Capítulo 30 — La orden
El Fiat Duna quedó frente al acceso con el motor dispuesto. Antes de llegar, uno de los cuatro participantes había descendido para realizar las llamadas. Los otros tres se presentaron vestidos de civil, con credenciales y una carpeta.
—Comisión de Inteligencia —dijo el hombre que encabezaba el grupo—. Venimos por Alazari y el Loro. Diligencia reservada.
El sargento de turno recibió el documento. Tenía membrete, lenguaje administrativo y una firma que parecía corresponder al director. No estaba construido para resistir un peritaje; debía superar unos minutos de cansancio y presión.
La hoja no llegó sola. La sostenían tres hombres que conocían nombres, cargos y la manera de hablar de quienes esperan cumplimiento. La falsificación funcionaba porque el papel y la conducta se confirmaban mutuamente.
Pérez acercó el documento a la luz. Una palabra le pareció poco habitual. Después encontró un sello en el lugar esperado y volvió a dudar de su propia duda.
Pérez leyó una vez. Volvió al comienzo.
—Esto es irregular. ¿Qué diligencia judicial se hace a las dos de la mañana?
El visitante apoyó la carpeta contra el cuerpo.
—Una que pierde sentido si esperamos hasta que amanezca.
—Voy a llamar al comisario.
Aguerre intervino.
—Dijo que no lo molestaran. La orden está firmada. Si se cae el procedimiento por una demora nuestra, después habrá que explicarlo.
La discusión cambió de eje. Pérez ya no tenía que decidir solamente si el papel era auténtico; debía imaginar la acusación de haber frustrado una operación secreta por desobedecer una orden aparentemente regular.
El hombre de la carpeta mencionó autoridades verdaderas y utilizó expresiones que Aguerre confirmó. Sus acompañantes observaban las puertas más que la conversación. Ninguno parecía apurado por convencer; mostraban la impaciencia de quien espera ser obedecido.
Pérez señaló el teléfono.
—Igual tengo que confirmar.
Aguerre miró a los visitantes. El gesto fue breve, pero Pérez lo advirtió. Años después sería imposible decidir si pedía ayuda, esperaba una señal o simplemente compartía la incomodidad del momento.
—Confirmá, pero no por una línea abierta —dijo el hombre de la carpeta—. Hay gente esperando esta diligencia.
La respuesta no prohibía verificar; convertía cada forma normal de hacerlo en una amenaza para el supuesto operativo.
El celular de Aguerre sonó antes de que levantara el tubo.
Del otro lado, una voz se identificó como una autoridad penitenciaria y exigió que la diligencia no se demorara.
Las actuaciones posteriores atribuyeron esas llamadas a participantes externos; las palabras exactas se reconstruyen aquí por su sentido.
—Sargento, nosotros también tenemos superiores —dijo uno de los visitantes—. ¿Cumple la orden o dejamos constancia de que se negó?
Pérez miró las credenciales. No conocía personalmente a todos los oficiales de Inteligencia. Los documentos tenían nombres, fotografías y formatos suficientes para parecer legítimos a esa hora.
—¿Por qué no avisaron antes?
—Reserva.
—¿Y por qué ahora?
—Urgencia.
—¿El director conoce esto?
El hombre indicó el teléfono que acababa de sonar.
Cada duda recibía una respuesta preparada. La reserva explicaba la falta de aviso; la urgencia justificaba el horario; la llamada parecía confirmar la firma. Solo una verificación independiente podía destruir el conjunto.
Pérez volvió a mirar el aparato de línea. Pensó en despertar al comisario y también en el reproche si la orden resultaba auténtica. Las instituciones le habían enseñado a obedecer y a verificar. Esa noche, ambas obligaciones parecían incompatibles.
Finalmente dejó el teléfono.
La decisión ocupó unos segundos. La investigación necesitaría meses para reconstruirla.
—Déjenme registrar la salida —dijo.
Las llaves comenzaron a moverse.