A las Dos de la Mañana Capítulo 33 — El penal al amanecer
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Capítulo 33 — El penal al amanecer

La entrada al Penal de Libertad estaba llena de uniformes cuando llegó Interpol.

Había jefes que exigían informes, funcionarios que repetían versiones y hombres que buscaban parecer ocupados para evitar que alguien les hiciera una pregunta.

La fuga había ocurrido sin violencia, pero el lugar tenía el desorden de una escena atacada.

La jueza recibió a Peñaloza y a Ferraro en una oficina prestada. Sobre el escritorio habían colocado el libro de guardia, una copia de la orden y varias declaraciones todavía sin firmar.

Ferraro llegó sin haber dormido. El camino hasta Libertad transcurrió entre llamadas que repetían versiones incompatibles: una comisión de Inteligencia, un automóvil blanco, una orden firmada, un jefe enfermo y dos presos entregados como si la salida hubiera sido legítima.

La entrada del establecimiento parecía contener más personas que información.

Algunos jefes impartían instrucciones sobre tareas ya iniciadas.

Otros preguntaban a quién correspondía investigar.

Los funcionarios del turno evitaban mirarse durante demasiado tiempo.

Nadie sabía todavía dónde terminaba el error y dónde comenzaba la complicidad.

El Mosquito reunió al equipo antes de atravesar el acceso. No debían permitir que la urgencia destruyera la escena. El documento original, los registros, las computadoras y los teléfonos tenían que quedar identificados antes de que alguien intentara corregir una anotación o limpiar una explicación.

—Primero preservamos —dijo—. Después preguntamos.

El Perro observó los movimientos del personal. Pepe pidió copias de las nóminas y los turnos. Fabri preparó hojas separadas para tiempos comprobados y declaraciones. Ferchu habló con la actuaria sobre las autorizaciones judiciales necesarias. Ferraro buscó a Peñaloza.

El subdirector lo esperaba junto a la oficina donde estaba la jueza. Había envejecido varias horas desde la llamada. Le entregó una síntesis: el traslado nunca existió, los hombres no pertenecían a Inteligencia y la orden llevaba una firma falsa del director.

—¿Cuánto tiempo llevan afuera? —preguntó Ferraro.

—Cerca de seis horas.

En el trayecto, Ferraro había imaginado una escena protegida. Encontró lo contrario. Personas caminando sobre los mismos lugares, papeles pasando de mano en mano y teléfonos utilizados sin registro. El tiempo transcurrido no solo favorecía a los fugados; también contaminaba el punto de partida.

Pidió que se anotaran los vehículos presentes y los nombres de quienes habían llegado después de la alarma. No todos eran sospechosos. Pero una investigación interna debía saber quién tuvo oportunidad de ver documentos, escuchar versiones o comunicar detalles hacia afuera.

La prensa aún no ocupaba la entrada, aunque las primeras llamadas ya circulaban. Dentro de poco llegarían cámaras, autoridades políticas y familiares. El margen para trabajar en silencio era corto.

Ferraro pensó en su padre enfermo y apartó la idea. El trabajo volvía a exigirle todo precisamente porque él siempre se lo entregaba. Aquella mañana no encontró una manera de proteger ninguna otra parte de su vida.

Antes de separarse, Ferraro pidió una cronología visible.

Fabri pegó varias hojas sobre una pared y trazó tres columnas: hecho comprobado, versión recibida y dato pendiente.

A la una figuraba la retirada del comisario por un dolor de cabeza; cerca de las dos, la llegada de los falsos policías; a las ocho, el llamado que desarmó la ficción.

Entre esos horarios quedaba un territorio en blanco donde alguien había preparado la salida.

La coincidencia de las horas podía ser azar, pero nadie en la habitación la creyó inocente.

Tampoco bastaba para acusar al jefe. Había que establecer quién sabía que se retiraría, cuándo se supo y quién pudo comunicarlo.

Ferraro ordenó tomar su declaración como la de cualquier otro funcionario: sin reverencia por el grado y sin convertir la sospecha en condena.

En los patios comenzaba la cuenta de los presos, una rutina enorme que esa mañana sonaba absurda.

Se comprobaban cientos de cuerpos para confirmar la ausencia de dos hombres que habían salido por la puerta principal.

El penal parecía diseñado para impedir una fuga violenta, no para defenderse de una orden que imitaba su propio lenguaje.

Ferraro miró el corredor lleno de uniformes. La persecución debía comenzar fuera, pero la respuesta sobre cómo habían salido estaba encerrada allí.