Capítulo 42 — Hacia Kiyú
La salida hacia Kiyú comenzó antes de que el dinero de Libertad terminara de ser contado.
El Mosquito recibió una información que vinculaba una cabaña del balneario con hombres investigados por la fuga.
Todavía tenían una dirección, una reunión y la posibilidad de hallar otra parte del pago, no una certeza.
Ferraro subió al vehículo con la misma ropa que llevaba desde la mañana.
Sentía el cansancio en la espalda, pero la cabeza seguía demasiado despierta.
El dinero encontrado debajo de una cama había cambiado el caso: ya no perseguían solamente a dos evadidos.
Perseguían una red que había convertido dinero en documentos, voces, armas y transporte.
La ruta hacia San José atravesaba campos quietos.
La normalidad del paisaje chocaba con la urgencia dentro del vehículo.
El Mosquito distribuía funciones; Ferchu repasaba las condiciones de la orden; Fabri organizaba nombres y teléfonos.
El Perro había quedado cerrando actuaciones en Libertad.
Pepe mantenía contacto con las unidades que recibían información de frontera.
—Tres objetivos confirmados —dijo el Mosquito—. Los demás pueden ser acompañantes o pueden formar parte.
Ferraro conservó esa cifra. En su memoria operativa, tres personas quedaron detenidas por aquella línea inmediata.
Años después, las crónicas hablarían de once hombres encontrados en una cabaña y de un grupo más amplio conducido ante la jueza.
Las dos cifras no necesariamente se anulaban: podían corresponder a momentos, categorías y decisiones diferentes.
La información indicaba que algunos hombres celebraban.
Ferraro no comprendía cómo alguien podía festejar tan cerca de la fuga y tan pronto.
Quizá creían que Alazari ya estaba en Brasil y que la investigación miraría exclusivamente hacia el norte.
Quizá la cabaña había sido elegida porque una reunión de amigos junto al río no parecía clandestina.
Kiyú ofrecía barrancas, caminos secundarios, casas de temporada y una costa donde el sonido del agua podía tragarse una conversación. Fuera del verano, los movimientos extraños se notaban más; al mismo tiempo, una vivienda alquilada permitía reunirse sin dejar vecinos capaces de reconocer a todos.
El convoy se dividió antes de entrar al balneario. Ningún vehículo debía anunciar el operativo desde lejos. Se acordó un punto de espera y una señal sencilla. Si alguien salía de la casa con un bolso, el seguimiento tendría prioridad sobre el ingreso inmediato.
Ferraro observó el camino de tierra y pensó que cada pista los alejaba un poco más de los fugitivos. Detener colaboradores era indispensable, pero Alazari utilizaba cada arresto como distancia. Mientras ellos reconstruían el precio de la puerta, él compraba tiempo.
La cabaña apareció detrás de árboles bajos. Había vehículos estacionados y luces encendidas. Desde afuera llegaban voces. Nadie parecía estar esperando a la Policía.
Durante el viaje, Ferchu leyó otra vez la información recibida.
No contenía una confesión ni una vigilancia prolongada; describía una reunión posterior a la fuga y relaciones con integrantes del grupo.
Eso alcanzaba para actuar con autorización, pero no para suponer que todos los presentes compartían responsabilidad.
La diferencia entre una operación firme y una redada indiscriminada empezaba en esa reserva.
El Mosquito ordenó apagar las luces interiores antes del último tramo.
Desde la costa llegaba un viento húmedo que movía las ramas y deformaba los sonidos.
Ferraro intentó identificar vehículos sin acercarse demasiado.
Una chapa, un color o una abolladura podían relacionar la cabaña con Libertad.
También podían ser simples coincidencias convertidas en evidencia por el deseo de encontrar algo.
La obsesión de Ferraro empujaba siempre hacia adelante.
Quería entrar, preguntar y salir rumbo a Rivera.
El Mosquito imponía el freno necesario. Una búsqueda mal ejecutada podía regalar a los sospechosos una nulidad y transformar el hallazgo del dinero en una fotografía sin valor judicial.
La velocidad solo servía mientras no destruyera el caso.
Antes de dar la señal, Ferraro repasó mentalmente a Alazari: su tamaño, la seguridad con que había exigido una llamada y la tranquilidad con que ofreció millones.
Aquella personalidad estaba presente aunque el fugitivo no estuviera en la casa.
Los hombres de Kiyú celebraban dentro del radio de influencia de alguien que había aprendido a comprar confianza sin exponerse.
La orden llegó por radio, breve y sin dramatismo.
Los vehículos avanzaron los últimos metros.
En una ventana apareció una silueta y desapareció.
Ferraro pensó que los segundos anteriores a un allanamiento siempre contienen la misma pregunta: si del otro lado esperan hombres resignados, pruebas destruyéndose o armas listas.
El Mosquito levantó una mano. El equipo ocupó sus posiciones. Por primera vez desde el penal, la investigación estaba a punto de sorprender a quienes creían haber ganado.