar en la oficina y no buscó convertir el dolor en explicación.

Pero cada llamada que recibía de madrugada llevaba por un instante la posibilidad de una noticia distinta.

En la Dirección Nacional contra el Crimen Organizado e Interpol ya no existía para él una frontera clara entre servicio y vida privada.

Las libretas viajaban a su casa. Los nombres lo acompañaban mientras comía.

Antes de dormir repasaba rutas; al despertar comprobaba mensajes de Brasil y Argentina.

Quería atrapar a Alazari y al Loro Lunático, pero la persecución también le permitía evitar todo aquello que no sabía resolver fuera del trabajo.

Peñaloza lo veía llegar antes que los demás y marcharse después.

El Mosquito comenzó a quitarle tareas para obligarlo a descansar.

Pepe no le daba consejos; dejaba un café sobre el escritorio y se sentaba cerca.

Ferchu le recordaba que ninguna urgencia corregía una prueba mal obtenida.

Fabri, que todavía conservaba la separación entre el uniforme y su casa, observaba en silencio lo que podía ocurrirle a un buen policía cuando el compromiso dejaba de tener límites.

Ferraro llamaba disciplina a lo que ya era dependencia. Si el caso avanzaba, necesitaba saber el siguiente movimiento. Si se detenía, sentía que los fugitivos recuperaban distancia. Alazari había escapado una sola vez del penal; desde entonces se fugaba todas las noches dentro de su cabeza.

La oficina de Maldonado 1141 cambiaba durante la noche.

Sin funcionarios entrando y saliendo, los teléfonos parecían más fuertes.

Ferraro trabajaba bajo una lámpara, con los nombres de Alazari y el Loro separados sobre el escritorio y la salud de su padre ocupando un espacio que no figuraba en ninguna carpeta.

Había días en que prometía marcharse temprano.

Entonces llegaba un mensaje desde Brasil, un dato argentino o una consulta de Washington.

La promesa se desplazaba una hora y después desaparecía.

El trabajo no le pedía explícitamente que entregara toda su vida; él ofrecía cada parte antes de que se la reclamaran.

Pepe conocía ese mecanismo. Dejaba un café y preguntaba si realmente era necesario responder esa misma noche. Ferraro siempre encontraba una razón: diferencias horarias, riesgo de perder una vigilancia, necesidad de que el pedido estuviera listo al comienzo de la jornada brasileña.

El Mosquito comenzó a asignar algunas comunicaciones a Fabri y Ferchu. Ferraro lo interpretó como pérdida de control. Su jefe lo veía como protección del equipo y del investigador. Una investigación sostenida por un solo hombre se vuelve frágil, aun cuando ese hombre se considere indispensable.

—Alazari duerme —le dijo una noche—. Vos también tendrías que hacerlo.

Ferraro respondió que Alazari podía dormir porque otros vigilaban por él. El Mosquito no discutió. Apagó una de las luces al marcharse, dejando encendida únicamente la que estaba sobre el expediente.

El calendario avanzaba sin producir una captura.

Cada semana, Ferraro añadía fechas a la cronología brasileña y eliminaba direcciones que ya no servían.

El expediente crecía mientras el objetivo parecía volverse más abstracto.

La cantidad de papel era inversamente proporcional a la cercanía del hombre.

Peñaloza observaba el desgaste desde su oficina.

Le recordó que Interpol no era una promesa de resultados inmediatos; era una red diseñada para que una búsqueda continuara cuando el investigador original ya no podía seguir físicamente.

Ferraro escuchó esa definición como una advertencia sobre su propia necesidad de control.

La obsesión tenía una apariencia útil. Llegaba temprano, respondía rápido y conocía cada detalle. Nadie podía señalar una falta concreta. El daño ocurría en aquello que dejaba de existir fuera de la oficina: descanso, conversaciones y la capacidad de estar en un lugar sin esperar el teléfono.

Cuando finalmente apagó la luz, el amanecer ya se reflejaba en las ventanas. Había trabajado toda la noche para confirmar que no existían novedades.

En una libreta aparte, Ferraro anotaba todo lo que debía hacer al día siguiente.

La lista nunca disminuía. Cuando tachaba una solicitud aparecían dos respuestas pendientes; cuando descartaba un domicilio surgían tres nombres asociados.

El método que antes le daba control comenzó a demostrarle que el caso podía reproducirse sin límite.

Fabri aprendió a anticiparse. Preparaba resúmenes antes de que se los pidieran y señalaba con colores la confiabilidad de cada fuente.

Ferraro revisaba todo dos veces hasta que una noche descubrió que no tenía nada que corregir.

El alivio duró poco: delegar significaba aceptar que otro podía cuidar una parte de la misión.

Desde Brasil llegó un mensaje negativo sobre una dirección. Ferraro lo archivó y comenzó inmediatamente otra solicitud. No sintió decepción porque ya no esperaba emociones de cada dato. La obsesión había transformado la investigación en respiración: continuar no requería una decisión consciente.

Durante varios minutos, Ferraro miró la mitad oscura de la oficina. Después continuó trabajando.