Capítulo 31 — A las dos
Los funcionarios caminaron por pasillos conocidos, abrieron rejas y pronunciaron los nombres. Durante esos minutos el plan todavía podía quebrarse: una llave ausente, un interno que gritara o una pregunta sobre la necesidad de retirar juntos a dos presos de alto riesgo.
Nada lo interrumpió.
Las llaves golpeaban entre sí mientras avanzaban. Una reja se abría y volvía a cerrarse detrás del grupo. Para los funcionarios era un movimiento extraordinario ejecutado con procedimientos conocidos; para quienes habían preparado la fuga, cada sonido confirmaba que la mentira seguía viva.
El Loro apareció con la ropa del penal. Alazari salió de la otra celda. Las fuentes los describieron serenos y preparados. A las dos de la mañana ninguno preguntó por qué una comisión secreta venía a buscarlos.
—¿Los esposamos? —preguntó un funcionario.
Aguerre confirmó que correspondía. Las esposas reforzaban la apariencia del procedimiento: ante cualquier testigo, los hombres que se los llevaban parecían custodios y no liberadores.
Pérez abrió el libro de guardia.
—Nombres, destino y quién recibe.
Uno de los visitantes respondió sin consultar la carpeta. La fluidez del dato tranquilizó a quienes escuchaban. Los nombres falsos habían sido memorizados para evitar la vacilación que una orden nocturna no podía permitirse.
El bolígrafo raspó la hoja. La mentira ingresó en un registro oficial con hora, identidades declaradas y una autoridad que no existía. Quizá escribir fue la última forma de resistencia del sargento: si algo resultaba irregular, quedaría constancia.
Los falsos agentes recibieron a los internos sin abrazos ni gestos de triunfo. Comprobaron las esposas, intercambiaron pocas palabras y señalaron el Duna. La eficacia de la presentación permitió inferir preparación previa, aunque Ferraro no conociera el ensayo exacto.
El Loro caminó sin mirar a los costados. Alazari, mucho más corpulento, ocupaba el pasillo de una manera imposible de disimular. Ya no necesitaban ocultarlo: la guardia sabía a quién entregaba. Ignoraba a quiénes.
Aguerre permaneció cerca de las preguntas. Cuando alguien dudaba, recordaba la urgencia; cuando alguien mencionaba al comisario, repetía que no debía ser molestado. Según la reconstrucción judicial, su función consistió en convertir una orden falsa en un procedimiento aparentemente regular.
Afuera esperaba el Fiat Duna. El comunicado oficial situaría después a Nissim, hermano de Alazari, en un segundo automóvil alquilado sobre la Ruta 1. Allí se realizaría el cambio de vehículo que separó a los fugitivos del automóvil visto frente al penal.
Las puertas del Duna se cerraron. El conductor arrancó sin violencia y se alejó a una velocidad que no llamaba la atención.
Pérez conservó la copia de la orden.
—Espero que esto esté bien.
Aguerre evitó sus ojos.
Durante los primeros kilómetros, los presos habrían continuado esposados. La imagen servía si una patrulla los veía. Más adelante, alguien dispondría de la llave o de una herramienta para liberarlos durante el cambio de vehículo.
Desde la guardia, las luces traseras se hicieron pequeñas. Pérez volvió a leer la orden y sintió que algo no cerraba. Los hombres del Duna contaban con que esa sensación tardara en convertirse en una llamada.
Cuando el automóvil desapareció, el penal siguió funcionando. Nadie gritó. No sonó una alarma. Las rejas volvieron a cerrarse detrás de funcionarios que creían haber completado una diligencia.
La fuga no había derribado un muro. Había conseguido que la cárcel abriera la puerta principal.