A las Dos de la Mañana Capítulo 38 — La parte que falta
48%

Capítulo 38 — La parte que falta

—¿Cuándo te mostraron las fotos?

—Unos días antes.

—¿Dónde?

—En la calle.

—¿Qué calle?

Aguerre nombró un lugar. Después corrigió la esquina. Primero intentó presentar a los hombres como desconocidos que simplemente habían aparecido. La versión duró hasta que Ferraro puso sobre la mesa los contactos previos.

—¿Cuántas veces te reuniste con ellos?

Aguerre bajó la mirada.

—Cuatro.

La palabra anuló la sorpresa. Cuatro reuniones significaban acuerdo, preparación y conocimiento del turno. También significaban que había tenido cuatro oportunidades para denunciar las amenazas, pedir un relevo o advertir en secreto a un superior.

Cuando Ferraro preguntó cómo conocían la noche y la hora, Aguerre contestó que los delincuentes sabían cuándo estaba de guardia y cuándo no. Era una respuesta más verdadera y, por eso mismo, más grave.

—¿Denunciaste las amenazas?

—No podía.

—¿Pediste cambio de turno?

—Iban a darse cuenta.

—¿Avisaste a tu pareja?

—No quería asustarla.

Ferraro se inclinó apenas hacia adelante.

—Tres hombres se llevaron a dos presos internacionales porque vos insististe en no despertar a tu jefe. Otro te llamó haciéndose pasar por tus superiores. Eso es lo que puedo probar hoy. Todo lo demás es lo que vos decís.

Según la información judicial divulgada, el primer monto que el funcionario admitió fue de seiscientos dólares.

Ferraro conocía el lenguaje de las declaraciones defensivas: reconocer una suma pequeña podía parecer menos peligroso que negar todo.

Sin embargo, el archivo investigado, las reuniones referidas y el dinero localizado posteriormente exigían una explicación más amplia.

Aguerre levantó por fin la mirada. Había miedo en ella. La pregunta era si ese miedo había comenzado antes de la fuga o cuando comprendió que el plan dejaba rastros.

Cuatro reuniones. Ferraro repitió la cifra sin elevar la voz. Quería que el oficial escuchara lo que significaba. Cuatro oportunidades para avisar, pedir ayuda, cambiar de turno o permitir que los investigadores prepararan una operación controlada.

Aguerre sostuvo que no podía confiar en nadie. Los hombres conocían movimientos de su pareja y de sus padres. Una denuncia, dijo, habría llegado a ellos. Ferraro preguntó entonces por qué confió en un familiar para realizar las llamadas.

El oficial tardó demasiado.

—Necesitaba ayuda.

—Entonces pudiste contarle a una persona.

La contradicción no demostraba que las amenazas fueran falsas. Demostraba que el silencio había sido selectivo. Aguerre habló con quien podía ayudar a ejecutar el plan, no con quien podía impedirlo.

El primer monto admitido fue pequeño. Seiscientos dólares.

Lo dijo como si reconocer una gratificación limitada pudiera separar su conducta de una fuga financiada.

Ferraro no discutió la cantidad. Preguntó quién se los entregó, en qué moneda, dónde los guardó y qué debía hacer para recibir el resto.

Las respuestas se volvieron borrosas. Un hombre cuyo rostro no recordaba. Un encuentro rápido. Dinero aceptado bajo amenaza. Ningún lugar preciso.

—La parte que estás contando sirve para explicar por qué tuviste miedo —dijo Ferraro—. Falta la parte que explica cómo hicieron todo.

Aguerre levantó la vista. Había comprendido que los investigadores no necesitaban demostrar aún la suma total. Les bastaba con vincularlo al documento, las reuniones y las llamadas.

La computadora ya estaba siendo preservada. Aguerre no sabía cuánto podían recuperar los técnicos. Podía creer que borrar el archivo había eliminado la conexión, o sospechar que quedaban rastros. Ferraro evitó revelar el avance.

Preguntó por la redacción de la orden sin acusarlo de escribirla. El oficial conocía expresiones, formato y nombres. Cada respuesta técnica mostraba que poseía capacidad para producirla.

Aguerre intentó regresar a las fotografías. Ferraro lo dejó describirlas y luego pidió detalles verificables: tamaño, color, fecha aparente, quién las sostuvo. La historia perdió precisión cuando dejó de ser una palabra.

El miedo podía explicar obediencia. No explicaba conocimiento técnico, cuatro reuniones ni un familiar convertido en voz de autoridad.

Los técnicos informaron que el archivo borrado no había desaparecido por completo.

Quedaban rastros suficientes para vincular una computadora del establecimiento con la preparación del texto.

Todavía era necesario determinar usuario, horario y acceso físico.

Ferraro guardó el dato; revelarlo demasiado pronto permitiría que el interrogado adaptara el resto de su relato.

Las llamadas falsas formaban otra capa. Una voz se había presentado como autoridad y había sostenido la urgencia de la misión.

Para hacerlo necesitaba conocer nombres, tratamientos y la manera en que una orden extraordinaria circulaba entre dependencias.

La hipótesis policial ya no era solamente la de una puerta facilitada: alguien había estudiado el sonido de la institución.

Cuando Aguerre admitió las reuniones, Ferraro sintió que la madrugada se organizaba por fin.

Aquello dejaba de parecer una cadena de errores simultáneos: era el resultado de contactos anteriores, una prueba ensayada durante semanas y ejecutada en el momento en que el jefe de guardia no estaba disponible.

La computadora terminaría de hacerlo.