A las Dos de la Mañana Capítulo 41 — La primera bolsa
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Capítulo 41 — La primera bolsa

Kiyú obligó a la investigación a dividirse. Una parte del equipo debía seguir la pista del dinero; otra, la de los vehículos que avanzaban hacia Rivera. Ferraro quería estar en ambos lugares. El Mosquito le recordó que ese deseo era la forma más rápida de perder los dos.

—Vos venís conmigo —decidió—. Pepe coordina la información de frontera. Fabri ordena las declaraciones. El Perro se queda con los domicilios.

La información sobre Kiyú hablaba de una cabaña, hombres reunidos y una bolsa negra.

En el operativo que Ferraro recordaría quedaron tres detenidos.

Las crónicas ampliarían luego el círculo: mencionarían once personas localizadas y siete procesamientos, cifras que mezclaban capturas, interrogatorios y decisiones judiciales.

Aquella noche, dentro del despliegue, los números importaban menos que una suma concreta: cincuenta mil dólares.

En la memoria de Ferraro era dinero separado del hallado en Libertad: dos bolsas, dos lugares y al menos dos funciones dentro del plan.

En Libertad, el registro citado había fijado cincuenta y tres mil setecientos dólares y mil pesos; en Kiyú, la línea de investigación hablaba de otra suma cercana a cincuenta mil dólares.

La reconstrucción ministerial habló de una operación de alrededor de cien mil dólares; redondeados, los dos hallazgos alcanzaban ese orden de magnitud.

Fuera cual fuese el total definitivo del expediente, el dinero demostraba la estructura. Pagar una puerta no bastaba. Había que conseguir documentos, hombres, armas, vehículos, refugios y silencios.

La llamada sobre Kiyú llegó cuando todavía terminaban las actas. Hablaba de movimientos vinculados al grupo, una reunión y otra suma capaz de pertenecer al mismo presupuesto. El equipo debía decidir qué pista atender sin abandonar la cadena del dinero ya encontrado.

Ferraro quería acompañar el operativo y al mismo tiempo seguir las novedades sobre el Duna. El Mosquito lo obligó a elegir mediante una asignación directa. La disciplina del equipo existía precisamente para impedir que la obsesión de un investigador dispersara recursos.

El dinero encontrado en Libertad podía representar solo una parte del pago. Podía corresponder al oficial, a una parte pendiente de distribución o a fondos reservados para sostener la huida. La bolsa de residuos no incluía instrucciones.

Inteligencia trabajaba sobre otra suma cercana a cincuenta mil.

Ferraro conservaba dos hallazgos separados: algo más de cincuenta mil debajo de una cama y aproximadamente cincuenta mil en la línea de Kiyú.

La información ministerial reuniría ambas actuaciones bajo una cifra redonda cercana a los cien mil dólares.

Lo importante era mostrar la escala, sin forzar una contabilidad perfecta veinte años después. Había dinero para comprar el Duna, alquilar otro vehículo, conseguir armas, pagar colaboradores y esconder a dos hombres después de cruzar la puerta.

Aguerre no había sido el único receptor posible. Cada participante necesitaba una parte y cada parte generaba un vínculo. Seguir el dinero podía llevar hacia quienes prepararon la fuga aunque los fugitivos ya estuvieran lejos.

Ferraro miró la bolsa sellada antes de entregarla formalmente. Era el primer objeto que permitía tocar el precio de la traición. También era una promesa: en algún otro lugar alguien esperaba cobrar, repartir o recuperar lo que faltaba.

El teléfono del Mosquito volvió a sonar.

—Tres hombres en Kiyú —dijo después de escuchar—. Nos están esperando.

La jueza autorizó nuevas medidas a partir de los nombres entregados y los contactos detectados. Cada operación debía mantenerse separada para evitar que una filtración permitiera mover el dinero restante.

Kiyú ofrecía costa, viviendas temporales y caminos donde una reunión podía parecer un fin de semana. También quedaba lo bastante lejos de Libertad para separar a los participantes del lugar de la fuga.

Los tres posibles detenidos debían ser observados antes de actuar. Si existía otra bolsa, capturarlos demasiado pronto podía dejarla en manos de alguien no identificado.

Ferraro subió al vehículo con la sensación de que la investigación acababa de cambiar de naturaleza. Ya no preguntaban solamente cómo se había abierto una puerta. Seguían el dinero hacia quienes podían haber financiado la maniobra.

El equipo dividió nuevamente la información en hechos y memoria.

El hallazgo de Libertad era concreto; la suma que seguía Inteligencia pertenecía a otra actuación y debía documentarse por separado.

Años después, Ferraro recordaría aproximadamente cincuenta mil dólares, pero no permitiría que nadie fundiera ambos operativos como si fueran uno.

Los nombres surgidos del interrogatorio apuntaban hacia intermediarios capaces de ofrecer logística, vehículos y contactos.

Algunos podían haber aceptado una tarea sin conocer la identidad real del fugitivo.

Otros sabían exactamente a quién estaban ayudando.

Kiyú debía revelar qué nivel de la operación habían alcanzado.

Antes de salir, Ferraro llamó a su casa y cortó sin explicar cuándo regresaría. La salud de su padre empeoraba y él continuaba midiendo su vida en operativos. Quiso prometer que llamaría después, pero ya no sabía cuándo sería después. En ese momento solo existía la próxima dirección.

Ferraro tomó su saco. La investigación dentro del penal había encontrado al hombre y el dinero. Ahora debía volver a la ruta.