Capítulo 51 — BAV 736
Ferraro entrevistó en Interpol al propietario anterior. El hombre llegó con recibos y documentación de la compraventa. Explicó que la Suzuki había sido pagada al contado: once mil novecientos dólares.
La cifra obligaba a mirar la operación con otra escala. El Duna destinado a una madrugada había costado cuatro mil novecientos. La motocicleta valía más del doble. No era un detalle mecánico; era dinero transformado en movilidad.
Ferraro revisó fechas, firmas y la forma de pago. El vendedor podía demostrar que había entregado el vehículo. La tarea consistía en seguir el tramo siguiente: quién puso el efectivo, quién retiró la moto, quién la utilizó y por qué terminó incautada junto con otros elementos de la investigación.
—Fue contado —repitió el hombre, señalando los recibos—. Once mil novecientos.
Ferraro pidió que no redondeara. En un expediente, la diferencia entre un recuerdo aproximado y un comprobante puede decidir qué parte de una declaración se sostiene.
No necesitaba convertir la Suzuki en vehículo de avanzada para que fuera relevante. La compra en efectivo mostraba capacidad económica, contactos y preparación logística. También ofrecía una cadena concreta: antiguo propietario, recibo, pago, entrega y nuevo poseedor.
La investigación siguió teléfonos y relaciones alrededor del comprador. Algunos nombres coincidían con los de la fuga; otros pertenecían a personas que podían haber realizado una transacción sin conocer su destino final. Vincular no significaba condenar.
Ferraro guardó copia de los recibos junto a la documentación del Duna y del coche alquilado.
Tres vehículos, tres funciones posibles y tres tipos de rastro.
El Fiat dejaba matrícula y automotora. El alquiler dejaba contrato.
La Suzuki dejaba un vendedor capaz de sentarse frente a Interpol y explicar, documento por documento, cómo había cambiado de manos.
En las primeras horas, la memoria puede convertir una máquina en una imagen. La investigación debía devolverle número, matrícula y propietario.