Capítulo 32 — Seis horas
El Duna se alejó mientras el penal recuperaba su quietud. En la guardia quedaron el asiento vacío del comisario, una anotación en el libro y un documento que nadie volvió a mirar durante horas.
Aquello era lo comprobado públicamente. Durante las primeras horas circularon además avisos hacia el Chuy, Rivera y otros pasos.
La investigación trabajó con ellos porque una pista no necesita ser verdadera para exigir una respuesta urgente; necesita ser posible y llegar antes de que el fugitivo cruce otra frontera.
Lo seguro era el cambio de situación. Alazari y el Loro ya no estaban bajo custodia. Habían salido esposados en manos de falsos policías y disponían de otro automóvil, teléfonos, armas, dinero y una red exterior.
La prensa atribuyó a los fugados un copamiento ocurrido aquella misma madrugada en una vivienda de la ciudad de Libertad, donde tres encapuchados habrían robado nueve mil ochocientos dólares.
La coincidencia de horarios convirtió la rapiña en pista inicial.
No apareció después como hecho demostrado dentro del comunicado oficial.
Ferraro la trató como debían tratarse las primeras noticias: posible, urgente y peligrosa de creer demasiado pronto.
Otra versión hablaba de un helicóptero que habría sobrevolado la zona para estudiar una fuga aérea. También fue comprobada y quedó suspendida entre rumor y preparación descartada. Alazari producía ese efecto: cada dato verosímil atraía una historia todavía mayor.
El valor verdadero del plan estaba en las horas durante las cuales nadie buscó a quienes ya habían desaparecido.
A las tres podían haber cambiado de vehículo.
A las cuatro, de teléfonos y acompañantes.
A las cinco, elegir entre Brasil, Argentina o una casa segura dentro del país.
A las seis, cada ruta falsa obligaba a dividir recursos.
Las seis horas no solo les dieron distancia. Les dieron demasiadas historias posibles.
La búsqueda todavía no había comenzado.