A las Dos de la Mañana Capítulo 54 — El socio
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Capítulo 54 — El socio

Tres informes llegaron a Montevideo por caminos distintos. Los tres repetían la misma idea: en Brasil, el Loro había dejado de ser socio de Alazari.

Ferraro nunca se sentó frente al Loro. Reconstruyó ese tramo mediante policías, informantes y personas que afirmaban haber hablado con él. Los detalles cambiaban; la ruptura entre los dos fugitivos permanecía.

Habían salido juntos del Penal de Libertad y compartido las horas en que cualquier patrullero podía devolverlos a una celda. Durante el viaje fumaron, hablaron de dinero y se trataron como iguales. La frontera alteró el pacto.

En Río de Janeiro, Alazari tenía contactos, idioma y recursos. El Loro tenía un apodo conocido en Uruguay y una reputación que nadie estaba obligado a respetar allí. Según los relatos, Alazari lo presentó como un hombre capaz de manejar armas y soportar presión. No como invitado. Como soldado.

Los contactos funcionaban por capas. Un conductor no conocía al dueño de la vivienda. Quien llevaba comida no preguntaba por los huéspedes. Otro hombre transmitía órdenes sin entrar. Alazari se movía con comodidad dentro de esa fragmentación; el Loro dependía de traducciones y permisos.

Las fuentes mencionaban al PCC. Ferraro nunca pudo comprobar que ambos hubieran ingresado formalmente al Primeiro Comando da Capital.

Podía tratarse de una banda vinculada, de hombres que utilizaban aquellas siglas como garantía o de un contacto real que no quedó documentado para él.

La distinción importaba para el libro. Para el Loro, rodeado de hombres armados, debió de importar mucho menos.

Los relatos lo situaban en una favela de pendientes estrechas, cables bajos, motocicletas y observadores capaces de anunciar la llegada de la Policía antes de que los primeros agentes comenzaran a subir.

No era una ciudad aparte. Familias, comercios y trabajadores convivían bajo una estructura que controlaba accesos y castigaba desobediencias.

En Uruguay, el apodo del Loro abría espacios. Allí lo volvía visible. Aprendió palabras básicas en portugués, pero las decisiones importantes ocurrían fuera de su alcance. Cada traducción podía contener una orden sobre su propio destino.

Cuando preguntaba por el dinero, recibía promesas. Cuando preguntaba por el próximo movimiento, le ordenaban esperar. La fuga había terminado; su libertad continuaba administrada por otros.

Ferraro y sus compañeros buscaron un lugar concreto dentro de fragmentos imprecisos: una pendiente, una vista, el nombre incompleto de un barrio, un vehículo utilizado más de una vez.

Los brasileños necesitaban un número, un domicilio o una reunión.

La distancia convertía cada rumor en una prueba de paciencia.

Alazari no necesitó traicionar al Loro delante de testigos. Le bastó con dejar de tratarlo como un hombre que podía elegir.