Capítulo 29 — Dolor de cabeza
El plan evitaba enfrentar la seguridad. Necesitaba que la propia guardia ejecutara cada paso.
En la guardia quedó el sargento de turno. Aguerre permanecía cerca, con rango y conocimiento suficientes para influir sin ocupar formalmente el lugar del jefe.
Pérez conocía la rutina del penal: relevos, novedades, movimientos autorizados y llamadas que dejaban un nombre detrás. Una comisión externa a esa hora debía resultar excepcional. Precisamente por eso podía llegar envuelta en secreto y exigir una obediencia más rápida que un trámite ordinario.
La reconstrucción posterior intentaría establecer qué sabía cada funcionario antes de que el automóvil apareciera. Las horas, llamadas y declaraciones no permitieron convertir todas las sospechas en una sola versión.
—Si llega algo fuera de rutina, me avisan —habría indicado el comisario antes de retirarse, según las versiones reconstruidas.
La frase convivía con otra instrucción: no despertarlo. Esa ambigüedad sería utilizada una hora después.
Afuera, los participantes revisaban la carpeta, las identificaciones y los teléfonos.
El hombre encargado de las llamadas se separaría antes de llegar a la entrada.
Debía responder cuando Aguerre diera la señal, pronunciar el cargo correcto y terminar la conversación antes de que una pregunta específica revelara la imitación.
Dentro de las celdas, Alazari y el Loro esperaban. Las fuentes describieron después la serenidad con que aparecieron cuando fueron buscados. Esa conducta permitió inferir que conocían la hora aproximada, aunque nadie pudiera reconstruir las palabras intercambiadas antes de la salida.
La coincidencia del dolor de cabeza despertaría sospechas durante meses.
Pudo haber sido una indisposición real. También era posible que el grupo conociera la costumbre del jefe de retirarse cuando se sentía mal o que simplemente aprovechara una ausencia favorable.
Ferraro conservó la pregunta sin convertirla en acusación.
En el puesto de guardia, Pérez revisó el libro, observó el teléfono y continuó con la rutina. A esa hora cada ruido adquiría una nitidez distinta: una llave, una puerta metálica, el motor de un vehículo que reducía la velocidad frente al acceso.
A la una, una silla había quedado vacía.
A las dos, un Fiat Duna blanco se detuvo frente al penal.