Capítulo 36 — Cinco minutos más
El Mosquito entró con una carpeta.
—Tenemos al oficial joven esperando.
Ferraro cerró el libro de guardia.
—Que espere cinco minutos más.
—¿Para qué?
—Para que crea que ya sabemos algo.
A veces un interrogatorio comenzaba antes de la primera pregunta.
La espera cumplía una función precisa. Ferraro quería que Aguerre entrara sin conocer qué habían dicho Pérez, el comisario o los técnicos. Un interrogado que imagina que los demás ya hablaron debe decidir qué parte de su versión puede sobrevivir.
Fabri colocó sobre la mesa hojas en blanco y una copia de la orden. Peñaloza eligió permanecer contra la pared, fuera del centro de la conversación. El Mosquito coordinaba otras tareas y entraría solo si aparecía información operativa. El cuarto debía parecer simple.
Ferraro repasó las preguntas. No comenzaría por el dinero. Comenzaría por la salida. Quería escuchar el relato completo antes de introducir contradicciones. Si Aguerre mencionaba espontáneamente una explicación que nadie había solicitado, esa anticipación también sería información.
Desde el pasillo llegaban teléfonos y pasos. Las fronteras recibían alertas mientras ellos preparaban el interrogatorio. Cada minuto tenía dos valores opuestos: podía acercarlos al colaborador interno y alejar a los fugitivos.
El Perro asomó por la puerta.
—Dice que hizo todo por la orden.
—Todavía no habló conmigo.
—Ya habló con medio pasillo.
Ferraro entendió que el oficial estaba ensayando. Dejó transcurrir los cinco minutos completos. Después pidió que lo hicieran entrar.
El joven apareció con el uniforme impecable y una cara que no correspondía a alguien que acababa de perder a dos presos. Parecía un alumno convocado ante una mesa examinadora.
Ferraro había aprendido que la espera modifica al interrogado. Algunos se aferran a una versión; otros añaden detalles para hacerla más creíble. Aguerre había elegido hablar en el corredor, quizá para fijar una explicación antes de enfrentar preguntas ordenadas.
La habitación no tenía espejo ni recursos teatrales. Una mesa, tres sillas y el documento. La presión debía provenir de la precisión, no de gritos.
Fabri marcó la hora de entrada. Ese detalle parecía menor, pero permitiría comparar la duración con las pausas, las consultas y cualquier cambio de declaración.
Cuando Aguerre se sentó, Ferraro dejó el bolígrafo quieto. La primera pregunta debía ser tan amplia que el oficial eligiera por sí mismo dónde comenzaba la historia.
Aguerre era un oficial joven. Ferraro creía recordar un recorrido anterior en funciones penitenciarias, aunque no podía afirmarlo con la misma certeza que los hechos documentados.
De ser correcto, habría conocido desde abajo los hábitos de una guardia: qué documento tranquilizaba, qué referencia a un superior detenía una llamada y a qué hora la vigilancia se volvía rutina.
Ferraro evitó preguntar por su vida privada al comienzo.
Sabía que una defensa basada en la familia podía ocupar toda la conversación antes de que quedaran fijados los hechos.
Primero necesitaba la secuencia desnuda: quién apareció, qué mostró, qué dijo el oficial y en qué momento los dos internos dejaron de estar bajo custodia.
Al otro lado de la puerta, el penal continuaba funcionando.
Ese ruido era una presión adicional. Cada funcionario interrogado sabía que después tendría que regresar junto a sus compañeros, donde una respuesta podía ser interpretada como lealtad o traición.
Ferraro necesitaba romper esa lógica: la única lealtad admisible era con la verdad de aquella noche.
Ferraro no le ofreció una salida. Le indicó la silla.