Capítulo 52 — La frontera seca
La información que llevó al equipo hacia Rivera llegó fragmentada: movimientos al norte, posibles contactos y la urgencia de advertir a Brasil. Ferraro viajó con parte del equipo porque la distancia ya no podía administrarse únicamente por teléfono.
Pepe mantenía contacto con las unidades locales. Algunas sostenían que habían conocido la fuga por la radio. Si era correcto, el fallo no estaba en una barrera concreta sino en el tiempo que tardó el sistema en comprender que debía cerrarla.
En cada ciudad llegaban versiones. Un hombre alto que hablaba mal español. Dos vehículos juntos. Una motocicleta detenida junto a un teléfono público. Fabri aplicaba distancia y horario para descartar imposibles. La mayoría de los datos moría antes de alcanzar el siguiente departamento.
El cansancio volvió cerca de Tacuarembó. Ferraro llevaba demasiadas horas despierto y sabía que la obsesión no mejoraba los reflejos. Se turnaron para conducir. Dormir veinte minutos dentro de un automóvil le pareció una deslealtad, aunque era exactamente lo que el trabajo exigía.
Rivera y Santana do Livramento forman una continuidad que desconcierta a quien imagina una frontera como barrera. Calles, comercios y familias atraviesan una línea política casi invisible. Un hombre puede salir de Uruguay caminando sin escuchar una puerta cerrarse detrás.
Los enlaces brasileños recibieron fotografías, huellas y antecedentes. Ferraro insistió en que Alazari podía ofrecer dinero, utilizar documentos falsos y recurrir a la violencia. Washington había enviado la misma advertencia al producirse la detención: armado y peligroso.
La cooperación comenzó con llamadas y continuó mediante mensajes oficiales. Interpol permitía que una búsqueda sobreviviera al límite territorial, pero no eliminaba jurisdicciones. Uruguay debía entregar información y confiar en colegas a quienes quizá nunca había visto.
Los controles visibles tenían una utilidad limitada. Detener cada automóvil habría paralizado la frontera sin garantizar el hallazgo. El equipo compartió rasgos físicos, cicatrices, identidades y posibles contactos con quienes conocían hoteles, terminales y barrios.
Ferraro comprendió que habían llegado tarde para cerrar el paso, pero todavía podían reconstruir la red que lo había atravesado. En la frontera terminaba su autoridad directa. La persecución no terminaba: cambiaba de idioma.