A las Dos de la Mañana Capítulo 58 — La llamada equivocada
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Capítulo 58 — La llamada equivocada

Cada vez que sonaba el teléfono, Ferraro necesitaba un segundo para decidir cuál de sus dos vidas estaba llamando. Podía ser Brasil con una pista, Argentina con otro nombre o su familia con una noticia sobre su padre. El cuerpo reaccionaba antes de que la pantalla mostrara el número.

En una madrugada contestó en inglés. Del otro lado hubo silencio y después una voz conocida que preguntó si lo había despertado. Ferraro cambió de idioma, se levantó del escritorio y caminó hacia una ventana. La noticia podía esperar; el deterioro de la salud de su padre, no.

No hizo preguntas suficientes. Escuchó indicaciones, prometió comunicarse y terminó la llamada con la rapidez adquirida durante años de servicio. Cuando volvió a sentarse, descubrió que no podía recordar la última frase que le habían dicho.

Fabri llegó temprano y lo encontró revisando un informe sin pasar de la primera página. Ferraro explicó que esperaba información de Río. No mencionó la llamada familiar. Proteger la intimidad se había convertido también en una forma de evitar que alguien le ordenara detenerse.

El equipo trabajaba sobre posibles apartamentos de Alazari. Los federales seguían a personas relacionadas con drogas y lavado, pero todavía no podían confirmar dónde dormía. Cada dirección se abría y se cerraba antes de transformarse en captura.

Ferraro llamó a su casa durante el almuerzo. Esta vez nadie respondió. Esperó diez minutos, volvió a marcar y obtuvo una explicación simple: estaban ocupados. Sintió alivio y vergüenza por haberlo sentido.

La persecución le había enseñado a imaginar el peor resultado detrás de una demora. Aplicaba la misma lógica fuera del trabajo aunque allí no tuviera procedimiento capaz de protegerlo.

Su padre nunca utilizó la enfermedad para exigir presencia. Esa ausencia de reclamo facilitaba que Ferraro postergara. Podía decirse que nadie lo obligaba a elegir. En realidad, elegía cada vez que respondía primero un mensaje del caso.

El teléfono se convirtió en objeto de culpa. Si lo apagaba, podía perder una alerta. Si lo mantenía encendido, cualquier conversación quedaba interrumpida. Alazari no necesitaba conocer a Ferraro para ocupar su vida; le bastaba con permanecer prófugo.

Pepe le sugirió establecer turnos de disponibilidad. Ferraro aceptó en teoría y continuó contestando fuera del suyo. Confundía responsabilidad con la imposibilidad de delegar.

La siguiente llamada desde Brasil llegó mientras hablaba con su familia. Ferraro pidió un momento, atendió y tardó cuarenta minutos en regresar. La conversación anterior ya no pudo continuar.

El Perro le preguntó una mañana cuándo había comido por última vez.

Ferraro respondió con una hora aproximada que pertenecía al día anterior.

Salieron a un bar cercano y hablaron de cualquier cosa menos de Alazari.

A mitad del café, el teléfono vibró. Ferraro lo miró sin atender.

El esfuerzo de dejarlo sonar fue mayor que muchos interrogatorios.

Cuando devolvió la llamada descubrió una consulta administrativa que cualquiera podía haber respondido. Ferraro comprendió que su disponibilidad total había enseñado a los demás a buscarlo incluso cuando no era necesario. Él mismo había construido la cadena que ahora lo retenía.

Intentó reservar una tarde para su padre. El plan cambió por una información que parecía decisiva y resultó falsa. Esa noche no se reprochó haber trabajado; se reprochó haber creído, otra vez, que la pista no podía esperar unas horas.

Al final del día, guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco. Ya no sabía cuál llamada temía más perder.