Capítulo 37 — No fue por plata
Aguerre entró con el uniforme puesto. Era joven y llevaba poco tiempo en el grado; aquella mañana parecía todavía más joven. Se sentó frente a Ferraro y dejó las manos sobre las rodillas, como si alguien le hubiera indicado la posición correcta.
Peñaloza permaneció junto a la pared. Fabri tomó notas. Ferraro colocó la orden falsa sobre la mesa sin empujarla hacia el oficial.
—Contame por qué salieron.
Aguerre habló de la firma, de las credenciales, del carácter reservado de la diligencia. Dijo que creyó estar cumpliendo una instrucción legítima. Mencionó varias veces al sargento Pérez, pero omitió que Pérez había querido verificar.
—¿Él propuso llamar al comisario?
El joven tardó en contestar.
—Puede ser.
—No te pregunté si puede ser.
—Sí. Lo propuso.
—¿Y vos qué dijiste?
Aguerre miró el documento. El papel parecía atraerle la vista y al mismo tiempo quemársela.
—Que había una orden firmada.
Ferraro dejó pasar el silencio. Los interrogados solían llenarlo porque creían que callar los volvía sospechosos. Aguerre respiró por la boca.
—No fue por plata.
Nadie había mencionado dinero.
Peñaloza cambió de posición. Fabri continuó escribiendo.
—Entonces decime por qué fue —pidió Ferraro.
Aguerre aseguró que lo habían amenazado. Hombres que no identificó le mostraron fotografías de su familia y de Graciela, su pareja, también policía en el penal. Sabían dónde vivían, a qué hora salían, qué camino utilizaban. Si no colaboraba, dijo, los matarían.
El relato tenía elementos posibles y zonas ensayadas. Ferraro no descartó el miedo. Había conocido amenazas verdaderas y sabía lo que hacían en personas entrenadas para fingir que no temían. Pero también sabía que el miedo no explicaba cada detalle.
La frase quedó suspendida sobre la mesa. Nadie había preguntado por una recompensa y, sin embargo, Aguerre había elegido negarla. Ferraro sintió que el interrogatorio acababa de recibir su primera respuesta verdadera.
No lo acusó. Volvió a preguntar por el documento: quién se lo había mostrado primero, desde qué número había recibido las llamadas y cómo conocían los visitantes los nombres de las autoridades. Aguerre regresaba siempre a la firma, como si una rúbrica pudiera responder por todas sus decisiones.
—La firma justificaba recibirlos —dijo Ferraro—. No justifica que impidieras llamar.
El oficial afirmó que temía perjudicar una diligencia reservada. Había escuchado a superiores que parecían confirmar. Ferraro le pidió que describiera las voces. No pudo. Le pidió los números. Dijo no haberlos guardado.
Fabri escribía sin levantar la vista. Cada vacilación quedaba junto a una hora. Peñaloza permanecía en silencio. La falta de reacciones obligaba a Aguerre a evaluar solo la fuerza de sus respuestas.
Entonces habló de las amenazas. Personas desconocidas conocían a su pareja, a sus padres y las viviendas familiares. Habían mostrado fotografías y prometido hacerles daño. El miedo apareció como explicación después de que el dinero hubiera sido negado sin pregunta.
Ferraro no descartó la amenaza. Había visto a funcionarios ocultar el temor por vergüenza y sabía que una organización con los recursos atribuidos a Alazari podía vigilar domicilios.
Pero la coacción no explicaba por sí sola la hipótesis de una intervención interna en la orden ni la aparición de un domicilio familiar en la investigación.
—Necesito que me cuentes desde el principio —dijo—. No desde anoche.
La negación espontánea revelaba que el dinero ya estaba presente en su pensamiento. Podía haber sido una defensa preparada por un abogado o una frase repetida durante la espera. En cualquiera de los casos, indicaba cuál era la acusación que más temía.
Ferraro observó el uniforme. La misma prenda que durante años había representado pertenencia se había convertido en una protección visual. Aguerre parecía esperar que los investigadores recordaran que interrogaban a uno de los suyos.
Peñaloza no intervino para salvarlo de silencios incómodos. La jerarquía policial podía producir respuestas automáticas; Ferraro necesitaba que hablara como participante de una noche concreta.
Cuando mencionó a Graciela, el miedo pareció auténtico. Eso no aclaraba cuándo había comenzado ni qué decisiones había tomado antes de sentirlo.
El joven aseguró que solo había querido proteger a su familia.
Ferraro le preguntó por qué, si los amenazadores podían vigilarlo, habían necesitado además entregarle dinero.
Aguerre respondió que no era un premio sino una forma de comprometerlo.
La explicación era posible y, a la vez, favorable a su defensa: transformaba cada indicio de pago en otra prueba de coacción.
Peñaloza pidió una pausa y salió con Ferraro.
En el pasillo le preguntó si creía en las fotografías.
Ferraro respondió que creía posible la amenaza, pero no la versión completa.
El miedo podía abrir una grieta; la organización había colocado dinero dentro de ella.
La cuestión judicial sería establecer cuánto había decidido el oficial después de sentir miedo.
Al regresar, Ferraro cambió de ritmo. Ya no habló de culpabilidad.
Le ofreció al oficial la posibilidad de ayudar a localizar a dos hombres capaces de cumplir las amenazas que describía.
Si su familia estaba en peligro, colaborar era también protegerla.
Aguerre escuchó, pero continuó entregando solo aquello que suponía descubierto.
Aguerre miró sus manos. El interrogatorio acababa de retroceder varias semanas.