Capítulo 56 — Dos prófugos
Fabri dividió el tablero. A la izquierda colocó las pistas de Alazari en Brasil. A la derecha, los contactos del Loro hacia Uruguay y Argentina. En el centro dejó la fuga, el hecho que todavía los unía.
Hasta entonces, una pista sobre cualquiera podía conducir al otro. Después de la separación, cada hombre utilizó países, necesidades y redes distintas. La Policía ya no perseguía una pareja. Perseguía dos mundos.
Las noticias sobre el Loro se volvieron esporádicas. Las de Alazari formaron un patrón. Vehículos que repetían recorridos, apartamentos ocupados durante períodos breves y comunicaciones con personas investigadas por drogas indicaban que no se limitaba a esconderse. Estaba reconstruyendo una red.
La Policía Federal brasileña observaba a los asociados en lugar de buscar únicamente su rostro. Un fugitivo podía cambiar de nombre y domicilio. Sus relaciones de confianza cambiaban con mayor lentitud.
Ferraro recibía avances incompletos. Una semana, un informante lo ubicaba en Río. Otra, una identidad parecía vinculada a un apartamento. Después llegaban días de silencio. Cada mensaje alcanzaba para mantener la búsqueda; ninguno permitía anunciar que el final estaba cerca.
Estados Unidos lo reclamaba por narcotráfico, lavado y extorsión. Uruguay lo quería por la evasión. Brasil investigaba delitos cometidos en su territorio. Las pretensiones de tres países no siempre sumaban fuerza. También podían producir demoras que Alazari conocía y aprovechaba.
La prensa recuperó la historia del Mossad y la supuesta Unidad K. Ferraro volvió a la pregunta que lo acompañaba desde Punta del Este: si Alazari había sido un activo tan importante, ¿por qué la documentación necesaria para extraditarlo había llegado siempre con tanta lentitud?
Podía tratarse de burocracia, disputas jurídicas o procedimientos ordinarios. También podía alimentar la versión del doble juego que Alazari vendía con tanta seguridad. Ferraro no eligió la explicación más atractiva. Tampoco consiguió descartarla.
Pepe le recordó que una investigación internacional se mide en meses, no en madrugadas. Ferraro miró el centro del tablero. Había visto lo que seis horas podían hacer.
La Policía Federal esperaría un error: una llamada demasiado larga, un automóvil repetido, una visita innecesaria. Ferraro no podía provocar ese error desde Montevideo. Solo podía mantener abiertas las conexiones hasta que ocurriera.
Antes de marcharse escribió una instrucción en el margen de un informe: no perseguir el mito. Buscar llamadas, dinero, vehículos y personas. Era una advertencia para todos y, sobre todo, para él.