Capítulo 53 — La otra orilla
Alazari no entraba en un territorio desconocido.
Había hablado de contactos, negocios y protección mucho antes de la fuga.
Si su historia sobre servicios de inteligencia era verdadera, sabía trabajar mediante compartimentos.
Si era una leyenda construida por él mismo, había aprendido a utilizarla para que los demás imaginaran recursos que quizá no poseía.
El Loro cruzaba en otra condición. En Uruguay su apodo producía miedo y reconocimiento. Del otro lado era un hombre sin idioma, sin documentos sólidos y dependiente de quien había pagado la salida. La fuga los había unido, pero la frontera revelaría la desigualdad entre ambos.
Ferraro pidió a los enlaces brasileños que no buscaran únicamente hoteles. Un fugitivo internacional con dinero evita los lugares donde una recepción registra su rostro. Necesita apartamentos prestados, casas controladas por terceros y vehículos cuyos conductores no formulen preguntas.
Las primeras respuestas fueron prudentes. Brasil tenía sus propias investigaciones, prioridades y reglas. Interpol podía acelerar el intercambio; no podía ordenar a otra policía dónde desplegarse. Cada dato debía transformarse en una solicitud útil y cada solicitud necesitaba un fundamento.
Pepe abrió una hoja exclusiva para fuentes de Brasil. Separó Porto Alegre, São Paulo y Río de Janeiro. El nombre de Alazari aparecía asociado a personas capaces de mover drogas, dinero y documentos. Ninguna información incluía todavía una dirección en la que pudiera tocarse una puerta.
El Mosquito recordó al equipo que la ausencia de ubicación no significaba inactividad. Alazari debía comunicarse, pagar refugio y organizar protección. Cada necesidad generaría un contacto. La tarea era esperar la primera conexión sin permitir que el ruido de los rumores la ocultara.
En la oficina, Ferraro marcó la frontera con un lápiz rojo. Hasta allí llegaba la persecución visible. Del otro lado comenzaba una búsqueda sostenida por colegas, informantes y tiempos judiciales que él no controlaba.
Sintió la misma frustración que frente a la puerta del penal: saber dónde había fallado el sistema no significaba poder cerrarlo de inmediato. Alazari había vuelto a colocar distancia entre el hecho y la autoridad capaz de alcanzarlo.
Las alertas incluían huellas porque los nombres podían cambiar.
Ferraro recordaba cómo aquellas impresiones digitales habían derrumbado la identidad utilizada en Punta del Este.
En Brasil volverían a ser la referencia más estable: un hombre podía comprar pasaportes, modificar su apariencia y aprender otro acento, pero continuaba llevando en las manos el archivo que lo había descubierto.
Ferchu revisó las bases jurídicas de cada requerimiento.
Una difusión internacional no reemplazaba una orden de captura local ni resolvía por sí sola una extradición.
Esa distancia entre información y autoridad había protegido a Alazari antes y podía protegerlo de nuevo si algún funcionario suponía que bastaba con reconocerlo.
Ferraro envió una síntesis que evitaba la mitología. Altura aproximada, marcas de quemaduras, idiomas, identidades conocidas, peligrosidad y vínculos. No escribió exagente secreto como si fuera profesión comprobada. Los colegas necesitaban encontrar a un hombre, no perseguir una leyenda.
La respuesta brasileña llegó al final de la jornada: verificarían los contactos. Era una frase administrativa, breve y correcta. Para Ferraro significaba entregar parte del caso y aceptar que el próximo movimiento ocurriría lejos de sus ojos.
Durante semanas, la oficina funcionó con dos relojes.
El uruguayo medía la urgencia de una fuga que acababa de ocurrir; el brasileño medía el tiempo necesario para verificar fuentes sin alertar a una organización local.
Ninguno estaba equivocado. El problema era que Alazari vivía exactamente dentro de esa diferencia.
Ferraro comprendió que la cooperación también exigía humildad.
En Uruguay conocía el expediente mejor que nadie; en Brasil era un extranjero solicitando movimientos sobre barrios y personas que los federales investigaban desde antes.
Debía ofrecer valor sin pretender dirigir un terreno que no conocía.