A las Dos de la Mañana Capítulo 40 — Debajo de la cama
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Capítulo 40 — Debajo de la cama

La segunda orden llegó esa misma jornada. Antes de firmarla, la jueza obligó a Ferraro a separar la sospecha de lo demostrable: el allanamiento negativo, la relación entre los domicilios, la proximidad de la vivienda y el objeto concreto de la búsqueda.

—¿Qué esperan encontrar? —preguntó.

—Dinero, documentos o cualquier cosa retirada de la casa del oficial. Si es que alguna vez estuvo allí.

La vivienda pertenecía a Silvina, hermana de Graciela; ambos nombres son ficticios. Estaba a dos cuadras del domicilio ya registrado, pero jurídicamente era otro mundo: otra puerta, otra familia y otra autorización.

El Mosquito distribuyó funciones antes de entrar. Fabri fijaría hora y fotografías. Ferchu controlaría los límites. Pepe trabajaría relaciones y nombres. El Perro recorrería la vivienda con uno de los ocupantes.

Silvina abrió sorprendida. Negó conocer detalles de la fuga y dijo que Aguerre apenas visitaba la casa. Ferraro no interpretó la reacción. Una persona podía ignorar lo que otra había ocultado bajo su techo.

El dormitorio parecía corriente. La cama estaba hecha. Debajo había zapatos, una caja y oscuridad suficiente para esconder algo sin esfuerzo.

El Perro se arrodilló y dirigió la luz hacia el fondo.

—Acá hay una bolsa.

Nadie se abalanzó. El Mosquito levantó una mano. Fabri fotografió la posición desde varios ángulos. Ferchu comprobó que los testigos observaran el procedimiento.

La bolsa negra estaba cerrada y empujada contra la pared. El Perro señaló el lugar sin tocarla.

—Que conste dónde está —dijo Ferraro.

Solo después de describirla y fijarla en imágenes la levantaron. El peso descartó que contuviera ropa. El plástico crujió en el dormitorio silencioso y por una abertura aparecieron fajos de dólares.

Silvina se llevó una mano a la boca.

—Yo no sabía que eso estaba ahí.

Abrieron el envoltorio sobre una superficie despejada.

Fabri registró denominaciones y cantidades; Ferchu exigió que cada cambio de manos quedara asentado.

En el recuerdo operativo de Ferraro eran cerca de cincuenta mil dólares.

Uno de los registros oficiales citados fijó aquella incautación en cincuenta y tres mil setecientos dólares y mil pesos.

La narración podía redondear la escena; el inventario debía conservar su cifra.

Lo indiscutible era el hallazgo: dinero escondido debajo de una cama, en una vivienda vinculada al entorno del oficial, después de que su propia casa no revelara nada.

Aguerre fue interrogado nuevamente. Ferraro no colocó la orden falsa sobre la mesa. Colocó una fotografía de los fajos.

El oficial perdió el color del rostro.

—Me obligaron.

—Antes dijiste que no había dinero.

—Me pagaron, sí. Pero me habían amenazado. Me mostraron fotos. Si no hacía lo que querían, iban contra mi familia.

Miedo y pago quedaron unidos en su versión. Aceptar uno no eliminaba el otro. Una amenaza podía ser real y el dinero también. La justicia decidiría cuánto pesaba cada cosa.

El Perro se sacudió el polvo de la rodilla.

—Por eso estaba tan seguro de que en su casa no había nada.

Ferraro observó la bolsa. El escondite no pretendía resistir una búsqueda. Dependía de que la búsqueda terminara en la primera vivienda.

Dos cuadras habían separado una sospecha de una prueba.